Carlos Hopian es un artista, pero también un fotógrafo que utiliza la fotografía como un modo de acceder al arte. Es una distinción que hay que hacer. La fotografía es una técnica que sirve a muchos propósitos y también a los del arte; una técnica tal como la entendemos en la modernidad: como un procedimiento de dominio de la naturaleza. En el caso de la fotografía, recoger la luz que refleja el mundo para representarlo. Claro que en su progreso ha conseguido que la diferencia entre el reflejo y el mundo se achique progresivamente hasta ya no distinguirse. Por eso hay muchas maneras de practicar la fotografía. Pero todas se organizan a partir de la posición que se tome sobre la diferencia entre el reflejo y el fragmento del mundo del que proviene. Hay quienes subrayan el reflejo y hacen de la fotografía una ilusión y quienes procuran obtener una verdad de ese reflejo.

 

Pensemos en la fotografía de modas o en el fotoperiodismo por ejemplo. El arte procura alcanzar una redefinición de esas relaciones entre el mundo y el reflejo que lo representa. Y obtiene de allí una satisfacción particular, una que hasta no hace mucho llamábamos estética, y que hoy en día parece una tontera comparada con satisfacciones mucho más consistentes, como los espectáculos de masas o la fabricación industrial de drogas extáticas. Pero bueno, hay artistas que todavía lo intentan y lo consiguen. Hopian está entre ellos y sigue proponiéndose búsquedas, como le decíamos en la época en que disfrutábamos de la satisfacción estética.

En esa búsqueda Hopian ha decidido explorar caminos que no había recorrido, como el paisaje, por ejemplo, un género transitado, y en nuestras pampas, muy transitado. Un género explotado por esa especulación que mezcla el mito del pionero con el de la belleza natural para obtener un producto atractivo en un mercado saturado de ofertas. No es su caso. Hopian busca en una dirección que se le ocurrió a su capricho de artista. El más legítimo de los caprichos. Esa dirección lo lleva a buscar lo que llama, la soledad. Y parte a buscarla, pero curiosamente no muy lejos de los alrededores del lugar donde vive. Y durante un tiempo merodea por el barrio y fotografía lo que le parece que evoca esa soledad. Entonces enfoca los cielos enormes que aplastan el sitio. O las casas escasas, valga la redundancia, que empiezan a poblarlo. También los escasos accidentes naturales, como una aguada que recoge el agua del invierno y procura encauzarla al río antes de perderse en los humedales. Del puentecito que la cruza puede decirse, sin temor a exagerar, que está solo. Y también unas columnas de alumbrado público erigidas antes de que haya demasiado público que las aproveche. Lo mismo podría decirse de la plaza optimista que se prepara para cuando vengan los niños del futuro. Y allá empiezan a construir una vivienda; el sol muerto de la tarde hiere esas ventanas vacías y al atravesarlas refleja el vacío que las habita. Y más allá, otra casa recibe un extremo del arco iris, fundando el mito de que allí también podría hallarse la vasija llena de monedas de oro, aunque eso aún dejaría abierta la cuestión de con quien compartirlas (o de quién esconderlas).

Hopian construye así el lugar de un solitario que busca encontrarse con los otros. Y mide la distancia con ellos y escruta los signos. El sujeto de Hopian es un sujeto que se queda y entonces mira a su alrededor a ver lo que se establece con él. Cada farola es un índice de una presencia posible. Pero también mira la ruta por donde pasan los que no se quedan, esos otros de los que no tiene más signo que su prisa.

Su método es el merodeo curioso. Fotografía una y otra vez las mismas cosas, anota los horarios, las estaciones, los meses y entonces se hace patente el fondo del tiempo sobre el que se recorta su búsqueda. Porque no hay soledad que no agigante el tiempo y viceversa.

Cada una de las fotos es una esperanza de encontrar un signo de la presencia del Otro. En el paisaje se trata de un Otro que se eleva a lo sagrado con facilidad, y entonces busca en lo alto, donde los cielos ofrecen sus designios; nubes de formas curiosas; sombras extrañas que proyectan una geometría desmesurada, siempre bella, siempre cargada de presagios. Pero también tan solas como el puente, tan solas como el sujeto que Hopian va construyendo en su merodeo.

Esa búsqueda de signos que Hopian recoge pacientemente y nos ofrece, recupera para nosotros, en una especie de escala acotada, el modo en que fue construida la escena del mundo desde hace ya varios siglos. Esa escena que nos mira y donde nos miramos, y donde reconocer los signos —de la presencia, de la intención— es cada vez más difícil.

 

Carlos Leopoldo Hopian nació en 1957 en Presidente Roque Sáenz Peña, Chaco; y en 1985 se radicó en Río Gallegos, Santa Cruz.

Tomó cursos de fotografía básica, laboratorio, desnudo artístico, paisaje e infrarojo; y asistió a diversas clínicas  de arte con Héctor Médicci, Julio Sánchez, Rodrigo Alonso, Adriana de Laurenzis, Juan Carlos Romero y Horacio Zabala.

Ha realizado diversos “tours de museos” en España, Cuba, México, Chile, Brasil y Argentina. También incursionó en teatro, poesía y pintura, obteniendo premios regionales; y en radio fue nominado a los premios Prensario y Martín Fierro.

En 2001 obtuvo la beca de la Fundación Antorchas para asistir a los “encuentros de producción y análisis de obras de autor” con  Marina de Caro y Claudia del Río.  En 2002, también de la Fundación Antorchas, recibió la beca de viaje a la XXV bienal de San Pablo, Brasil.

Es acreedor de nutridas distinciones locales, provinciales y nacionales en fotografía, entre las que se destacan el 2º premio adquisición del “Salón Nacional del C.F.I. 2001”,  mención honorífica del “Premio Rioplatense de Artes Visuales” de Fundación O.S.D.E.  2004, y  premio regional adquisición” 2005 y 2006 del “Premio Argentino de Artes Visuales ” de Fundación O.S.D.E.

En 2011 obtiene la beca del Fondo Nacional de las Artes para “análisis y seguimiento de obra”.

Expone ininterrumpidamente sus obras en muestras colectivas e individuales del país. En Buenos Aires en centro cultural recoleta, “arteBA”, “Expotrastiendas”, “Palais de Glace”,  “BAphoto”, “Arte x Arte”, entre otras.

Ha dictado charlas y cursos de fotografía; ha jurado en diversos concursos locales y regionales de arte y ha curado muestras de fotografía.

Actualmente continúa desarrollando variados proyectos artísticos