Con su expresión muralista, la intervención del arte en la vía pública estuvo signado desde temprano por una fuerte impronta política, que sin agotarse allí se presentó en gran parte como el “aquí estamos” de los grupos subalternos: obreros, pueblos originarios, “minorías” religiosas y sexuales que se expresan en esta particular forma de mestizaje cultural, en el que conviven elementos de la cultura dominante y la contracultura, a través de patrones estéticos diversos.

Si bien no siempre es así, late en este tipo de expresión una resistencia a la mercantilización del arte, que se expresa con la utilización de símbolos populares, el reciclaje de las imágenes divulgadas por la prensa, los medios masivos y el marketing comercial, reutilizando lenguajes que no son específicamente artísticos para fines propios. 

Mayormente el mural es producto de prácticas colectivas. La dinámica urbana en la que está inscripto va borrando las marcas de autor (cuando las tiene), y la vorágine cotidiana lo acecha diariamente, convirtiéndolo en una expresión efímera, transitoria, en reformulación constante. Relativiza con su presencia, además, los estamentos de lo público y lo privado, quebrando el orden ficticio de la propiedad.   

En nuestras tierras, en estos últimos años, este arte se ha fortalecido, y su difusión nos obliga a visualizarlo en toda su complejidad, bajo la cual se funden diversas técnicas, estrategias políticas y contenidos.

Si algún viajero quiere conocer los conflictos de nuestra Patagonia, los sueños que la habitan, sus deudas históricas, los mitos que la sostienen, los crímenes impunes, no tiene más que detenerse frente a sus murales. Para quienes aquí vivimos son un espejo, un recordatorio, un programa de lucha, un anhelo de futuro, la herida abierta de una memoria que no claudica… 

En suma: son mucho más que una simple pared pintada.