Siete de la mañana (Cobrador)

Siete de la mañana. Siete grados bajo cero. La cuenta de la luz vencida.

Alguna vez va a salir el sol. Estoy seguro de que un día de estos, en cualquier momento, el sol va a volver a asomarse tras la línea lejana de agua.

Pero hoy no. Desde adentro de mi casa, que aún está en penumbras, enciendo el auto a la distancia con el control remoto, se pone en marcha solo. Me voy a tomar un café con leche.

El perro duerme, es como un letargo interminable. Entre sueños eructa muchas veces.

El silbido de la pava de agua hirviendo se armoniza con los eructos del perro. Mezcla de graves y agudos vuelan por el aire denso de la mañana, tan fría. La pava suelta borlas de vapor hacia la atmósfera gris y azul.

Siete de la mañana. Siete grados bajo cero. La cuenta de la luz vencida.

Suena el teléfono fijo, suena el timbre, suena el celular y el timer del microondas. Se encienden las luces de bajo consumo, se encienden solas.

Voy a atender la puerta.

“Buenos día tenga usted. Disculpe la molestia, vengo a cobrar la cuota del comedor infantil. Son 20 pesos”. “¡Tan temprano?” “Sí. Es que debo aprovechar la mañana al extremo. No todos los días son tan madrugadores, pero este es muy tempranero. Sabrá usted que todas las personas tienen dos cerebros, uno más grande y uno más pequeño. El más pequeño es lo que quiere hacer el cuerpo y el más grande es lo que quiere hacer usted. Y yo pensé un juego, y me metí en su mente, es decir, mi mente se metió en su cerebro pequeño, y entonces yo pensé un juego y su cuerpo quiso jugar. Nada más, sólo le quería contar eso. ¿Me puede dar algo de tomar?”[1]

“¿Cuánto me dijo la cuota?” “20 pesos, si es tan amable” “Usted cobra por algo” “Es cierto, en esta vida, todos debemos tener a alguien a quien cobrarle. Absolutamente todos los seres humanos necesitamos siempre cobrarle algo a alguien, de lo contrario, se quebraría la cadena crediticia, tal como se rompería la cadena alimenticia si desapareciesen los pejerreyes, o si se extinguieran los alacranes. Algo así sería catastrófico para la naturaleza, Pero mucho, muchísimo más trágico para el mundo sería si se extinguieran las deudas monetarias. Algunos creen que, en ese caso, viviríamos en una paz eterna, una quietud solamente apenas alterada por el canto de los pájaros en una mañana diáfana. Pero no es así, en absoluto. Sin la deuda nada existiría. Sin la deuda, de inmediato nos pondríamos a enjaular pájaros libres y los peces se convertirían en pescados. Escuchemé, pare, pare de escribir esto, ¿qué porquería está haciendo en la computadora? ¿Porqué no me la presta que quiero jugar a los Sims? Me metí en su cerebro pequeño, en lo que piensa su cuerpo. ¿Sabe en qué está pensando su cuerpo? Está pensando que tiene hambre, pero no le puedo decir nada más, para meterme en la mente de lo que está pensando usted, hay que practicar. ¿Puedo cambiar la tele? Si usted no la está viendo ahora.”[2]

“Espere un poco, a mí me parece que la deuda no es condición necesaria ni suficiente para que el mundo siga andando. Antes, hace millones de años, nadie le debía a nadie y la Tierra daba vueltas igual.” “Es cierto, pero antes no había Internet, ni teléfono y la gente vivía, ahora sería imposible. Cada paso que da el hombre no tiene retorno. Es imposible. Ahora, no se puede vivir sin que nos adeudemos los unos a los otros.

Yo tengo la clave de su cerebro, pero no la sé. Vamos, dígame la clave de su cerebro. Si no me lo dice voy a romper la puerta. Ya sé, lo que está pensando su cuerpo es ¡queso! Listo. Para pensar lo que está pensando su cuerpo hay que poner las manos en su cerebro así, mire. Y dar vueltas. Y lo que piensa va a salir por su oreja, porque se va a marear. Hay que tener unos lentes, porque de las orejas salen palabras invisibles, pero con esos lentes se ven las palabras invisibles. Hay que poner un dedo en la oreja, y si lo mantiene 10 minutos, en el dedo se van a ir escribiendo unas cosas que solamente se ven con los lentes para palabras invisibles. Y si tiene un grano, en cualquier parte, para saber lo que está pensando su grano, hay que sacárselo. Pero primero hay que construir una máquina que tenga un micrófono, igual que para escuchar lo que dicen los animales. ¿Quedó jugo? ¿Me puede dar?” *

“Sí, como no. Si es tan amable y se baja de mis hombros, puedo ir a la heladera y alcanzarle un vaso de jugo.”

El perro eructó por última vez y se durmió.

“Las personas tienen una corta señal que las hace vivir. Para cortarle más la señal hay que ponerles la mano en la frente mucho tiempo y la señal no va a poder destruir a la mano y entonces el tipo se muere. A algunas personas se les inflama la cabeza y eso los afecta, pero después pasa. ¿Y el jugo?”[3]

 

Siete y media de la mañana (Basurero)

Entonces, como todavía es temprano para mucho, aunque no para todos, porque siempre es lunes, todos los días son lunes cuando son las siete y media, como todavía es agudamente temprano, el cobrador al que le di 20 pesos camina despacio, se aleja por la calle pequeña y oscura trazando una perpendicular invisible con respecto a la línea de casas de la cuadra. El sol no aclaró aún el horizonte este y los veleros apenas destellan como reflejo de las luces de la Rawson. Chau cobrador, hasta el mes que viene, cuando te vuelva a ver y a deber. Por ahora, las cenizas se disiparon del cielo negro, no se ven. ¿Será esto maravilloso? Los árboles esperan que pronto aclare, tienen que respirar algo de luz, al menos una tenue fragancia de luz en pequeñas gotas de luz. Parece nublado. Qué frío. Cierro la puerta, camino entre los muebles del living en penumbras. Voy a la cocina, la radio está bajita, no entiendo nada.

¿Hay que opinar de política o de fútbol? Me pregunto. Acá lo más importante es que el sol salga. Nada más, lo otro es una minucia. ¿Hay que opinar de arte? ¿Hace falta decir que los neologismos del idioma degradan el lenguaje o lo enaltecen? O bien, que el arte es lo que el dinero determina que es. Si un cuadro es comprado en millones de dólares pagados por una multinacional o por un magnate petrolero, entonces es una obra de arte, sino, es simplemente un cuadrito lindo.

Suena el timbre, quién es, buenos días, soy el recolector de residuos, tiene algo para tirar, sí, pero no sé qué hacer, estoy en un dilema, mire, pinté este cuadro, pase, pase, por favor, no sea tímido, es que estamos apurados, tenemos el camión en marcha en la esquina, y si no me apuro me deja a mí e incluso a la basura, y si no tiramos la basura a la basura, entonces nunca sabremos si era realmente basura, pero pase un segundo, por favor, mire este cuadro, son dos mujeres desnudas, una está mirando hacia arriba, por encima del hombro de la otra, parece como si algo allá arriba le llamara la atención, podría ser alguien que la está mirando, claro, como buen recolector puedo decirle que quien la está mirando es el que la pinta, porque no sería nada sencillo pintarla sin mirarla, y como ella sabe eso, es decir, que la están mirando, igual mira hacia ese lugar como sorprendida, es una forma de seducir, le gusta esta pintura o le parece una basura, la verdad que está bastante fea, no tiene profundidad, la combinación de colores es banal, es decir, la chica es bastante poco agraciada, pero yo me la imagino hermosa, usted mira el cuadro e imagina, claro, por supuesto, para qué sirve una obra de arte si no es para interpretarla por los propios medios de uno, o acaso el autor pretende que yo piense o haga lo que piensa o hace él, qué gran egoísta si el autor pensara así, me quiere hacer que yo, un simple ciudadano, asocie mis cavilaciones con las de él, pero, quién se pensará que es, no, no, no, eso no es un artista, un artista debe someterse, desde el mismo instante en que crea, al cruel designio de cualquier otro, un autor es ni más ni menos que un ser sometido a los caprichos de quienes lo valoran, y cuando le dicen qué lindo lo que hizo, debe sentirse juzgado de la misma manera que si le dicen qué porquería, y no debiera interesarle eso, lo único que debe preocuparle es la basura, es decir, tirar a la basura la obra, así se gesta un creador, y sino, fíjese en el sol, quién lo habrá creado, habrá sido Dios, como muchos suponen, el máximo artista de la historia, pero no se pregunta si a nosotros nos gusta el sol o no, si nos gustan las nubes, o la noche, o las cenizas, el sol sale y listo, ya está, nada más que agregar, y tira los rayos solares por todos lados, sin pedir permiso ni preguntar si los demás están de acuerdo, por lo tanto si usted quiere ser un artista, no me pregunte si me gusta, eso lo convierte en un anartista, pero no se preocupe, puede evolucionar, cuando no pregunte más, entonces, qué hago, lo tiro a la basura, y esto nada más tiene para tirar, no,  además tengo unas cáscaras de zapallos, de papas y de cebolla del puchero que hice ayer, lo hizo con carne, y los huesos de caracú, esos no, se los di al perro, estaba rico el puchero, riquísimo, con decirle que me comí tres platos, vio, eso sí era una obra de arte, y más aún porque desapareció, nunca conoceremos a los verdaderos artistas, porque las obras cumbres del arte de la humanidad no existen más, nunca podrían haber existido más allá del instante siguiente de su creación, como la música sin grabarse, o los discursos sin escribirse, bueno, llévese el cuadro entonces, métalo en la trituradora junto con las cáscaras, vaya nomás, imposible, ya es tarde, el camión se fue, el cuadro se queda acá nomás, a la vista del mundo, y nunca será una obra de arte, solamente será un cuadro más, pero disculpemé, ya que me tengo que quedar porque el camión me abandonó a mi suerte, por qué no se ceba unos mates y escuchamos en la radio los pronósticos del tiempo, parece que hoy va a llover.

 

Ocho de la mañana (Maestra)

Es pleno invierno, el amanecer de un día como hoy está pleno de encuentros y olvidos. Basta salir a la calle, seca y cenicienta, la calle con su oscuridad que esconde las formas, que oculta los rastros de las plantas de los jardines quietos, porque a esta altura del año la savia recién empieza a correr por las futuras maderas.

Pero hay que salir y estar afuera, sino la mañana se pasa intrascendente. La claridad arrasa desde el este. Hay un gato allá, todavía no se fue dormir, sigue al acecho como si fuera medianoche. Alguien cruza la esquina, es una maestra, va a la escuela a enseñar, a transmitir, a educar. Su sacón oscuro contrasta con los brillos blancos de los volados del guardapolvo. Va apurada, puede llegar tarde si no acelera el paso.

Yo nunca fui a New York, no sé lo que es París, pero a esta calle me la conozco de memoria. Dentro de 25 segundos va a salir la vecina de la esquina a baldear la vereda, aunque haga frío. Doblo para acá, doblo para allá, ahí está, ya se escucha el chapoteo del agua en la vereda. El agua fluye por el cordón cuneta, instalado hace poco, arrastra a un cascarudo que patalea indefenso en la inmensidad del charco correntoso.

"Buen día, ¿tiene hora?"

Es la voz suave y delicada de la maestra,  que mientras pregunta acomoda su cartera bien arriba sobre el hombro izquierdo, mientras espera la respuesta.

"Las ocho menos cuarto, se la ve muy apurada, parece que fuera muy tarde" "Tarde, tarde, sí, parece tarde, pero nunca se sabe si lo es. Lo cierto es que estoy algo demorada." Ahora utiliza las dos manos para hacerse una colita en el pelo, mientras que con la boca sostiene una hebilla con forma de palito chino.

"La demora es una manera de la seducción, una forma solapada de encender el deseo de quien la está esperando. La demora, bien entendida, puede hasta considerarse una virtud."

"Puede ser, pero para que eso suceda, es decir, para que el retardo sea virtuoso, también suele ser necesario que una sea bonita, y ese no es mi caso."

"Vamos, no sea usted tan humilde, por favor, que eso la hace aún más seductora. Por un lado, le diré que no existe una maestra fea, todas las maestras son muy bellas, algunas hacen de la sencillez, de la simpleza, un acto sublime de belleza absoluta. Y más aún si se trata de alguien como usted, caminando en el frío y la semipenumbra de esta mañana en ciernes." "Ay¡ Muchas gracias, seguro que a todas les dirá lo mismo" "A todas no, sería imposible dirigirme personalmente a todas las mujeres que habitan esta populosa ciudad, basta con dirigirme a una sola, en quien están, para mi, representadas todas las mujeres del orbe. Pero además, y por sobre todo lo demás, usted es una maestra, y me hace recordar mucho a la Señorita Clelia, mi maestra de tercer grado, tan buena, tan dulce, y siempre estaba apurada."

"Pero claro que sí, ahora que me acuerdo, debo llegar pronto a la escuela, la directora me espera, tengo que hacer una suplencia en un cuarto grado. Ha sido un gusto conocerlo, nunca lo había visto, y eso que siempre paso por acá." "Entonces seguramente volveremos a encontrarnos, esta calle es así, sobre todo en invierno, plena de encuentros y de olvidos. Esta calle es poética." 

“Adiós, hasta pronto” “Adiós, adiós”

Pasa un automóvil muy veloz para la tranquilidad del barrio, detrás, el camión de los recolectores de residuos, que había vuelto a buscar al corredor olvidad a las siete y media, queda en marcha, regulando humeante a metros de la esquina.  Se escucha desde lejos “Pedroooo… Pedroooo…” pero no contesta, Pedro está todavía tomando mate en mi cocina. Es sólo un nombre, solo un nombre, entonces me acordé que me olvidé de preguntarle a la maestra su nombre. Cómo se llama, cómo se llama, corrí hacia la esquina, un par de perros que me vieron pasar dejaron de hurgar las bolsas de basura, asustados, y corrieron a esconderse tras un Ford Escort estacionado.

Corro más, la maestra ya va por la otra esquina, su guardapolvos sigue enviando rayos de luz blanca tras el saco, pasa otro auto, una camioneta llena de perros que ladran en una jaula improvisada en la caja. “¡Señorita! ¡Señorita!” Entre los ladridos parece que mis gritos le llamaron la atención, gira un poco el cuello, se detiene, la cola de caballo del pelo vuela en el aire y cae de nuevo a sus espaldas, la cartera resbala por su brazo y es atrapada antes de que caiga al piso, me mira, está muy lejos, pero sus ojos son grandes, abarcan todo el horizonte.

“¡Dígame, cómo se llama!”

La vecina dejó de baldear. El agua se va para abajo, hacia quién sabe dónde. Ahora, el cascarudo gira 180 grados, estira unas patitas, y camina hacia un montículo de arena.

