Rodolfo Walsh dijo alguna vez que las paredes son las imprentas de los pueblos. En ellas son plasmadas expresiones militantes; reivindicaciones sectoriales; pulsiones artísticas, huellas biográficas adolescentes (y no tanto), de sujetos que integran aquello que los sociólogos denominan “tribus urbanas” o que se expresan de manera gregaria.

Las paredes se convierten así en un soporte en el cual adquiere perfil la búsqueda de una identidad y una imagen social.  

Con la crisis del 2001 esta práctica se potenció y muchos sectores descubrieron y se aferraron a esta forma de expresión que puede ser individual en su nacimiento, pero que siempre es social en su lectura. De esta manera, ante el ventarrón salvaje del neoliberalismo, varios sectores, sobre todo los jóvenes, se adueñaron de las paredes y salieron a pintar su bronca, su dolor, sus sueños, su visión de mundo, sus satisfacciones.

Murales, grafitis, esténciles y tags, se multiplicaron dando vida a un costado potente de la cultura urbana, para romper con el marco de esterilidad frívola de los medios de nuestra época, transformando en parte la estética urbana.

Hoy, las paredes hablan.