Todo el conjunto estético que conforma la muestra de Natalia Ruocco titulada “Laberintos en Tinta” podría sencillamente resumirse en el siguiente concepto: el disparador de cada una de estas obras debe ser decodificado por el espectador según su propio imaginario; su carga de vida y experiencia le permitirá apropiarse de cada uno de los trabajos completando de este modo la experimentación iniciada por la artista.

Constituida de tramas y grafismos en tinta sobre papel, esta poderosa narrativa visual que ofrece Ruocco se asemeja en parte al discurso de Rimbaud porque tienen en común el cometido de no conformarse con la posibilidad de que la vida se refleje a simples trazos, sino que el verdadero empeño consiste en encontrar y perder la dirección del trayecto cuanto sea necesario para volver a comenzar forzando los sentidos.

Se trata de un notable ejercicio plástico que dispara en todas direcciones un mensaje cuya diversidad se sufraga en el peso de la imaginación que estimula al espectador al contemplar la obra.

 “Tormenta perfecta”, Añorando a Picasso”, “Lenguas en el espacio”, “Olas de noche”, “Dancing blues”, “Miró redondo” y “Betty boo”, son sólo algunos de los ejemplos de lo que anoto más arriba, ya que los cuadros de Natalia Ruocco, naturalmente por su elección, no llevan título, pero estos son lo que me disparó la contemplación de su obra.

“Laberintos en Tinta” fue presentada y expuesta en la sala del hotel "Australis Yene Hue" entre el 5 y el 30 de julio del 2014 (gestionada por el Museo Municipal de Arte, Secretaría de Gestión Cultural de Puerto Madryn).

Sin lugar a dudas, como suele suceder en algunas contadas ocasiones, el virtuosismo se encuentra en lo que no se ve a simple vista, en lo que demora en ser percibido, y es allí donde radica la importancia real de Natalia Ruocco, en ese trazo invisible que parece mover hilos no mensurados que sin dudar provocan la imaginación, tanto como el placer estético.