 

Ocho y media de la mañana (Barrendero)

La claridad del día da una perspectiva distinta ahora. En una terraza, una mujer sacude una frazada y el aire se impregna de polvo. Voy caminando, pero parece que todo me detiene. Cuando la simpleza de las cosas producen regocijo, cuando el júbilo se desata porque simplemente el sol colorea a la siguiente esquina, quiere decir que hay una señal, al menos casi suficiente, de salud.

“Buen día don Cosme”, saludo al viento a don Cosme, es nada más que un homenaje, porque se murió hace mucho, era un vecino de un barrio viejo inolvidable, que todas las mañanas me saludaba cuando salía para la escuela, salvo cuando una tarde, con Walter, le robamos dos gallinas, ahí estuvo como una semana sin saludarnos y eso que rápidamente le devolvimos las batarazas, principalmente a instancias de mi madre que cuando se enteró no solamente me obligó a retornar inmediatamente el material sustraído sino que me suspendió por dos meses la visualización de Los Tres Chiflados en la TV blanco y negro, al mediodía por el trece. Peor todavía, no conforme con este castigo cruel, también me dejó prácticamente incomunicado por dos meses al impedirme ver los domingos por la tarde a Titanes en el Ring, con la presencia indescriptible del campeón del mundo Martín Karadagian.

Por eso que aunque ya no esté, algunas mañanas lo saludo a don Cosme, y a otros que no están, es bueno saludar a los que no están, y difícil, porque no es fácil saludar a quienes, en principio, no van a contestar, al menos por los medios habituales donde un emisor y un receptor se comunican a través de sonidos que son transportados de oído en oído por el aire. Mucho más sencillo sería saludar al barrendero aquel, aunque está con los auriculares escuchando algo, será música, y es probable que no escuche, pero igual saludo, el no siempre está.

“Buen día barrendero”. Me mira, me observa, se quita el auricular de la oreja izquierda con un ademán un tanto molesto pero que no deja de ser cordial, luce una bufanda a rayitas de colores, que están de moda y rompe con la alegre monotonía de su traje anaranjado. “Buen día”. El escobillón va acumulando un montículo gris de tierra, hojas secas, dos envases plásticos de yogur La Serenísima y un largo inventario de desechos entre los que aquel cascarudo arrastrado por el agua hace un rato nomás se debate para escapar de aquello que se va a descartar. “¿Trabajando?”. Se trata sólo de una pregunta protocolar, ni más ni menos, una pregunta que no significa nada, que no espera otra respuesta que la absolutamente previsible, que no pretende generar un debate, ni una reflexión, ni un aprendizaje ni una enseñanza, pero que sin embargo encierra la esencia misma del lenguaje: comunicarse.

“Sí.” Al parecer era la respuesta esperada, aunque necesaria, no suficiente. La estrechez de sus palabras puede significar varias cosas, por eso es que no hay que procurarse prejuicios ni formalizar afirmaciones a priori, sin conocer la cosas de fondo. No puedo establecer si esa respuesta tiene su origen en una especie de timidez, o bien se debe a que es un hombre de pocas palabras, o quizá se trate de una tendencia simulada de evitar la charla, o quizá no desea ser molestado en medio de su actividad municipal. O bien, y aquí está la causa, probablemente, de todo el significado de su breve discurso, y se trate de alguien sumamente veraz y contundente, cuya eficacia radica en resolver los asuntos utilizando los recursos al mínimo. Porque los recursos son siempre escasos, aunque sobren, y nunca debemos abusar de las bondades que la naturaleza nos regala, o bien nos presta, no hay que abusar, porque el abuso y el derroche son evidencias de soberbia, de altanería, incluso de desdén. Por eso la respuesta del barrendero es clara, precisa, y me deja totalmente complacido y satisfecho.

“Bueno, hasta luego”. El barrendero se acomoda de nuevo el auricular en la oreja y se despide de la misma manera con que se inició la charla: “Buen día”. Es curioso como algunas cosas terminan de la misma manera en que comienzan, como si fueran cíclicas, como si fueran infinitas, como las olas del mar golpeando en la orilla. Si algo termina como comienza, seguramente podrá volver a comenzar, y así sucesivamente. ¿Podrá volver a empezar algo que ya finalizó? ¿Podrá, por ejemplo, reiniciarse una historia de amor abandonada? ¿Podremos volver a aquel trabajo del que una vez nos fuimos de manera repentina? ¿Nos seguirán esperando aquellos que dejamos una vez? No lo sé, veremos si dentro de media hora consigo alguna respuesta, aunque este barrendero ya me dio muchos indicios.

 

Nueve de la mañana (Cobradora de estacionamiento)

Ya es de día. El frío no se reduce aún, alimentado por esa hora de la mañana en que los tenues rayos de sol aún no permiten entibiar las cosas. El aire se mantiene frío, cortante, pero la claridad reinante llena una esperanza por sí misma.

Voy llegando al centro, creo que me compraré un par de zapatos. Mientras tanto, la gente se comienza a acumular. Los automóviles se aglomeran en las esquinas.

En eso me encuentro con una cobradora de estacionamiento, que me mira pasar. Está muy bien arropada, deberá sostener largas horas a la intemperie, cobrando la oblea. Pero no se la ve ni triste ni angustiada, antes bien, hay en sus ojos una vivacidad propia de aquél que está atento a su trabajo, y que ejecuta con recelo la tarea que le fuera encomendada. Por sobre su uniforme sobresale una bufanda larga y abrigada, a rayas finitas de colores vivos. Su mirada denota una predisposición para la charla, lo cual es una bella manera de aportar un poco de calidez a la mañana fría.

La saludo y, sin quitar mis manos de los bolsillos de la campera, le digo: “Buen día, a mi no tienes nada que cobrarme, como verás no tengo auto, es decir, tengo, pero no lo traje hoy, preferí salir a caminar.”

Hacia un costado de su figura cuelga una cartera azul, seguramente allí guarda la recaudación y algunas biromes.

“Buen día, no era esa la idea, pero convengamos en que todos debemos pagar algo por algo. Todos tenemos deudas, desde el mismo instante en que venimos a este mundo.”

“Es probable, nadie, ni el filósofo más avezado, podría negar esta realidad. Sin embargo, yo vine sin vehículo, y no podría pagar un estacionamiento por un estacionamiento que no usaré, quizá debería reclamar de usted su consentimiento para el no pago del mismo, sin que ello perjudique mi libre albedrío, quizá usted, además de cobrar el aparcamiento, debería también (y esto le serviría de mucho para la íntima justificación de su actividad) pregonar a los cuatro vientos que no puede ni desea cobrar nada, en este caso, a mi. En resumidas cuentas, el que no tiene auto no estaciona, el que no estaciona no paga, el que no paga no recibe oblea, el que no recibe oblea no participa del sorteo del auto a fin de mes, el que no juega en el sorteo no puede ganar el auto, el que no lo gana no tiene auto, el que no tiene auto no recibe oblea, el que no recibe oblea no paga estacionamiento, el que no paga estacionamiento no estaciona y, por último, el que no estaciona no tiene auto, pero puede tranquilamente hablar con usted de otros asuntos. Por casualidad, ¿No vio por acá pasar a una maestra con una colita en el pelo, que iba muy apurada?”

“Responderé en primer lugar a la última pregunta: desde temprano pude observar a varias maestras pasar, todas apuradas, casi todas con colitas en el pelo.” “¿Y cómo se llamaban?” “Todas Marías. Respecto a las afirmaciones por usted vertidas negativamente, no olvide que se tratan de simples tautologías, y las tautologías no existen, por eso siempre es probable que Venezuela le gane a Brasil. No obstante, su sagacidad tiene visos conmovedores. Sin embargo, no puedo dejar de refutar algunas de sus apreciaciones, aunque no por refutables dejan de ser casi sabias. Que alguien le diga una cosa, una reflexión de este tenor y en un sentido crítico hacia un lado, no significa que ese mismo pensamiento pueda derivarse en otras direcciones y llegar, yo diría que fácilmente, a tomar una dirección absolutamente opuesta a la que se dirigía en un principio. El lenguaje, y sobre todo el castellano, nos da muchas posibilidades de variar, incluso cambiando la posición de un insignificante punto, o una mera coma, todo el significado de una frase. Más aún, qué podemos inferir de un pensamiento libre, que no es más que tratar de darle sentido a través del lenguaje a una confusión neblinosa de ideas disjuntas: simplemente, una variedad de alternativas que ni siquiera el más prudente observador podría abarcar en su totalidad. Por eso el mundo es lo que es: un caos ordenado en sí mismo.”

“¿Usted se refiere al caos vehicular, para dar un caso?”

“No. Me refiero a un caos ordenado, a una mezcla de cosas que existen y otras que no, y otras que parece que existen. El caos es la naturaleza misma, pero de una manera sutilmente ordenada. Mire el pajarito que está allá, subido en aquella rama del olmo. ¿Cómo llegó hasta allí? ¿Qué otra explicación se le podría encontrar a ese hecho que no fuera producto del caos natural, del azar, de una ley escrita con tinta invisible en cada objeto, en cada cosa que nos lleva así, de una rama a otra, sin saber porqué?”

 

Me quedé sin espacio, la semana que viene, es decir, dentro de media hora, sigo charlando con esta simpática cobradora de oblea.

 

Nueve y media de la mañana (Cobradora 2)

El tránsito continuaba así, con su carácter aleatorio pero ordenado en sí mismo, me pregunto qué pensaría, cuán grande sería el impacto y la sorpresa si transportáramos en el tiempo a un habitante común de la Buenos Aires de 1810 a este preciso momento y lo primero que viera fuera el intenso movimiento metálico en la calle, algo tan natural para nosotros en este pliegue agitado del espacio-tiempo. La chica vendedora de obleas fue a cobrarle el estacionamiento al conductor de un Citroen C4 color rojo, una verdadera joya de nuestra tecnología moderna, aunque no tanto como la Cupé Chevy 73, color anaranjada, ese sí que era un fierro. La vendedora retorna, guarda la moneda de un peso y aprovecha para realizar un conteo de lo recaudado hasta el momento. No me gusta meterme en las finanzas de los demás, sería como una especie de falta de respeto, como invadir subrepticiamente la intimidad del otro, aunque de reojo puedo establecer que hasta el momento cuenta con 22 pesos y cincuenta centavos, 16 pesos en billetes de dos y el resto en monedas. Evidentemente, cada uno cuenta con sus propios bienes, y esto, sin dejar de ser un acto egoísta, es también un acto de responsabilidad. La vendedora de oblea vuelve y se dirige a mí:

“Como le iba diciendo, lo que los lógicos, desde la escuela aristotélica al presente consideran tautología, no es más que una lucubración teórica que no va más allá del papel escrito o la palabra dicha, pero en la realidad, la verdad absoluta no existe. Incluso el mundo puede dejar de girar ahora mismo y nosotros, pobres individuos, creeríamos que está sucediendo algo imposible, pero estaría ocurriendo, el problema es que, a pesar de haber evolucionado bastante de un tiempo a esta parte, aún no estamos preparados para comprender lo que escapa a nuestro sentidos y a nuestra concepción, todavía plana y apenas tridimensional, de la realidad. Pero existen otras dimensiones. Todo es posible allí, así como aquí.”

“¿Y eso qué tiene que ver con cobrar el estacionamiento?”

“Todo y nada. Usted sigue empecinado en querer vincular y relacionar las cosas, usted busca respuestas, y eso no es el objetivo del sabio. El sabio encuentra sin buscar, o bien busca sin encontrar. Si alguna vez encuentra lo que buscaba ex-profeso, queda consternado, la emoción de buscar muere unos instantes después de encontrar, y el que otrora era sabio porque no sabía nada (como Sócrates), ahora inconscientemente vencido, se tira en la cama deprimido o busca un rincón alejado para sentarse a lamentar su logro inesperado. Yo debo cobrar la oblea, ¿Por qué, para qué, cuál será la finalidad de todo esto? No importa, no interesa el fin, lo único que importa es cumplir con el camino, y cobrar, sino, vea a aquel que se baja rápido del Fiat Uno negro, ni siquiera lo cierra con llave, baja y corre por la vereda sin pagar la oblea: quizá él no lo sepa, pero de alguna manera imperceptible casi, está alterando el equilibrio exacto del caos natural.”

“Disculpe que interrumpa su discurso, pero yo estoy tratando de encontrar a una maestra, y hace media hora le pregunté por una maestra, muy bonita, con una colita de caballo en el pelo, que casualmente es la misma que estoy buscando, y usted me dijo que vio a varias, ¿por dónde se fueron?”

“Se fueron por allá, por allá, por allá, por allá, por allá, por allá y por allá y por acá, y una entró a la zapatería que está allá. Le aconsejo que comience su búsqueda por la tienda de calzados y pregunte a la vendedora, seguramente ella tendrá una información menos precisa que la que le doy, pero no por ello menos importante: la exactitud no siempre se vincula de manera proporcional con el acto de lograr el objetivo, es mas bien lo difuso lo que predomina en la naturaleza, y lo que a la larga brinda los mejores resultados.”

“Siendo así, ya mismo debo abandonarla, le agradezco esta orientación que me está ofreciendo, pero debo partir, tengo que seguir buscando. Adiós, hasta pronto.”

Un hombre de traje salía de un zaguán oscuro, indiferente, se acomoda su corbata con ahínco. Nadie usa sombrero, ninguna mujer con peinetón. Una familia cruza la calle, adelante va el carrito con el bebé, es un nene muy lindo y bien arropado. El frío persiste.

Camino, unos pasos para allá, hasta la zapatería. Una mujer joven pasa por enfrente, se parece a la maestra de las ocho, pero no es, incluso es mucho más parecida a mi maestra de tercer grado, la Señorita Clelia, pero la Señorita Clelia se parecía mucho a la maestra apurada de las ocho. ¿Entonces qué?

 

 Diez de la mañana (Vendedora de zapatos)

La mañana transcurría, una mañana algo nublada y ventosa, y yo andaba por ahí, dispuesto a comprarme un par de zapatos, que podían ser negros. No podía sacarme de la cabeza que justamente un rato antes se me había tapado el inodoro. Quizá fue un exceso de papel higiénico, pero la realidad era que el agua no circulaba, estaba estancada, como un símbolo de la decadencia de la cultura de lo prescindible, donde todo se usaba y se tiraba, todo iba a parar al desagüe del olvido, todo iba a la cloaca de un pasado sin recuerdo. Incluso el agua, el más puro de los minerales, el oro incoloro, se tiraba y se eliminaba por ahí, quién sabe dónde, quizá a los piletones.

“Todo se deshace, todo se esfuma” pensé, al mismo tiempo que llegaba caminando a la puerta de la zapatería. Entonces entré, saludé y saqué número. Me tocó el 54, y aunque no perseguía ninguna cábala, quise recordarlo. Como un acto de rebelión hacia el mundo descartable, quise retener en mi memoria, por mucho tiempo, que me había tocado el 54 en aquella zapatería. Mientras esperaba, vi en la vidriera, contra la calle, en dirección opuesta a la pared trasera del comercio, unos mocasines negros.

“¡54!” dijo la vendedora.

“¡Yo, acá, acá!”

“¿Qué desea?” “Quiero probarme esos mocasines negros” “Estos mocasines son un calzado ideal para lucir tanto en una ocasión formal, digamos de etiqueta, como para llevarlos combinados con un atuendo sport, informal, despreocupado. ¿Usted para qué los quiere?” “Para caminar, en lo posible, pero que tengan empeine alto” “¿Número?” “54, ya me preguntó” “aguarde un momento, ya vuelvo”.

Miré hacia la calle, la vereda estaba superpoblada, entre tantos transeúntes me pareció distinguir la forma esbelta y la gracia al caminar de la maestra apurada de las ocho de la mañana.

“Encontré estos negros, número 54, pero no son el mismo modelo de los de la vidriera. Estos son de un diseño italiano, muy apreciados en la Toscana.”

Me los probé: me iban grandes, porque yo apenas calzaba 45, pero no tenía ni ganas ni tiempo de discutir. Por otra parte, los zapatos tenían la apariencia de ser perdurables, y eso era lo que quería, que duraran, que no quedaran de repente en el olvido. Que fueran recordados, que fueran respetados. Quería que aquellos mocasines marcaran un espacio y un tiempo. Cuando el sol desaparezca y explote en una nube de neutrones desbocados, estos mocasines serán olvidados, no antes.

Pagué el importe del par con tarjeta de débito, tenía varias tarjetas, de débito y de crédito. Tenía muchos colores de tarjetas, la platinum, la gold, la silver, la black, la orange, pero siempre pagaba con la misma.

Volviendo a mi casa, con los mocasines nuevos número 54, a quienes había rellenado con papeles de diario para evitar que mis pies bailotearan adentro, pasé por la ferretería y compré una sopapa, color negra también, para destapar el inodoro rebelde.

Me asombré del tan cercano parecido entre la sopapa y los mocasines, eran como hermanos, como primos hermanos al menos. Los tres negros, los tres flexibles, los tres durables. La sopapa venía sin palo, pero yo tenía uno que me había sobrado de una escoba vieja que había tirado. Recordé a aquella escoba y gané un dejo de melancolía, de dulce melancolía como la de los tangos de los años cuarenta, cuando decía, más o menos, “un pedazo de barrio allá en Pompeya, durmiéndose al costau del terraplén…”

También sentí un pequeño remordimiento por aquella agua degradada que iba a desechar, pero debía hacerlo, era una cuestión de supervivencia.

Era eso, el olvido era una cuestión de supervivencia, tanta gente no podía estar equivocada. El recuerdo y el rencor están muy cerca uno del otro, quizá lo mejor sea olvidar pronto algunas cosas, eliminar lo que no sirve, y recuperar lo que queda en la memoria. “Tengo muchos recuerdos tristes, y están equivocados, no sé si servirán, pero estos recuerdos me obstruyen la llegada de novedades.” Así fue como me puse la sopapa en la cabeza, como en el disco de Almendra, y anduve presionándola durante un buen tiempo.

 

Diez y media de la mañana (Vendedor de Telebingo)

La ciudad está llena de mensajes. Todo lo que se ve, toca, huele o escucha es un mensaje. Estáticos, móviles, perfectamente dirigidos a un receptor en particular o bien aleatorios, como si trataran de pescar al interlocutor. Y también están esos mensajes de la palabra moderna, los subliminales. Linda palabra, se puso de moda cuando los medios de comunicación se masificaron. Pero yo no creo en lo subliminal, a mi no me van a hacer comprar esa gaseosa porque en el cartel luminoso haya una bella mujer con la botella en la boca.

Sin embargo, aquella nube que brilla por sobre los rayos del sol y desprende un fulgor como en las ventanas a contraluz, que permiten ver el polvo en suspensión, se parece a la cara de la maestra.

Salgo de nuevo de casa, hace frío pero hay sol, el centro está muy agitado, son muchos. Me dirijo con paso firme y seguro al supermercado. No hay nada que se interponga entre el salmón ahumado que vi el otro día en oferta y yo, salvo un vendedor de Telebingo, apostado al costado de la entrada principal. Me mira y me grita, como si yo no fuera y eso que él ve es un holograma de mí y el verdadero yo está a tres cuadras. Ese sí que es un mensaje para nada subliminal.

“Es el azar lo que hace mover al mundo” digo en voz alta pero no específicamente dirigida al telebinguero.

“Incluso a las galaxias. ¡Telebingo!” Ahora me responde a mí, y a continuación, de inmediato anuncia su producto a otro que, por azar, pasa por ahí. Tiene unos cartones coloridos en la mano izquierda, más bien papeles bastante flexibles. Está parado, apoyado contra la pared, la pierna izquierda está flexionada sobre un escalón alto, y sobre su rodilla apoya ambas manos, que permanecen cruzadas a la altura de las muñecas. “Fresco ¿no?” “Un poco. Es el azar del clima, nada más.” “¿Cómo azar? Disculpemé pero Dios no juega a los dados.” “Pero qué original ha resultado usted. ¿Entonces me compra un cartón?” “No. Mejor déme todos. Incluso esos que no están en sus manos, sino en las de otro vendedor. Quiero todos los números, principalmente los que van a salir.” “Pero hombre, haberlo dicho antes, para qué se va a poner en gastos inútiles, mejor le vendo sólo los que saldrán premiados y listo.” “¿Pero no es eso lo que le pide todo el mundo? ¿No es eso lo que quieren todos, es decir, ganar?” “No crea. Raramente me piden los ganadores. ¿Se imagina usted ganando siempre, acertando todas las loterías, prediciendo todas las subas y bajas de la bolsa de valores, en esa situación de infalibilidad, cuánto le duraría la dicha de ganar? ¿Puede usted elaborar un pensamiento en proyección y determinar el momento en que imploraría por perder a algo?” “No sé, no me lo puedo imaginar, menos ahora, hay mucho ruido por acá. En este momento de mi vida le diría que quiero ganar a algo, aunque más no sea, un partido de escoba de quince.” “Usted lo que quiere es encontrar a la maestra.” Reconozco que tal comentario me perturbó, en particular por el modo socarrón, con algo camaradería y picardía en la sonrisa del vendedor con la que acompañó al mensaje.” “¿Cómo lo sabe? ¿Quién se lo dijo?” Giré media vuelta, miré por sobre el hombro, hacia atrás y hacia los costados. Una mujer de 30 años arrastraba un changuito que tenía una rueda trabada. Una pareja, entrando ya al local, discutía en voz alta acerca de la conveniencia o no de comprar la oferta del combo de lavandina, limpiador de pisos y jabón en barra. “¿Es usted adivino acaso?”

“No, solamente leo los rostros, y usted tiene cara de buscar a una maestra… A ver, mire un poco hacia la sombra así le leo el ceño del lado derecho… Sí, se trata de una maestra de quinto grado turno mañana. Pero mejor deje de buscarla por ahora, recién sale a las doce del mediodía.”

¿Entonces todo era factible de predicción? ¿Y el azar dónde estaba? ¿Y dónde fue a parar la maravillosa incertidumbre, el látigo que avienta la sabia Providencia?

Por suerte, el Telebingo no es todo, también existen otros valores, otro hacer altruista, otros actos de solidaridad para con uno mismo y por extensión, todo el resto (¿qué quiere decir para con?)

 

Once de la mañana (Moza)

La realidad puede observarse, bien mirada, casi como en un televisor de 46 pulgadas. Casi, porque acá no existe la posibilidad de cambiar de canal, de avanzar lentamente hasta el 65, saltear hasta el 98, pasar el 99 y continuar con el 2 (el 1 no tiene señal). Tampoco se puede hacer zapping frenético, acá todo es en tiempo real.

Sin embargo, siempre existe la posibilidad de tomar una decisión alguna vez y, por ejemplo, cambiar de vereda, de cuadra, cambiar varias cuadras. Y los canales que se ven son bien distintos. Y aquí, gracias a Dios, se puede cambiar bastante la sintonía y poner el canal del mar, una programación rara, siempre lo mismo, siempre lo mismo, pero siempre interesante. Hace frío, es invierno, la playa está desierta, pero no, mirando bien se la ve bastante concurrida: hay unas gaviotas, unos flamencos, unos caracoles, unos cangrejos, varias peces, unas lagartijas escondidas en los yuyos de los montículos de arena. Pero parece desierta: no hay gente, y nuestra tendencia cultural nos lleva a considerar desierto todo lugar donde no haya gente, pero para las gaviotas debe estar bastante concurrida, y para los peces, demasiado activa.

Faltan todavía unos meses para que vuelvan los senegaleses vendedores de relojes y joyas, falta todavía. Pero aunque está fresco, el sol ilumina, la energía solar se manifiesta en todas las aristas de las cosas iluminadas, que brillan. Pegado a la arena hay un establecimiento gastronómico, buen lugar para desayunar.

“Buen día, ¿Qué se va a servir?”

Una señorita muy bonita, con un delantal verde y un pañuelo en el pelo me recibe rápidamente ni bien me siento al costado de una mesa.

“Nada, no quiero nada. ¿Me alcanza el diario?”

“Sepa disculpar, señor, pero en este lugar la disponibilidad de muebles, cubiertos y servicios, entre los que se incluyen los diarios locales y alguno que otro del extranjero, si consideramos extranjero a Buenos Aires, por ejemplo, e incluyendo además las paredes, el piso y el techo del establecimiento y mi presencia y dedicación para servirlo, son a cambio de que usted realice una consumición, frugal si se quiere, en la cual usted deberá abonar un precio que permita sostener toda esta tremenda infraestructura. Por lo tanto, reitero mi pregunta inicial: ¿Qué se va a servir?”

“Siendo así, y revisando la magnitud de semejante emprendimiento, no puedo negarme a su petición, evidentemente he incurrido en un error al rechazar un desayuno a las once de la mañana, pero diré en mi defensa que no es una hora del todo habitual para desayunar, y tampoco lo es para almorzar, las once de la mañana es una hora que, en relación con las comidas, se muestra totalmente incierta. Pero usted tiene razón. Déme un café con leche con seis medialunas dulces y seis saladas, un jugo de naranja, tres tostadas con mermelada de arándanos, un pote con dulce de leche y otro con crema chantilly, dos huevos fritos, y una picada de mariscos con vino de la casa.”

“¿Y de postre?” “Un bombón suizo” “Café para la sobremesa” “No, un té con limón y un frasco grande de Hepatalgina. Pero tráigame dos diarios por favor.”

Cada uno que hace algo se cree que lo que hace es importante, y eso, aunque un poco egoísta, no deja de ser muy bueno. Es necesario tener alta la autoestima en este mundo tan competitivo. “Aquí tiene el café con leche y las medialunas.” “Disculpe, una pregunta ¿Acá se puede sumergir la medialuna en el medio líquido y luego llevarla chorreando a la boca, sin que esto atente contra los usos y las buenas costumbres del local?” “Todo se puede hacer, no sólo acá, sino en cualquier lado. Si al resto de los parroquianos, o a alguien, le molestara su accionar, no es problema suyo, ya que usted, mojando la medialuna, no atenta contra las libertades individuales del resto.” La moza se acomoda el moño de cinta del delantal en la espalda, el delantal que al principio me pareció verde, pero que ahora es borravino. Cualquier otra cosa que necesite, la llamo.

 

Once y media de la mañana (Moza 2)

Las medias lunas estaban buenas, pero los huevos fritos, en contadas ocasiones, me ponen antipático. Es algo raro del metabolismo, no sé, pero estoy convencido que algunas comidas me cambian el estado de ánimo. Es temprano aún para el almuerzo, pero mucha gente está ingresando al  local. Desde los amplios ventanales se ve ondear al mar.

“Señorita, por favor me trae la cuenta” “No es ningún favor, es una obligación de mi parte”. La moza, de configuración esbelta, se acerca a paso marcado a mi mesa. Los ventanales  marcan su silueta a contraluz, es como una sombra, como un cuadro impresionista.

Puedo oler su perfume entremezclado con los vahos maravillosos que vuelan desde la cocina, ¿es un Liz Claiborne o un Vendetta de Valentino? Nada que ver con el perfume de la maestra, un Ophelie de Pierre Cardin, pero igual huele bien.

Me acordé de la maestra con el pelo atado en colita. “Discúlpeme, ¿no sabe dónde puedo encontrar a una maestra por acá?” “Sí, por supuesto, vaya a la 42, está por acá derecho 4 o 5 cuadras, o doble para allá, hasta la 158.” “¿Y cómo sabe que la que yo busco está en la 42 o en la 158? ¿Y si es de otra?” “Si usted está seguro de emprender una búsqueda, debe comenzar por el principio, que es empezar a buscar. Así como si estuviera seguro de dejar de fumar, debe comenzar por dejar de fumar, tal es el principio del éxito. No debe permitirse pensamiento alguno que lo desvíe del objetivo, ni plantearse el porqué o el para qué. Seguramente muchos le indicarán, adrede o no, una dirección a seguir errónea, pero usted tome cada sugerencia en el sentido correcto y también en el inverso. Hágales caso, pero al mismo tiempo rechace la propuesta, no olvide que el mejor camino a seguir suele mostrarse casi siempre como el más incierto.” “¿Usted usa Liz Claiborne?” “Sólo por la mañana. Pasado el mediodía, paso a un Cacharel. Como le decía, en cuanto vislumbre un sendero oscuro, un largo y sinuoso camino, no dude, vaya por allí, en última instancia, si no llega a ninguna parte, pensará que todo fue una pérdida de tiempo, pero el tiempo nunca se pierde, el tiempo siempre se acumula, se agrega, aún en la espera de algo, el tiempo degrada pero también eterniza, cada momento puede transformarse en eterno, y también puede tornarse interminable, tedioso, insoportable, intolerable. Mucho se ha dicho acerca del tiempo, de su glorioso valor, de su tirana veleidad, de su poder curativo, pero lo realmente cierto es eso que está allí, por siempre: su fugacidad, es decir, nada existe salvo en el instante en que ocurre. Luego, solamente es recuerdo, una extraña conjunción de redes neuronales que como por arte de magia desatan un recuerdo en la mente de los hombres, pero esto, gracias al tiempo, poco a poco se va convirtiendo en nada. Así es que aquel que emprenda una búsqueda no debe medir el éxito en función del tiempo de obtención de éste, sino en función del mantenimiento del ideal en el tiempo. Nada es gratis, nadie da nada por nada, nada es instantáneo, los grandes logros no son los que cuestan obtener, sino los que nunca se obtienen pero son perseguidos con una convicción gigantesca. Aquí tiene la cuenta, son 345 pesos más la propina.”

Me puse de pie, me acomodé el pulóver atado a la cintura, me puse el saco, el sobretodo, pagué, saludé y salí. En la puerta, una ráfaga de viento me quitó el picaporte de la mano, golpeó la puerta contra el marco, levantó un remolino de arena muy cerca, arrastró a un cascarudo más de 2 metros, hasta que logró aferrarse a un palito enterrado en la arena. Pataleó, enderezó su centro de gravedad, con tenacidad se agarró más del palito, contra las fuerzas de la naturaleza, este frágil ser luchaba sin interesarle nada más. Qué noble actitud la del cascarudo, sin rumbo fijo pero siempre yendo hacia alguna parte, incierta en absoluto, pero siempre hacia adelante. ¿Por qué? ¿Para qué? No importa eso, el cascarudo va siempre yendo hacia algún lugar. El viento lo arrastra, lo tira, lo desvía, pero él patalea boca arriba hasta que un papel furibundo, una hoja, o un palito, le sirve para agarrarse, girar y seguir caminando.

Me subí el cuello del sobretodo y caminé hasta la Roca. El viento era menos persistente lejos de la playa, pero en las bocacalles se embolsaba más. La camarera me había dicho hacia el sur, por eso, y nada más que por eso, caminé hacia el norte.

 

Doce del mediodía (Cartero)

Por acá debe andar la maestra, por esta alcantarilla pasó un escarabajo hace tres horas. Estos pensamientos recurrentes me persiguen todo el tiempo. ¿Cerré el gas de la hornalla antes de irme? ¿Cerré la puerta con llave? ¿Saqué la camisa negra del lavarropas? ¿Le di de comer al gato ayer?

Una bandada de loros irrumpe por sobre los cables de teléfono. El paisaje sesgado de la ciudad, con su cielo azul atravesado por innumerables líneas energéticas que acaparan todo lo visual sin darnos cuenta, por un momento fue alterado por alas verdes caóticas. Son las doce, el calor del sol ya tiene rasgos primaverales. Los metales perfectamente pulidos de los autos brillan en la planicie de asfalto, y una empleada de comercio, tardía, pásale el secador con agua a las vidrieras de un negocio de recuerdos para turistas.

Hay un cartero, vestido de violeta. Está repartiendo unos sobres con membrete, todas cuentas, todas deudas. Es verdad, todo el mundo le debe algo a alguien. “Buen día cartero, por casualidad ¿no tiene algún mensaje escrito para mi?” El cartero gira brevemente el cuello, sin quitar la vista de un listado de firmas y aclaraciones de firma. “¿Cómo dijo que se llamaba usted?” “Disculpe, pero en ningún momento mencioné mi nombre, ni lo creo indispensable para que usted verifique si hay o no alguna carta para mi, o acaso debo decirle mi nombre para que simplemente usted lo corrobore minuciosamente y compare las palabras por mi pronunciadas (en caso de que las dijese, que no es el caso que nos preocupa ahora) con las escritas a mano en el frente de un sobre y así establecer una similitud entre ambos textos, el hablado y el escrito, para determinar sin error si soy yo o no soy yo el destinatario de la esquela. Acaso puede usted, con la misma exactitud que invoca en cada entrega, verificar si aquél que me envía la carta es quien dice ser y no otro, ¿puede saber si se trata o no de una carta apócrifa? Y aún si esto fuera posible, ¿puede asegurar, sin temor al error, si lo escrito en cada carta que usted entrega se remite a la verdad y nada más que a la verdad? Estimo que usted, que sin duda es un cartero abnegado, que ni el frío, ni el viento, ni la lluvia lo detienen en su camino honorable y recto, ni siquiera un terremoto de grado 7 en la escala Richter puede detener su marcha, así y todo, con todo ese bagaje de obligaciones que cumple cotidianamente, no tiene el conocimiento acerca del contenido de los interiores de los sobres, apenas un vago presentimiento de lo escrito en los frentes y contrafrentes de los mismos, aún en letra manuscrita, aún con faltas de ortografía, aún con destinatarios y remitentes dudosos, aún sin poder corroborar siquiera que adentro haya un papel escrito, o una servilleta, o un recorte de diario, o algo peor todavía, mucho peor que un recorte de diario con una noticia incierta y antigua, lo cual podría ser tranquilamente una noticia verdadera, de una tragedia por ejemplo, o bien una carta de amor dirigida a alguien que no lo corresponde, mucho peor que eso, una carta dirigida a nadie, o una carta dirigida a cualquiera, a cualquiera que la encuentre, un mensaje en una botella tirada al mar cuando la marea está alta. Y así y todo, usted requiere de mi que yo le diga mi nombre, a usted que hasta hace unos instantes era un desconocido sin siquiera haberse presentado usted primero, argumentando como excusa nada más que el simple hecho de corroborar si la carta es o no para mi. ¿Le parece correcto? Por favor, el día que dejemos de lado la extrema burocracia y repartiéramos las cartas a los que realmente quieran recibirla, este país comenzaría a andar mucho mejor. ¿Porqué repartir cartas a quien no la quiere? ¿Porqué no dárselas a los verdaderos interesados? Por ejemplo, yo estoy interesado en recibir una carta. Así que, please mister postman, dejemos de lado estas estúpidas formalidades y déme una carta, pero que sea para mi, sino no. ¿Qué hora es?”

El cartero resoplaba, se lo notaba algo cansado de recibir siempre estos comentarios de los receptores, miraba como exclamando ‘Qué exigentes que son algunos señores’. Pero al fin exclamó:

“¡Es verdad, tiene razón! ¡Tengo una carta para usted!”

“¿Para mí? ¡A ver, a ver! ¡Muéstreme, ahora mismo! ¡Qué emoción! ¿De quién será?”

“Es de parte de una maestra, se llama, se llama…”

 

Doce y media del mediodía (Sopapa)

El cartero extrae una carta de un bolso azul con doble cierre. Se pone unos lentes redondos y extiende el brazo en una dirección cercana a los 310 grados del cuadrante sur-oeste, teniendo en cuenta como eje de ordenada a su cuerpo verticalizado sobre el piso, para leer mejor, de lejos. Luego la examina de ambos lados al trasluz, levantando la carta por sobre el nivel de visión horizontal, y la huele.

Le pregunto, como asegurándome el remitente, “¿Qué perfume tiene?”

“Mmmm… déjeme ver, déjeme oler… Si la memoria olfativa no me falla, creo que se trata de un Ophelie de Pierre Cardin, cosecha 2006”

Perfecto, efectivamente, es el perfume que usa la maestra con la colita en el pelo, que fuera por mi interceptada a eso de las 8 de la mañana del día de hoy.

“Tome. Aquí tiene, es para usted.” “¿Cómo lo sabe?, A ver, asegúrelo, ¿Qué evidencia tiene para tal afirmación?” “Muy sencillo, esta carta me fue entregada hace un rato, por una mujer que lucía un guardapolvos blanco con puntillas en la falda, muy bonita, que me pidió que le entregara esta carta a alguien que seguramente estará esperando noticias suyas, o por lo menos ese era su deseo, un señor joven, alto, delgado, musculoso, simpático, inteligente, muy bien parecido y con mucho dinero.” “Justamente, por cierto que se trata de mi, déme la carta.” “Espere, ocurre que, antes de irse, me indicó que si no encontraba a nadie que reuniera esas condiciones (y tal es el caso, porque no sé si usted se ha percatado del hecho, pero salta a la vista que no reúne ninguno de los mencionados atributos, ni ahí) le entregara esta carta a uno que anda con una sopapa en la cabeza, y en toda la mañana, usted es la única persona en esa situación.” 

¡Pero claro! Hacía rato que tenía la sopapa chupada al hemisferio izquierdo, y no me había dado cuenta. ¿Cómo es que nadie me avisa estas cosas? ¿Dónde está la solidaridad del hombre común?

“Entonces, que usted y yo nos hayamos encontrado, y que usted me entregue esta carta, es pura casualidad, porque no es muy habitual que yo ande con una sopapa en el cerebro, salvo en muy contadas ocasiones.”

El cartero me miró extrañado, su apreciación global del cosmos no le permitía comprender tal banalidad por mi expresada.

“Pero por supuesto. En esta vida, en este mundo, en este universo, todo es casualidad. ¿Acaso cree que algo aquí es premeditado, que algo aquí responde a alguna ley escrita, acaso piensa que Dios no juega a lo dados, como dijera un sabio del siglo pasado, pero que estaba equivocado? Verá usted, Dios no sólo juega a los dados, sino que el azar es la principal constante física de los hechos de la naturaleza. Esta carta es una casualidad, la maestra es una casualidad, usted es casual, y yo soy un producto de la mera Providencia. La Providencia, esa diosa pagana que lo domina todo, que lo controla todo tirando los sucesos al viento para que caigan y ocurran en cualquier pliegue del espacio-tiempo. Lo único que no es casual en todo esto, es la sopapa. Un poco exagerada, pero no le queda tan mal.”

“Es que es una sopapa de muy buena calidad, aunque le recomiendo que en días de viento como este, es mejor usar peluca, ya que la sopapa se adhiere al cuero cabelludo y permanece retenida, presa de una fuerza ejercida por el vacío entre la goma y la piel, y está como presa. En cambio, la peluca, en temporada ventosa, seguramente volará en libertad hasta horizontes lejanos, o quedará enganchada de los cables de teléfono, según sea su suerte, según lo designe la Providencia, pero será su propio destino, ocurrido en libertad.”

“Gracias por el consejo, pero ya tengo mi peluca, mire.”

El cartero se sacó la gorra dejando ver un tupido manojo de pelos fuertes y rojizos, luego se quitó la peluca, ventilando una lisa, reluciente y perfecta pelada.

Agarré la carta, la peluca, le aplasté la sopapa en la pelada (en un gesto absolutamente irracional) y salí corriendo.

 

Una de la tarde (Escape)

Mientras corría y esquivaba a la gente indiferente con la carta de la maestra y la peluca del cartero en la mano, giré el cuello y parte del tórax para ver qué hacía el mencionado cartero, si me perseguía, si estaba furioso, rápido y furioso, o si me corría de cerca con la avidez del cazador que identificó a su presa, o si me acosaba con ira, dando zancadas entre los transeúntes, pasos violentos; o si, ya cerca, se disponía a atacarme largando por la boca una baba espesa que dejaba un rastro blanco en la vereda, lleno de furia, dispuesto a una venganza sangrienta. ¿Serían sus deseos matarme a sangre fría como retribución por la ofensa por mi perpetrada hacia él? O quizá quería secuestrarme para llevarme luego a un galpón abandonado y allí encadenarme a un tirante del techo y aplicarme distintas y sofisticadas torturas.

 

Y todo esto  porque le había arrebatado (no robado) su peluca roja, dejándole a cambio mi sopapa. Me enceguecí de miedo, corrí más, corrí, salté, doblé a la derecha para despistarlo, el miedo me hacía sentir como en esas pesadillas de las seis de la mañana, cuando uno corre y corre y está siempre en el mismo lugar. Corrí mas, doblé de nuevo a la derecha dejando un rastro olfativo de adrenalina sólo percibida por los perros; no estaba seguro, pero creía que el cartero me perseguía muy de cerca con una motosierra en plena aceleración, lo sabía porque me había parecido escuchar el ruido agudo del motor de la motosierra entre el bullicio de las personas que alocadamente entraban a los restaurantes a almorzar. Doblé a la derecha, seguro que por acá el cartero asesino no me seguiría. Ya había girado 360 grados desde el comienzo de mi huida y ahí nomás choqué de frente contra  el cartero, que estaba parado en el mismo lugar donde lo había abandonado, absorto y ensimismado, intentando distintas maneras de pegarse la sopapa a la pelada, de manera que el choque lo sacó de su estado de éxtasis, de trance diría (ocasionado sin dudas por el poder misterioso que una sopapa puede ejercer sobre algunas personas),  y en estas circunstancias, cuando el miedo todo lo abarca, cuando ya todo está perdido, cuando el peligro es inevitable y la muerte se enfrenta cara a cara con uno mismo, el ser humano a veces cobra una fuerza y un valor que brota de las entrañas mismas de su ser, saca agallas del páncreas, saca audacia de las profundidades del intestino grueso, o quizá delgado, y enfrenta con valentía lo que sea que venga, al igual que los guerreros bárbaros de la Germania enfrentaban a las legiones romanas invasoras.

Me puse de pie con la peluca en la mano y me planté frente al cartero, saqué pecho, metí panza, carraspeé, lo miré fijo y le dije “Discúlpeme señor cartero, yo no fui.” Pero el cartero pareció no haber oído nada de lo que le dije, no dejaba de mirar, casi con amor, a la sopapa negra con mango antideslizante. No era para menos, la sopapa era hermosa, cautivante. Imposible no solazarse en sus formas curvas y perfectas, en su boca siempre abierta, dispuesta al beso absoluto, como solamente lo puede dar una sopapa, produciendo ese vacío febril que deja a todo chupado: imposible despegarse del beso ardiente, voluptuoso, de una sopapa querendona.

No había dudas, el cartero se había enamorado. Porque es el amor lo único que puede cambiar el estado natural del hombre, lo único que puede lograr que un hombre no vaya al asado con los amigos, o a jugar un partido. Es el amor lo que transforma al más temerario en un manso corderito. El amor, por suerte, sigue siendo más fuerte. Miré al cartero por última vez, ya no tenía esa imagen temible que imaginé. Le puse la peluca en el bolsillo de la camisa, mientras se reía sacudiendo alocadamente la mandíbula móvil y no sacaba la vista de encima de la sopapa, le apoyé una mano en el hombro, le di una palmada para alentarlo, sonreí levemente y seguí mi camino.

En ese momento, un hombre de aspecto antiguo, lleno de arrugas, el rostro surcado por infinitas cicatrices del tiempo, me agarró del brazo, mientras miraba el reloj que envolvía a su otra muñeca, la que no me agarraba.

¡Ya somos casi como las una y media! ¡Cómo pasa el tiempo! Venga conmigo. No tema, ya comprobó que el monstruo más horrible al que nos podemos enfrentar está dentro nuestro, no afuera.

Una nube se interpuso de repente entre el sol y la tierra. La ciudad se oscureció por un instante.

 

Una y media de la tarde (Anciano)

En plena calle y a plena luz del día, un anciano me había tomado del brazo y sin soltarme, ejerciendo una presión aguda con los huesos salientes de sus dedos flacos, me arrastraba entre la gente, por la vereda. Yo sostenía con fuérzala carta de la maestra que aún no había tenido el tiempo ni la tranquilidad suficiente para leer. Era una sensación extraña, la sorpresa de la aparición abrupta del viejo y la incertidumbre de una carta sin abrir se mezclaban provocando algo así como una sensación de vacío.

“¿Usted quién es?”

“¡Vaya pregunta!” Exclamó el viejo, agitando la dentadura postiza que bailaba en su mandíbula inferior. Entonces lo pude observar. Tenía unas profundas ojeras rojas y agrisadas llegando a los ojos, bañados en lágrimas, los pómulos estaban hundidos, habían desaparecido en el tiempo, la boca e veía como un tajo hecho en sentido transversal sobre un corte de tortuguita, o de aguja, y estaba completamente arrugado. Pude contar dieciséis arrugas en la frente y otras innumerables en el cuello. Usaba una polera color verde ajustada al cuerpo y los zapatos eran blancos y estaban perfectamente lustrados.

“En este momento, soy Celedonio Rasmusi, pero no va a ser por mucho tiempo. Entremos aquí.”

Literalmente me empujó al interior de un café y nos sentamos a una mesita pequeña frente al ventanal. Se acercó un mozo, de moño y camisa blanca. “Buen día, algo ¿Desean para almorzar?”

“Sí” contestó el anciano “Una botella de vino de la casa y dos milanesas con fritas”

“Yo quiero una Coca” “Coca no hay, hay Pesi” “Entonces tráigame una Mirinda” “Mirinda no hay, hay Crus” “Entonces tráigame una Seven Up” “Seven Up no hay, hay Esprite”

“¡Basta!” gritó Celedonio algo exaltado, mientras atajaba con la mano, a 5 centímetros de la boca, a la dentadura postiza que había volado raudamente de su boca. “Me fiene fodrido fidiendo fefidas, no fay esto, no fay lo fotro, fero fortelá, for fafor” Enseguida se volvió a colocar la dentadura, de manera casi imperceptible para el mozo, pero no para mí, que lo observaba todo, todo, todo. “Tráigale un vaso de agua mineral y listo, qué se yo, traiga una Villavicencio” “Villavicencio no hay, hay Viña del Sú”

Sin embargo, la dentadura aún estaba floja, no estaba bien asegurada al maxilar y constantemente amenazaba con salir disparada y morder a cualquiera de los comensales, aunque estuvieran a varios metros de distancia de nosotros.

“Mire señor, don Celedonio, no se lo tome a mal, no se ponga nervioso, pero me tengo que ir enseguida. Tengo que encontrar a una maestra, y no sé por dónde, con lo cual, mi búsqueda va a ser larga, quizá imposible.”

“Está bien, está bien. Comprendo que usted se pregunte por qué casi lo obligo a sentarse aquí conmigo, comprendo que usted piense que esto no tiene ningún sentido, pero en ese caso, ¿hay algo que tenga sentido? Y no es por filosofar, lo mío no es el análisis ni la especulación, lo mío es la acción, lisa y llana. Usted ya lo ha comprobado en persona.”

“Bueno, pero, qué necesita de mi, si se puede saber.”

“Nada inusual, solamente preciso que le lleve este recado a la maestra, cuando la encuentre. Es una simple carta, nada más que eso, pero para mi es muy importante. Pasaba de casualidad por allí, justamente usted estaba hablando con el cartero, y no tuve ninguna duda: la maestra que usted busca es la misma que yo quisiera encontrar, pero no puedo abordarla yo mismo, no sería correcto. Eso es todo, tome la carta, guárdela y désela cuando la vea. Se lo voy a agradecer mucho.”

Guardé la carta junto a la otra. Estaba confundido, apenas habían pasado seis horas y media desde las siete, y a mi me parecía un siglo. ¿Quién será este anciano misterioso? En esas cavilaciones estaba, cuando apareció el mozo con el vino, las milanesas y el pan.

“Disculpe” le dije “¿Tiene Hepatalgina?” “Hepatalgina no hay, hay hierba de pollo.”

“No gracias.” Le contesté, y me fui.

Al salir, pude ver a través de la ventana cómo me saludaba el viejo con una sonrisa y un brazo en alto. La dentadura postiza brillaba en contraluz, como un león en la arena.

 

Dos de la tarde (Cesto de basura)

Al salir del restaurante, el sol de la tarde me adormeció un poco. Iba caminando semidormido, en una esquina apenas pude esquivar un poste de semáforo, pero al girar abruptamente choqué de frente, sin poder concluir el giro, contra un cesto de basura de unos 130 centímetros de altura. La colisión me hizo perder el equilibrio, mi centro gravedad subió lo suficiente como para que se me fuera para adelante el cuerpo, me inclinara doblando la cintura contra el ceso, se me levantaran las piernas en el aire y cayera de cabeza en el cesto. Por suerte estaba vacío. Había quedado incrustado cabeza abajo. Por entre el alambrado rígido se filtraban todos los indicios del movimiento ciudadano de las dos de la tarde; había buena luz allí adentro, y me encontraba bastante cómodo. La sangre se comenzaba a acumular en mi cerebro y entonces ya estaba pensando más rápido. Los hemisferios cerebrales estaban en ebullición, y a decir verdad, en esa posición me sentía feliz, se podía ver (o imaginar) al mundo tal cual es; si el mundo está patas para arriba, como muchos dicen, ahora lo estaba viendo al derecho, ahora estaba viendo la realidad: gente caminando al revés, el cielo en el suelo y las baldosas en las alturas.

Consideré éste un momento propicio para leer la carta de la maestra. Era el momento ideal, pleno de tranquilidad, pleno del aislamiento necesario que me brindaba ese humilde bote de basura color negro, de alambres que formaban cuadrados silenciosos,  amistosos, quienes me dejaban ver y oler hacia afuera, quienes no me privaban de la libertad cual una celda o un calabozo de comisaría, sino que se trataba de un aislamiento compartido con todo el mundo exterior, un aislamiento cósmico en el que me sentía con la suficiente libertad como para quedarme quieto, sin necesidad de andar circulando por entre los peatones indiferentes, me sentía, incrustado de cabeza en ese tacho de basura, uno con el universo. ¿Podría decir que estaba feliz? No lo sé. Es muy difícil explicar el sentimiento que produce la felicidad, es algo así como rayos intermitentes de luz que se van diluyendo poco a poco, de manera imperceptible, de una manera inasible. No se puede encapsular a la felicidad, viene y se va, se va y viene.

Moví el hombro izquierdo hacia arriba (teniendo en cuenta a lo que consideramos tácitamente como “arriba”, es decir, en el sentido opuesto a la fuerza de gravedad de la tierra, aunque en las circunstancias en que me encontraba, para mi se trataba de moverlo hacia abajo), metí la mano en el bolsillo de mi chaqueta (¿o era una campera? ¿o era un sobretodo?) y saqué la carta de la maestra, lo supe sin mirarlo, tenía un perfume muy particular. La rugosidad del papel se deslizó suavemente, dulcemente sobre mis dedos. Sin quitar la vista del horizonte que se develaba ante mi, más allá de los cuadrados de alambre, un horizonte profundo de baldosas planas, amarillas, como olas de un mar extraño pero apacible, y más allá el cordón montañoso, el cordón de la vereda como las bardas lejanas que se ven allá lejos, en la costa opuesta del golfo, y aún más allá un cielo de asfalto casi celeste, brillante, surcado por naves espaciales extraterrestres en forma de automóviles, sin quitar la vista de ese horizonte que solamente y podía ver, abrí el sobre, extraje la carta y me puse a leer:

“Estimado señor: le escribo estas líneas aunque no sé si llegará alguna vez a recibir esta esquela. Lo que quiero decirle es que me gustaría volver a verlo, quizá, en una ocasión más propicia, sin apuros de índole laboral, es decir, si usted así lo deseare, quisiera que me espere a la salida de…”

El texto era promisorio, pero no pude seguir leyendo. De repente, el cielo se oscureció. Me refiero a mi cielo relativo, a ese cielo antes mencionado, de asfalto y ruedas de motos, un cielo que ahora era atravesado por un escarabajo que caminaba con seis de sus ocho patas originales, había perdido dos en una vida seguramente vivida al extremo, y que se dirigía derecho al abismo del cordón de la vereda.

Pero no pude ver más, todo se había oscurecido de golpe, como una nube infinita, una nube en forma de gorra, una gorra gigante que todo lo abarcaba. Era la gorra de un policía que, llamada su atención por mi posición poco usual, se había agachado frente a mi y me miraba fijamente, por entre los alambres negros del tacho de basura.

 

Dos y media de la tarde (Policía)

Estaba todavía clavado de cabeza en el cesto rectangular de la basura, instalado casi en el vértice de una céntrica esquina, populosa, transitada, colmada de vida. Mi postura me permitía ver las cosas tal cual eran, hormigas, hormigas, hormigas.

Hormigas en pleno proceso acumulador, hormigas rojas.

Todo eso era de lo más natural, tenía en mis manos la promisoria carta de la maestra que me invitaba a vernos de nuevo, y la misteriosa carta de aquel anciano cuya dentadura postiza, en su traquetear incesante, aún retumbaba en mis oídos.

Pero la llegada abrupta del  policía, con su uniforme reluciente, venía a alterar toda esa armonía, como en una paradoja urbana, una metáfora de la paz y el orden, lo que para mí era armonía, era alterado justamente por un guardián del orden público y social.

“Buenas tardes. Documentos por favor” dijo el agente, de quien adiviné una infinitesimal sonrisa al verme en esa posición tan peculiar.

“Buenas tardes agente. Usted sabrá disculpar, pero me resulta imposible, sin dislocarme algún hombro, llegar al bolsillo trasero izquierdo de mi pantalón para acceder a la documentación por usted solicitada. Si es tan amable, ya que su función es preservar la felicidad en el resto de los ciudadanos, ¿podría introducir su mano en dicho bolsillo, y luego extraer mis documentos identificantes?”

“Vea, no creo que mis atribuciones lleguen a un punto tan extremo. Considero que para que yo, legalmente, pueda introducir mi mano en su bolsillo, sería necesaria algo así como una orden de allanamiento, de lo contrario, estaría metiendo mano directamente en la propiedad privada, y eso está mal. Por otra parte, es su obligación identificarse cuando un representante de la ley y el orden se lo solicita, caso contrario estaría incurriendo en un pequeño pero quizá, gran delito. ¿Y si usted fuera, digamos, un terrorista que está a punto de hacer estallar una bomba nuclear adentro de este tacho de basura y no me lo quiere decir? ¿Eh? ¿Qué hacemos entonces? ¿Salimos todos corriendo? ¿Nos escondemos en las cloacas hasta que pase la onda expansiva? ¿O mejor comenzamos por exigir la identificación suya? ¿Tiene o no tiene documentos?”

“Afirmativo. Es decir, en este momento, y para no hacerle perder más tiempo  usted, que seguramente estará más que ocupado en su derrotero de vencer malhechores, le puedo recitar de memoria mi DNI: 34AF0AC8.”

“Qué interesante. Nunca me habían recitado un DNI con letras. ¿Cómo lo hace? Lo felicito”

“Gracias.  Es que a mi DNI me lo acuerdo únicamente en hexadecimal.”

“¿Y su nombre también se lo sabe de memoria?”

“Of course. Eso es algo que siempre trato de memorizar antes de salir, por las dudas que me lo pregunten, como es este caso. Incluso le puedo decir mi nombre tanto al derecho como al revés, según como usted lo desee. Pero para no generar tanto misterio, le diré que me llamo Carlitos. Pero usted puede decirme señor Carlos nomás”

“Bien, correcto, reo que con esto e suficiente, puede continuar. Por favor, circule.”

“Es que estoy atorado.” “¿Quiere una Hepatalgina?” “No, no, ya le pedí hace un rato al mozo del restaurante aquél, la necesitaba, pero no tenía. Ahora no la necesito, pero usted me la ofrece. ¿Ve como es la cosa? ¡Está todo mal! ¡Está todo mal! ¿Se da cuenta? ¡Sáqueme de aquí!”

“Bueno, bueno, calmesé, no me altere el orden que lo voy a tener que llevar detenido, y la verdad es que no tengo ni ganas de detener nada quiero que todo siga y que no se detenga nunca. A ver, estire el pie derecho, doble el codo, suelte el aire, así, vamos, un esfuerzo más. ¡Puje, puje!”

El agente, muy amable, me estaba ayudando a salir del encierro metálico en el que me encontraba. Era como un nuevo nacimiento, un dar a luz en medio de la avenida de un mundo nuevo, de un mundo mejor. Mientras, estaba feliz, me di cuenta que en cuanto saliera de aquí las cosas iban a mejorar. El policía tiraba de mis piernas, yo empujaba con los hombros, y allí abajo, ajenas a todo, hormigas rojas, hormigas rojas, hormigas rojas.

 

Tres de la tarde (Ciberkiosco)

Al fin, con la ayuda del uniformado, pudo abstraerme del tacho de basura. Si bien las marcas del alambrado rígido iban a permanecer en mi rostro durante un tiempo, estaba libre. Y con las dos cartas sanas y salvas. La maestra quería verme ¿no era eso bello? Saludé al policía, que había cumplido con su deber, y me fui calle abajo, es decir, la calle era perfectamente horizontal, no tenía un “abajo” o un “arriba” definido, entonces me fui, con la libertad que me permitía la horizontalidad incuestionable de la calle con respecto al centro de gravedad de la Tierra, calle abajo y calle arriba, a cualquier parte. Quería encontrar a la maestra, que se llamaba María, y para ello nada mejor que ir para cualquier parte, como alguien dijo, la forma más sencilla de encontrar a alguien o a algo, es no buscando, sino dejando que el flujo de aconteceres de la vida nos lleve, aunque indirectamente, a dicho objetivo, pero sin dejar de buscar nunca. ¡Con razón! ¡Ahora entiendo!

La tarde se adentraba en sus mejores horas. La siesta se adueñaba de los corazones pero yo, insomne, iba por ahí, podría decirse que vagabundeando por la ciudad. Llevaba horas por la calle, de un lado a otro, pero esto no era una película, donde los protagonistas jamás van al baño, sea por una cuestión estética o por ahorrar al cinéfilo un hecho intrascendente para el guión en sí, o bien para mantener ese halo de ficción que envuelve a las películas y hacernos creer que, por ejemplo, Rambo, luego de meses en la selva, nunca necesitó un momento para satisfacer sus necesidades evacuatorias. Por eso nunca veremos a Brad Pitt sentarse en un inodoro. Decía que esto no era una película, sino un día como cualquiera en la vida de una persona cualquiera, es decir, que me asaltaron unas impostergables ganas excretoras.

De casualidad, acerté a pasar por un cíber, atestado de computadoras y bolsas metalizadas de papas fritas, y entré. Me atendió alguien que estaba detrás de un mostrador cobrando y cagando crédito virtual a los celulares. Me acordé de mi celular, ¿lo tenía? Sí, aunque en toda esta vorágine de un día como cualquiera me había olvidado de mirarlo en todo este tiempo. Apreté el botón de desbloqueo: 23 mensajes sin leer y 16 llamadas perdidas. Pensé rápido, en el baño tendría tiempo de leerlos y así ganar unos preciosos segundos, porque ya se estaban haciendo las cuatro.

“¿Puedo pasar al baño, por favor?” “Sí, son dos pesos” “¿Porqué?” “Por usar el tiempo. Este es un negocio de tiempo, se cobra todo por tiempo, el tiempo es dinero, y usted va a utilizar tiempo de inodoro.” “Correcto, entonces, acá tiene, sirvasé, faltaba más” “Espere, el baño está para allá. La luz está a la derecha, el inodoro a la izquierda.”

Entré, me senté. Se escuchaba, en medio de ese silencio húmedo propio de toda instalación sanitaria pública, un murmullo extraño de máquinas fantásticas siendo manipuladas por adolescentes jugando frenéticamente al Counter Strike. “Increíble” pensé, “en medio de todo este alarde informático, siempre existirá alguien capaz de resistir y de retornar a las viejas costumbres no digitalizadas ni informatizadas, como yo en este preciso instante.

Mientras, saqué el celular y me dispuse a revisar los mensajes:

“Hoy duplicás! Con $30 tenés $60. Preparate para disfrutar el finde largo”

“Vos podés ganar una consola de videojuegos xdia! Cómo? Hacé click…”

“Holis, a q hra t pdo llamr? Chauchis!”

Me puse a llorar. No pude evitarlo, estaba emocionado. Estaba todo allí, lleno de faltas de ortografía pero estaba todo allí, lleno de palabras nuevas, un lenguaje nuevo se estaba gestando, cuando aún nosotros, los intelectuales, nos seguimos lamentando por la pérdida del latín, alguien me decía holis y chauchis. Estábamos creando un nuevo idioma y por consiguiente un mundo nuevo, y así decidí que iba a decirle a la maestra cuando estuviera frente a ella, un holis eterno, un holis para siempre, que ningún chauchis pudiera quebrantar, ni siquiera aunque la señal fuere baja, ni siquiera aunque se terminare el crédito o se agotare la batería, todo sería feliz, estaríamos por siempre conectados en un holis infinito.

Salí del baño, salí del ciber, salí de la cuadra, salí más y más, hasta estar bien afuera.

 

Tres y media de la tarde (Anciana)

¡Qué tarde que se está haciendo! ¡Con todo lo que tengo para hacer!

La calle está llena de mensajes. Las paredes están todas escritas, algunas con buena letra. Pero no todo está en las paredes, hay mensajes en todos lados, el aire por ejemplo, sopla el viento surcado por mensajes de texto, por mails, por chats. Estamos en un mundo infestado de mensajes, esto se ha convertido en una matracalada de señales, la mayoría ilegibles. No puedo entender todo, no puedo captar todo. Suena la radio, llena de canciones que ahora no puedo escuchar. Pero las paredes… tienen mensajes marginales. Llego a la plaza, me siento en un banco. Saco del bolsillo del sobretodo un sánguche de jamón, bondiola, queso de chancho, queso de máquina, lechuga, tomate, mayonesa y salchicha parrillera que tenía guardado desde esta mañana, temprano. Pero no tengo hambre, necesito descansar. Voy desgranando lentamente el sánguche y se lo tiro a las palomas. Comen, corren, se disputan las migas, se agolpan cerca de mí, son cientos. Vienen de todos lados, son una multitud que de repente se concreta de la nada, como los seres humanos. Abro la carta del anciano, por fin. Leo.

“Estimado señor: debo abusar de su fina y delicada atención, a pesar de que usted me desconoce, o eso es lo que usted cree, pero ya sabrá quién soy. Quiero que sepa esto, y que lo tenga muy presente. El tiempo pasa muy rápido, pasa a una velocidad casi indescifrable, transcurre con indiferencia y sin preocuparle nada de lo que elimina. El tiempo elimina absolutamente todo, a corto, mediano o largo plazo, pero todo será eliminado por el tiempo que, a su vez, hará nacer nuevas entidades. El tiempo es la vida y al mismo tiempo la muerte. El tiempo es el odio y es el amor, es la religión y el ateísmo. El tiempo desconoce el pasado y el futuro, no retorna nunca ni tampoco deja entrever lo que vendrá. Todo lo demás, acerca de lo que va a pasar, son conjeturas nuestras. Un día solo puede ser toda una vida. Incluso usted, que cuenta el tiempo sesgadamente, cada media hora, cree que esa es la medida, es decir, media hora. Puede ser, cualquier medición del tiempo es válida y es inválida a la vez. Deberá saber, por ejemplo, que yo puedo ser usted, o que usted puede ser yo, depende del momento, depende del tiempo. Usted sabe aprovechar los mínimos momentos que el tiempo le da, por lo tanto, deberá encontrarse en breve con esa mujer volátil de guardapolvos blanco, esa muchacha de ojos melancólicos, de una simpleza que de tan extrema se convierte en un tesoro que es propiedad sólo de los grandes sabios. Porque como el tiempo todo lo borra y todo lo escribe, únicamente los sabios pueden comprender que la simpleza es la mayor de las sabidurías. Esa maestra, esa mujer, es todo lo que existe. Es un caso particular, que al tiempo le va a costar eliminar. Recuerde, yo puedo ser usted, usted puede ser yo. Ella por ejemplo, puede ser esa señora, allí enfrente, que está barriendo las hojas de la vereda. Buenas tardes.”

Levanté la vista. Ciertamente, cruzando la calle, frente a mi, una señora de unos 80 años, con una cofia en el pelo, barría las últimas hojas secas de otoño. Mientras, cantaba una canción desconocida, una tonada menor y muy suave, como una brisa leve en una mañana calma en alta mar. No se ve la orilla, no se ve la tierra, sólo agua, cielo, y esa melodía.

“La arboleda me murmulla coplas

Que vinieron de algún lugar lejano

Son palabras de un idioma eterno

Que no se enteran del futuro y del pasado

En el futuro una muchacha etérea

De pelo lacio y en un lazo atado

En el pasado una anciana frágil

Que el tiempo con su larga mano ha tocado”

 

La observé desde mi banco de plaza, su figura borrosa alternaba, iba y venía entre los vuelos de las palomas que, asustadas por un perro, remontaban y volvían a pedirme más migas del sándwich. Pan, bondiola, queso, todo comían. La anciana se veía hermosa, su pelo blanco contrastaba con la pared gris escrita con aerosol negro. Su vestido floreado flotaba en el aire, igual que el guardapolvo de la maestra.

La anciana me enviaba un mensaje con su canción, el viejo otro con su carta, las palomas otro con su vuelo intermitente.

El mundo está lleno de mensajes.

 

Cuatro de la tarde (Pelado)

Me puse de pie. Al erguirme y abandonar el banco de la plaza, las palomas revolotearon sutilmente, apenas por una fracción de segundo, lo que tardó la bandada en adaptarse a la nueva situación del hombre de pie frente a ella, y volver a hurgar en el piso en busca de comida.

Las palomas actúan como una sola, se transmiten los mismos movimientos unas a otras telepáticamente.

Caminé, crucé la calle. Llegué a una esquina múltiple, donde confluían seis calles. Desde los balcones colgaban ropas secándose al sol y personas apoyadas a las barandas, mirando los movimientos callejeros. En uno de los balcones una mujer mayor y muy entrada en carnes tejía sentada en una reposera, y a su lado un hombre completamente calvo me miraba fijo, parecía no querer perderse ni mi más mínimo e insignificante movimiento.

Enseguida me percaté de aquello, por lo que me dispuse a realizar ademanes exagerados con mis manos y pies, como si estuviera bailando una frenética danza de los siete velos con ritmo afrocubano. A estos movimientos le agregaba unos pasos de electro-dance que había visto en el programa de Tinelli, y algunos saltos de hip hop realizados con una destreza tal que los automóviles parados en la esquina comenzaron a tirarme monedas, y no querían irse a pesar de que el verde esperanza del semáforo les regalaba, una vez más, la libertad de partir hacia cualquier otro lado distinto de este.

La lluvia de monedas se hizo incesante, la maravilla de observar caer sobre mi aquel metal resplandeciente se tornó tediosa, molesta, incluso, aún, dos o tres billetes de 100 dólares que me arrojaron desde un Fiat 147 amarillo me resultó algo molesto, tuve que agacharme a juntarlos y así abandonar el giro de cabeza que en ese momento estaba practicando.

El pelado, allá arriba, con su testa reluciente al sol de la tarde, continuaba mirándome, como mira un emperador al gladiador que se está batiendo en la arena, con ese aire de superioridad y divinidad inalcanzable; el pelado, apoyado en aquella baranda oxidada y despintada, acariciando un asqueroso perro chico de pelo muy largo y ladrido agudo que no paraba de emitir desde mi llegada a la esquina, se sentía inmortal, y con la atribución auto-asignada de sentirse con la suficiente autoridad como para juzgar mis acciones.

Pero yo, desde allá abajo, inconscientemente me sentía inferior, me sentía sojuzgado por la mirada inerte del hombre lampiño, que parecía tener la aprobación de la tejedora, y que giraba la cabeza para allá y para acá en un gesto de desaprobación sobre mis actos. ¿Acaso no le gustaba mi baile? ¿Acaso la multitud de conductores que me aclamaban a cada uno de mis pasos estaba tan equivocada? ¿Acaso tú, pelado indiferente, eras el dueño único de la verdad? Y como si esto no fuera ya suficiente, el estúpido perro ladraba, gruñía y sacaba sus dientes por entre el enrejado en una actitud deliberadamente amenazante, como si yo fuera un enemigo potencial de él, ni más ni menos que de él, un insignificante y debilucho perro peludo y espantoso, a quien el pelado parecía contener con su mano sobre su cabeza, como si tal fuera su poder de decidir si el perro podía o no hacerme daño, pero en este caso, en un gesto magnánimo hacia mi, decidía evitar el ataque del  perro para beneficiarme. ¿Acaso debía, además, agradecerle?

Desde ya, y ante semejante actitud displicente de los balconeros, en particular del pelado, me dispuse a hacer mi pirueta mejor; un triple salto hacia atrás, cayendo con las manos en el suelo y, sin apoyar el torso, girar 360 grados hacia la izquierda, 360 hacia la derecha, deslizar la cabeza en el suelo y dar 6 giros sobre mi propio centro de gravedad para luego soltar las manos y quedar en un equilibrio incierto pero estrictamente académico.

Quizá lo hubiera logrado, a no ser que en mi tercer giro de cabeza, y mientras cruzaba los brazos al estilo cosaco, una voz muy cercana me interrumpió.

Era una joven, rubia, con pelo en bucles, una gorra gris, una nariz de payaso y tres antorchas encendidas en las manos.

“Esta es mi esquina”, me dijo lacónicamente.

 

Cuatro y media de la tarde (Malabarista)

 “Esta es mi esquina” repitió la rubia mientras me enderezaba con una lentitud exagerada, desafiante. El semidios pelado del balcón se reía a carcajadas, mientras bebía grandes tragos de una lata de cerveza plateada, que brillaba, junto a la calva cabeza y al vértice sumamente agudo de su barriga al viento, apenas sujetada por el botón de un vaquero gastado y mugriento, botón que amenazaba con reventar de una explosión abdominal y salir disparado cual proyectil misilístico hacia los edificios vecinos. Se reía de tal modo que, sin parar de beber la cerveza, en cada estertor de las grotescas risotadas se le iba derramando el líquido de la boca, y su espumosa presencia regaba generosamente a la cobertura de piel lampiña y roja de la extensa grasa abdominal, e iba a caer sobre el lomo pegajoso, peludo y mugroso de aquel asqueroso perro, tan feo como su dueño, que no dejaba de gruñirme, mostrando unos dientes casi marrones, atacados por antiguas caries.

 

“Las esquinas no tienen dueño, no son de nadie y son de todos, como el Estado” le contesté a la rubia con aire de intelectual, de filósofo, que no encajaba para nada con mi imagen intrascendente, ya que ni siquiera tengo barba candado como tienen que tener los auténticos intelectuales. La rubia se apoyó con furia sobre sus alpargatas negras sin medias. Pude apreciar sus tobillos gráciles, livianos, flexibles, tan femeninos que… no sé. “No te hagás el poeta, bien que te llenaste la gorra de plata haciendo esas monigotadas, esos bailes irreverentes, y yo que me mato haciendo malabares con antorchas encendidas todo el día, ¿acaso no tengo derecho siquiera a reclamar esta oscura esquina para procurarme alimentos con mis habilidades? ¿O me va a pedir también la autorización de la AFIP, de la DGI, Ingresos brutos, constancia de cuit o cuil, clave fiscal y otros?

 

“Mire señorita, yo no sé qué me está diciendo, no sé de qué me habla, pero la esquina se la regalo, sobre todo desde que está el pelado ese mirando desde el balcón todo lo que hago, junto a su asqueroso perro chihuahua. ¿O no se dio cuenta que el pelado la mira con lascivia? ¿O no sabe usted que detrás de esa inocente nariz de payaso usted despierta los deseos más perversos de ese pelado degenerado  y sudoroso que la está mirando desde allá arriba?” Señalé al balcón, pero ni el pelado ni el perro estaban allí, sólo quedaba la anciana obesa tejiendo algo que parecía ser un rob de chambre en punto cisne.

 

“Por favor señorita, no llore, yo, yo, yo, yo…” En eso, algo extraño sucedió. Se escuchó un estruendo en la puerta del edificio, como un trueno que anuncia una tormenta electrónica. Era el pelado que había bajado, con el torso desnudo aún pegajoso de la cerveza tirada, llevando a ese piojoso perro que seguía con su manía de gruñir. Su pelaje negro estaba húmedo de cerveza y emanaba ese olor característico a perro sucio y húmedo, mezclado con el aroma del mosto recién digerido. Lo miré fijo al pelado, ya me tenía cansado, ya era suficiente de tanta agresión psicológica, y me tenía repodrido con su gesto de ser superado, de estar más allá del bien y del mal, si ni siquiera tenía barba candado como los psicólogos, apenas una barba rala, mal afeitada y hedionda, como el perro.

 

“Usted qué mira” le dije, no a modo de pregunta sino a modo de respuesta, es decir, cuando me di cuenta que hablaba con acento en “qué”, lo cual corresponde a una pregunta, de inmediato cambié a “usted que mira”, sin acento en ”que”, y continué: “Usted que mira todo lo que pasa en esta esquina, y que, al igual que el escarabajo pelotero, se regocija y se revuelca en el excremento ajeno en lugar de amalgamarse con el propio, ¿no vio pasar a una maestra muy bonita, con el pelo atado y un guardapolvos blanco inmaculado?”

 

El pelado señaló con el índice de la derecha hacia la otra esquina. Al estirarlo y retirar la mano del perro, le había arrancado un mechón de pelo, que gracias a la cerveza y el sudor se había pegado al dedo y flameaba a modo de bandera.

 

“Allá va” fue todo lo que dijo el calvo, y fue más que suficiente.

 

En la otra esquina, vi un fugaz destello blanco y una aureola flameante de pelo castaño pasar, atravesar la ochava y esfumarse tras los muros. Y aquel perfume… Mi corazón duplicó los latidos.

 

“Gracias pelado” le dije, dándole un beso en, justamente, la pelada, dejándome un sabor agridulce. “Qué lindo perrito, qué simpático” agregué, como un cumplido, es decir, algo tenía que decir, y lo único que se me ocurrió fue elogiar a ese perro asqueroso, oloroso, piojoso y mugriento.

 

“Tome señorita, no llore más por favor, le regalo la gorra con todo lo que está adentro. Cómprese un paquete de criollitas  una lata de paté, o lo que quiera. Adiós.”

 

Y salí corriendo para allá, tras la maestra.

 

 

Cinco de la tarde (niños)

Llegué a la otra esquina, corriendo, exacerbado, exaltado, la maestra estaba cerca, miré alrededor, estaba lleno de gente con guardapolvos blancos, eran las cinco de la tarde, la hora exacta de salida de la escuela Nro.23421, entidad señera de la educación del lugar, una escuela primaria donde se enseñaban varias materias muy importantes para la vida adulta de los niños y jóvenes que asistían: Introducción a la honestidad, Ciencias de la paz y del amor, Gestión de amistad y compromiso, Estudios sobre el enamoramiento y el insomnio, Educación sobre la Alegría, la Tristeza, la Risa y el Llanto, Trabajos prácticos de solidaridad, Trabajos Prácticos en Decir la Verdad, Introducción a la melancolía y Humildad 1 y 2. También daban Plástica, Música y Matemática. La escuela formaba a auténticos profesionales en el maravilloso arte de ser buenas personas. Claro que, luego de finalizar los estudios, los egresados debían continuar con la capacitación a lo largo de toda su vida, ya que debían actualizarse continuamente para no perder el tren del conocimiento. Recuerdo haber asistido en mi juventud a una escuela similar, era buen alumno aunque era muy proclive a llevarme todas las materias, incluso las que no me tocaba cursar, además de llevarme recreo, hora libre, kiosco, buffet, y patio. Lo que pasa es que en esa época estaba muy ocupado, tenía muchas novias y eso me obligaba a quitarle mucho tiempo al estudio para dedicarlo a la atención de mis novias, de la mejor manera posible, así como todas ellas se lo merecían.

Sin embargo, algo me quedó de aquellas materias antiguas y opacas, dictadas por profesoras y profesores de rostro difuso; algo me quedó y pensaba ponerlo en práctica ahora mismo, en cuanto encontrara a aquella maestra de la colita en el pelo.

La tarde, soleada y fresca, se adecuaba perfectamente a mis propósitos. Y el perfume de la maestra se respiraba en el ambiente, estaba cerca. Y todavía no había leído su carta.

De repente, una nube de niñas y niños vestidos de blanco me rodeó en medio de aquella esquina. Corrían en ronda, entre gritos y risas. Imposible circular en esa marasma escolar, apenas atiné a treparme al poste de la luz de mercurio para luego, desde el punto donde el poste dobla 100 grados hacia la calle, alcanzar los cables de teléfono, deslizarme por ellos hasta dejar atrás a la ronda de niños y luego volver a saltar a tierra firme. Sin embargo, al llegar al punto de inflexión del palo de luz, me detuve a ver el horizonte, o a ver qué habría más allá del horizonte, y entonces pude verla: era la maestra, que caminaba con paso firme pero dubitativo al mismo tiempo, estaba a más de una cuadra de distancia y se alejaba aún más. “¡María! ¡María!” le grité con todas las fuerzas de que disponían mis pulmones, y mi voz retumbó por sobre los gritos de los escolares, que de súbito se callaron al unísono. Cientos de mujeres, probablemente todas Marías, se dieron vuelta (las que estaban de espaldas) para mirarme o simplemente levantaron la vista (las que estaban de frente). Pero la única que tenía que mirarme siguió caminando, impávida, inalterable, inexorable, inescrutable.

“¡Pero qué pasa acá!” grité, “¿Acaso es tan raro ver a un tipo colgado del poste de luz y gritando? ¿Acaso no hay cosas, que por su cotidianeidad nos resultan habituales pero son tan o más raras que esto? ¿No les parece raro, por ejemplo, levantarse cuando aún tenemos sueño, o acostarse cuando aún tenemos insomnio?”

La gente se fue dispersando, los niños ya no estaban,  y todo quedó ordenado, como la bandada de palomas que se asustan por el paso de una bicicleta y enseguida vuelve a la normalidad.

Entonces me bajé, me abroché el saco y seguí corriendo para el lado de la maestra.

 

Cinco y media de la tarde (Fletero)

Durante aquella irracional carrera hacia el ala norte de la ciudad en pos de encontrarla (a ella) me tropecé con diversas especies de objetos animados e inanimados, algunos que no se animaban y otros que se animaban a cualquier cosa.

Un lavarropas en desuso, por ejemplo, que había sido dejado a la vera del asfalto y que se oxidaba allí, solo, abandonado. Me tropecé con él y me quedé mirándolo: ese era el destino de todos. El lavarropas permanecía allí inmóvil, inerte, pero con la fuerza avasallante y siniestra que le daba su simbolización del tiempo irrevocable, él, así como estaba, destartalado, representaba la conclusión de toda existencia, animada o no, representaba la conclusión más visible (que nadie quiere ver), el final inevitable de todo ser vivo u objeto en uso. Incluso, era la encarnación del final de un mundo, del sol, aún de la galaxia toda.

Me acerqué a él: las manchas de óxido le daban un aire intelectual, algo así como las arrugas de un anciano sabio, la correa suelta y enclenque era como el brazo huesudo y calloso del sabio, un brazo flaco, sin fuerza, que apenas sostenía un bastón hecho de palo, de una rama ni siquiera recta, con añosos nudos en la madera. El lavarropas esperaba en silencio, inmutable, como esperan la muerte los valientes, a que viniera el taxi-flet a llevárselo a su última morada. Y el taxi-flet llegó en ese mismísimo instante en que yo elaboraba estos profundos pensamientos. Se detuvo cerca, dio marcha atrás y realizó una maniobra convencional de estacionamiento. El taxi-fletero me miró esperando mi aprobación y mi indicación de si estaba acertando al lugar para estacionar. Le dije, aún sin conocerlo, pero conociendo los códigos de la calle: “Dale para acá, un poco más para allá. Guarda, guarda, guarda con el árbol. Más a la derecha, doblá, doblá, cuidado, despacio que lo rayás”. El motor calló, el taxi-fletero bajó. Hubiera sido un hombre enjuto, si enjuto fuera una adjetivo calificativo que significara ancho, obeso, pero ágil. Pero como enjuto no significa eso, entonces no pudo serlo. Tenía una camisa de un color indeterminado, ora gris, ora parda, ora violácea. Los rayos del sol y el ángulo de inclinación de la espalda respecto a éstos, modificaban tanto su textura como su teñido. Sin embargo, a pesar de la luz impresionista de esta hora de la tarde, se mantenían inamovibles los dos lamparones de transpiración bajo las axilas, que se extendía casi hasta la sisa y hasta los codos. La camisa le quedaba corta, dejando entrever en cada vaivén de sus piernas, unos  rollos de carne que rodeaban a su abdomen y se bamboleaban a cada paso como flanes que no tuvieron la cocción suficiente. Eran dos flanes con crema.

¿Me ayuda a cargar esto? Me espetó, esperando que yo, un transeúnte cualquiera con sus propias preocupaciones, interviniera en su tarea, favoreciéndolo a él, que cobraba por ello, a cambio de nada. ¡Qué atrevimiento! Pensé en silencio.

“Estoy un poco apurado. ¿Adónde se lo lleva?” “Al basural, esto no sirve más” Claro, seguro que no sirve más, claro que sí. Si habrá padecido este lavarropas miles de lavados, maltratos, golpes, y todo para que al final de la existencia venga alguien, un cualquiera, un don nadie, y determine que no sirve más y hay que desecharlo. No señor, este lavarropas merece todo lo contrario, debería ser puesto en un pedestal y ser venerado, debería quedar como ejemplo de lucha, de tesón y de trabajo para las generaciones venideras, debería ser, por sí solo, por su sola y muda presencia, esa alarma que nos recuerde a cada momento que ese será nuestro futuro, para así, sabiendo que todo terminará con un lacónico “Esto ya no sirve más”, expresado por un desconocido.

“Espere, no lo tire, llévelo a mi casa, que yo lo voy a restaurar. Aquí tiene anotada mi dirección y le dejo 50 mangos por el viaje. Tome”

“¿Restaurar? Jájarajájara,jajajjjjjjjjjjjj, juajuajuajua, jorojojó, jorojojó. Bueno. ¿Me ayuda a cargarlo?”

“No puedo, estoy apurado. Y por favor, trate bien a este venerable artículo, no le apoye las axilas, si es tan amable. Gracias.”

Y me fui.

 

Seis de la tarde (Bar)

De acuerdo a la ciencia de las estadísticas, sin tener en cuenta la teoría del cisne negro (cosa muy poco demostrable), dado que en la ciudad existen alrededor de cinco mil quinientas esquinas, la probabilidad de que en la siguiente pudiera yo encontrar a la maestra de la colita en el pelo era menor a 0,00001; sin embargo, en el caso de que allí estuviera o estuviese, podría yo creer o afirmar, con toda seguridad, que aquello no era obra de las matemáticas sino del destino, de la loca y sabia Providencia que en ocasiones hace una extraña magia con la gente.

Pero en la siguiente esquina no estaba. Caminé, ya sin rumbo, mirando los carteles luminosos que todavía no se encendían. El diariero seguía acomodando una nueva camada de revistas, uno pasaba indiferente, hablando por el celular, uno miraba al semáforo que seguía en rojo, una llevaba a un niño de la mano.

De este lado de la vereda se encontraba el café “¡Ay Caramba!”, un lugar muy pintoresco, con decoraciones en madera y paredes de ladrillo rústicas. El mozo se llamaba Francisco.

Miré hacia el interior del local, acaso por esa curiosidad inútil que tiene todos los que pasan por un bar y automáticamente miran para adentro. Pero, pero, pero, pero… ¡Allí estaba la maestra!

 La vi allí, detrás del vidrio empañado, hermosa, bella, con esa sencillez propia de las novias del barrio y a la vez con el aura señorial de una princesa. Allí, cabizbaja, revolviendo el café con una ínfima cuchara y con sus carpetas sobre la mesa, imponía ternura y respeto al mismo tiempo.

Parecía como si esperara a alguien, o esperase.

Entonces recordé que aún tenía en el bolsillo del gamulán aquella carta que me habían entregado horas atrás de parte de ella (que sin saber su nombre seguro que se llamaba como yo esperaba) y que no había leído. Luego, por razones de caballerosidad para con ella, antes de que me viera me escondí tras un Fiat 600 estacionado a unos metros con 4 elefantes adentro, y me dispuse a leer la carta. La abrí, tenía aquel  perfume, aquel perfume. Entre lágrimas y temblores de caños de escape de colectivos furiosos, leí: “Lo espero en el Café ¡Ay Caramba! a las 18.15 hs del día de hoy”. Luego de analizar el texto pensé: ¿Y cuál es el día de hoy? ¡Todos los días son hoy o, al menos, siempre vivimos en el día de hoy! Incluso los ayeres alguna vez fueron hoyes y los mañanas lo serán algún día. ¡Siempre es hoy!  Al menos, tengo la certeza de que las 18.15 hs sucede una sola vez en un hoy y faltan 2 minutos, y el café ¡Ay Caramba! es uno solo, es aquel que está allá. Pero la maestra… ¿Será la de hoy? ¿Y si vengo mañana (que a la sazón será hoy) y resulta que la maestra es otra?

Me asomé por sobre los elefantes del fitito y la miré detenidamente: era muy bella, seguro que era ella, y era la maestra de hoy. Y tenía un perfume que…

El elefante blanco (que era el que manejaba) emitió un sonido triunfal de trompa. Guardé la carta y caminé hasta la puerta. Entré y me retuvo por un instante el mozo que justo pasaba con una bandeja con un aperitivo, dos vasos y dos rodajas de limón.”Buenas tardes señor, mi nombre es Francisco, tome asiento por favor que ya lo atiendo.”

Casi no lo escuché, la maestra ocupaba todos mis pensamientos y desorientaba todos mis sentidos. Caminé hacia ella sin mirar nada más, tropecé con una silla, caí sobre una mesa, rodé girando de forma helicoidal hasta saltar sobre el mostrador que estaba lleno de sifones, traté de equilibrarme sobre el mismo y luego salté hacia su mesa con una doble mortal invertida. Caí parado.

En medio de una poética lluvia de sifones y medialunas la miré a los ojos y le dije.

“Buenas tardes, menos mal que la estuve esperando, sino me hubiera sido muy difícil encontrarla”.

Afuera, comenzaba a caer un suave llovizna otoñal (y eso que a esta altura del día ya estábamos en pleno verano), en el aire sonaba una vieja tonada irlandesa, y desde la vereda de enfrente pude ver  a aquella hermosa anciana que barría la vereda, que me miraba con aprobación.

La maestra me miró, y con una sonrisa tenue, pálida, eterna y omnipotente me contestó:

“Siéntese por favor, yo también lo estaba esperando.”

 

Seis y media de la tarde (Sueño)

Me senté frente a la maestra. Su cintura grácil giraba en pequeños ángulos agudos en relación con la coordenada “y” del centro de su figura. El mozo había traído dos copas con alguna bebida color verde muy claro, casi amarillo, un líquido de una suave  tonalidad pastel que desde su interior emanaba pequeñas burbujas que subían hasta la superficie y se esfumaban en el aire. Afuera, el sol de la tarde de verano irradiaba rayos a diestra  siniestra, calentando todo, pero al mismo tiempo generando sombras diáfanas y frescas bajo los techos plegables de los negocios, donde la gente se agolpaba a recibir la frescura de aquellas sombras. Pero todo lo provocaba el sol: el calor agobiante sobre el asfalto reblandecido y el refugio de la sombra contra las vidrieras.

 

Miré a la maestra, ella estaba con la vista baja, como investigando los destellos de luz en los lados soleados de la cuchara plateada. Parecía estar absorta en algo, aunque la palabra “absorta” es horrible, tan fea que no aparece ni una sola vez en toda la obra poética de Latinoamérica, al menos. Por consiguiente, era una palabra muy poco indicada para describir la belleza pura de aquella mujer levemente inclinada sobre la mesa del bar, de aquel instante donde su pelo parecía casi quieto, tendiendo un velo castaño sobre el escenario de fondo, salpicado de los colores de las botellas acomodadas en los escaparates, de los sifones, de las maderas del mobiliario y de las figuras móviles que serpenteaban tras su pelo. Y en un primer plano ella, nítida y ondulante. Por lo tanto, no podía estar absorta, de ninguna manera. Mejor dicho, estaba allí, con su querida presencia.

 

“Le quería decir, hermosa dama, que desde el primer momento en que la vi, que si no recuerdo mal fue este mismo día eso de las ocho de la mañana, me he encontrado con una innumerable cantidad de personas y personajes que no voy a describir ahora, ni siquiera a enumerarlos, he disfrutado y padecido tantas situaciones, algunas felices, otras inverosímiles, y todas esas cosas vividas hoy hacen, en su conjunto, a algo así como toda una vida. Es decir, el día de hoy se pareció a una vida completa, o al menos un año, basta con decirle que esta mañana era pleno invierno, y ahora, cuando la tarde parece caer, o mejor dicho subir, acaba de estallar el verano. Con esto le quiero decir que, si bien nuestro encuentro casual duró apenas unos minutos, es como si la conociera de toda la vida, con el agregado de la tendencia que tenemos aquellos sensibles de exacerbar todo lo que no hemos vivido o conocido, pero sí deseado, al punto de convertir al objeto del deseo en una obsesión imposible de eludir, aún cuando nos encontremos haciendo equilibrio sobre un ignoto hilo mientras debajo nuestro se encuentran decenas de cocodrilos hambrientos. Quiero decir, que ahora que la observo de cerca, en este bar, mientras escucho el tintinear de las copas y lo pocillos que se chocan con las cucharas, es un sonido brillante que contrasta con el golpe opaco de los vasos al ser posados sobre las mesas de madera, toda aquella idealización que mi mente tejió en torno a usted ha sido prácticamente nada. Reconozco que mi imaginación es muy corta: la he imaginado a usted como si fuera un planeta extraño devenido en paraíso, donde unos gamos retozan cerca de un lago azul oscuro habitado por peces de colores vivos, peces tropicales a rayas verdes y naranjas. Los gamos se pierden tras una arboleda azul de hongos gigantes y plantas exóticas color rosa viejo, iluminadas por dos soles, uno verde y el otro violeta, que emiten rayos curvos y producen sombras oblongas. La tierra es muy fértil, tanto que a cada paso del caminante, del solo contacto del pie con el humus, van naciendo pequeños sapitos amarillos que eructan fragancias de sándalo y hacen remolinos con el aire. Más allá, un manantial de agua clarísima, una cascada vierte el agua sobre unas piedras que parecen rubíes gigantes y amatistas que van girando en un círculo plano, alternando la recepción del agua. Y los pájaros, volando con sus tres alas entre los tallos de los hongos, son alcanzados durante breves instantes por los rayos curvos, ahora del sol verde, ahora del violeta. Pero todo eso se convierte en nada cuando la tengo enfrente, usted, en la vida real, es mucho más bella que todo aquello. Por eso, si usted me lo permite, quisiera invitarla a estar aquí, salir del bar, caminar por la ciudad, y compartir los próximos treinta o cuarenta años con esta persona que soy yo, ahora, o con las otras personas que seré yo en el futuro, que no puedo precisar con exactitud, pero seguro que todas esas personas, seguramente muy distintas en varios aspectos, la seguirán queriendo como el primer día.”

 

“Bueno, sí, no, no sé. Salgamos y veamos qué onda.”

 

Siete de la tarde (Cobrador 2)

Salimos. Caminamos. Ella y yo. Mientras atravesábamos en sentido longitudinal unas  veredas locas, extendí los dedos de mi mano derecha y la tomé de su mano, en una actitud bastante infantil pero no menos romántica. Entonces me di cuenta que tomar de la mano a otra persona rejuvenece mucho más que cualquier tratamiento médico, incluso los capilares. Y mucho más joven se pone uno si agita hacia arriba y hacia abajo, y en semicírculos, la mano de la/el otro con la propia. Esto es una estupidez, pero rejuvenecedora.

Por la misma vereda venía, sin proponérselo, pero a nuestro encuentro al fin y al cabo, el cobrador del comedor infantil, con quien me había encontrado hoy mismo, a las siete de la mañana, en el epicentro de un invierno para nada cocido, cuando la noche se mantenía firme allá en nuestro hemisferio.  Y nos veníamos a encontrar de nuevo ahora, cuando el crepúsculo se cernía sobre todo lo racional y lo irracional.

Con una sonrisa no menos efusiva que giocondesca me saludó. “¡Buenas tardes! ¡Pero qué bien acompañado se lo ve ahora! ¡Cómo progresamos! Pensar que esta mañana apenas tenía a su lado un perro adormecido y ahora mire, mírese usted, mírense ambos”

Nos miramos, la maestra y yo. Era cierto, ese día había cambiado todo. Incluso el perro, que en ese preciso instante estaba allí, en la puerta de mi casa, había cambiado. Ahora no dormía, pero se lo veía hambriento. Justo estábamos en la puerta de mi casa, no sé porqué, si de manera premeditada, o por un vaivén inesperado del destino, había llevado de la mano a la maestra, en un recorrido laberíntico por las veredas de la ciudad, exactamente hasta la puerta de mi casa. El perro me miraba con respeto, pero al mismo tiempo, con la exigencia de que le procurara alimentos.

Saqué las llaves y acerté en la cerradura en el primer intento. Abrí.

“Por favor, pasen, pasen”. Entramos, la maestra, el cobrador, el perro y yo.

El ambiente estaba algo tenso, con la tensión de lo desconocido, y parecía que todos los presentes esperaban algo de mi, incluso yo mismo esperaba algo de mi mismo. Al fin pude soltar la mano de la maestra, que se dejaba soltar con suavidad.

El perro ladró. El cobrador habló: “Una vez más, como esta mañana, se me hace imprescindible cobrarle. Y para eso necesito la clave de su cerebro. Usted está pensando siempre, y es preciso que yo sepa en qué. Mire que puedo desvanecerlo con sólo apoyar mi mano en su frente. Ahora su cuerpo es… dulce de leche. Listo. Usted no lo sabe, pero si yo tuviera los lentes para leer cerebros, podría ver lo que sale de sus orejas, las palabras invisibles que delatarían por completo sus pensamientos. Podría meterle un dedo en la oreja y esperar. Pero antes, necesito un vaso de jugo. ¿Me da jugo?”

“No lo tome a mal, pero la verdad es que necesito tener una charla a solas con la señorita maestra. Se acerca la noche, el fin se acerca ya y, muy lejos de poder ver mi vida entera, quisiera decirle a esta muchacha aquí presente que es tan linda, que estoy enamorado de ella. Sí, sí, sí, sí”

“Jajajarajuajujuju”” dijo el cobrador “pero amigo mío, dichoso de usted, aunque el enamoramiento es un estado de ánimo que pone muy estúpida a la gente, pero bienvenido sea. En tal estado de estupidez, la gente hace cosas inverosímiles que jamás haría en estado normal. Incluso algunos llegan hasta a casarse, mire lo que le digo. Y todo eso en nombre del amor, nada más. Igual, lo felicito. Juajuajuajuarajajuajua, no se me ocurre otra cosa que decir en este momento de dicha que nos envuelve. Ahora, digo yo, para saber nada más ¿Ella qué dice?”

Se hizo un silencio absoluto en la sala. El perro, otrora risueño y molesto, esbozó apenas un gemido y luego su rostro fue velado por una seriedad austera. Los ojos del perro apuntaron directo a la maestra, los míos, los míos, costaba controlarlos, y se me iban para un lado y para otro, girando 360 grados por dentro del globo ocular, las pupilas se contraían y se dilataban, en un sencillo reflejo fotomotor.

Entonces la maestra habló:

 

Siete y media de la tarde (Matrimonio)

Lo que dijo la maestra fue más o menos así:

“Quizá las decisiones más importantes que un ser humano debe tomar en su vida, sean las que menos se deberían meditar.  En este caso, decir sí o decir no a su propuesta de una vida en común, puede acarrear consecuencias impredecibles y difíciles de evitar, ya sea si digo sí o si digo no. Todo se mueve continuamente, y los pensamientos se mueven mucho más que cualquier otra cosa. Entonces, cualquiera sea la opción que elija, es casi seguro que de ella se desprenderán reacciones imposibles de predecir. Solamente los fósiles son predecibles, y las piedras. Por eso, para responder sólo debo mirar a mi alrededor, mirar y ver, mirar viendo, que no es lo mismo que mirar y nada más. Debo seguir lo que indica el viento, no la razón ni el corazón. En definitiva, usted y yo no somos más que un conjunto de partículas orgánicas sabiamente ordenadas y que se atraen mutuamente. Es por ese orden que el conjunto de partículas, digamos “A”, se ve atraído por el conjunto “B”, con lo cual tranquilamente podrían atraerse de manera tal de llegar a formarse una intersección más o menos grande. Cuanto más grande fuera esa intersección, más firme sería dicha relación. Pero cuidado, no deberíamos nunca confundir la intersección entre A y B con la unión de A y B. Es decir, me voy a explicar un poco mejor. Se dice que el matrimonio es la unión de dos conjuntos orgánicos hasta ese momento independientes. Pero justamente es esa “unión” la que provoca luego, inevitablemente, la separación, la ruptura. Ahora bien, unir dos conjuntos significa compartir y tener en común a todos los elementos de cada uno de los conjuntos, lo cual, con el tiempo, se torna dramáticamente insoportable, ya que ni A ni B podrían tomar decisiones independientes sin afectar al otro. Esto es imposible de tolerar para cualquier conjunto de partículas cuyo ordenamiento defina a una persona. En la unión, A deja de ser A y B deja de ser B para convertirse en el conjunto AB, o sea, se genera un ordenamiento antinatural. Por eso, que el matrimonio sea tomado como unión, es un gravísimo error. En realidad, el matrimonio debería ser la intersección de A con B. El cura no debería unir en matrimonio, debería intersectar. Tanto A como B, de esta manera, compartirían dicha intersección, pero conservarían a sus elementos no intersectados como propios, y esta es la esencia misma de la felicidad conyugal: cada conjunto comparte elementos con el otro pero al mismo tiempo cada conjunto conserva elementos como propios, es decir, A nunca deja de ser A y B nunca deja de ser B.

Qué gran error de percepción se comete cuando el funcionario del registro civil le recita a los novios, sin pensar en lo que dice: “Nos encontramos hoy aquí reunidos para unir en matrimonio a A con B”. Ya mismo insto a modificar este texto y cambiar “unir” por “intersectar”. Porque de la intersección entre conjuntos surgen las grandes cosas de la vida.

Por lo tanto, lo que tengo que hacer ahora es mirar a mi alrededor, ver estas paredes amigas, y responderle con rapidez, con soltura, incluso con candidez.”

“Lo que usted me responda estará bien, lo que sea, siempre y cuando se mantenga dentro de los principios de la teoría de conjuntos.”

Entonces la maestra dijo:

“Mi respuesta es que estoy dispuesta a intersectarme con usted, pero no a unirme. El conjunto A, que vendría a ser yo, seguirá siendo el conjunto A, y espero que el conjunto B lo siga siendo, porque esa es la llave de la felicidad de la pareja”

¡A la perinola! Parece que este día, al fin y al cabo, va a terminar bien.

 

Ocho de la tarde (Celedonio)

En eso, apareció en escena, como de la nada, aquel anciano inundado de arrugas que me había encontrado al mediodía. Tocó el timbre (Ringggg)

¿Quién es? ¡Soy yo! Gritó el anciano, revoleando con alevosía la dentadura postiza de la mandíbula inferior.

“¡Pero si es don Celedonio! ¿Y qué anda haciendo por acá?”

“Yo vine porque… ¡Necesitaba hablarles!” Esto último casi lo gritó, y se expresó de una manera tan impetuosa que la dentadura postiza voló de su boca y fue a caer en la parte cóncava de un aspa del ventilador de techo, que en ese momento estaba funcionando a velocidad mínima. Don Celedonio continuó hablando, pero al mismo tiempo intentaba, a los saltitos, recuperar la dentadura que giraba y giraba sin cesar.

Era un hombre muy expresivo, muy apasionado por sus convicciones, y de una conducta que no medía consecuencias a la hora de defender la verdad.

“Fire mijito, lo fengo figuiendo desde la funa de la farde, y feo que está feliz con la feñorita.” Una vez más, saltó con torpeza sin alcanzar a la dentadura, que seguía girando. “¡Fero qué fentafura de fierda! ¡Fe me fale a cada fato!” Se acomodó, el saco, y continuó. “A festa alfura de fi fida, fólo fuedo dejarles frases, feflexiones, fensamientos, forque fotra fosa no me fale” Seguía saltando sin alcanzar los postizos “¡La futa fadre que los farió! ¡No alfanzo la fentafura!”.

Apenas terminó de decir estas palabras, apagué el ventilador, lo cual desde ya era un riesgo ya que se hacía muy difícil ponerlo en marcha, casi siempre había que darle un golpe con un palo de escoba para hacerlo arrancar. Acerqué una silla, me subí y logré alcanzar la dentadura de Celedonio, que reía a carcajadas de la alegría. Tomé la dentadura, la limpié con un trapo rejilla y se la alcancé. Don Celedonio la agarró con las manos, temblando, y la introdujo en las profundidades de su rugosa boca.

Pero ahora, con la dentadura en su lugar, sus facciones se veían distintas, quizá más juveniles, más relucientes, menos antiguas. Pero era sólo una ilusión óptica, Don Celedonio, tras esa aparente decrepitud, era el tiempo, la experiencia, la sabiduría. Ahora caminaba, se acercó a la maestra, la observó con atención, como buscando algo en su mente, y balbuceó “Qué linda que sos, mucho más de como yo hubiera podido recordarte”. Ahora, con todos los dientes, pronunciaba cada palabra, cada sílaba, con una exactitud propia de un héroe de la oratoria. La maestra, sin embargo, lo miró por un instante, se acercó a mi y me tomó el brazo, apoyando su rostro contra mis bíceps, sin dejar de mirarlo. Ella, vista desde mi perspectiva, era una especie de sueño, de ensoñación que se podía palpar, acaricié su pelo, llegué a tocar al pasar su cuello y sus orejas.

El perro apenas emitió un gemido sordo. El cobrador ya se había ido, dejando la mitad del jugo en el vaso. Todo estaba en orden, la casa, el día, perfectamente ordenado hora tras hora, las emociones, los sentimientos, en el aire revoloteaba la felicidad. Era el destino.

Entonces, Don Celedonio continuó:

“Pero, como les dije, a esta edad y cuando ya se acerca la noche inevitablemente, sólo puedo dejarles frases, pensamientos, reflexiones. Pero ahora no se me ocurre ninguna, a ver, sí, sí, puede ser ésta: “Hay siempre algo de locura en el amor, pero siempre hay algo de razón en la locura” *

Dicho esto, se acercó a la puerta, la abrió, allí afuera lo esperaba aquella anciana hermosa que barría la vereda enfrente de la plaza. La tomó del brazo y se esfumaron en la incipiente oscuridad de la calle.

-Friedrich Nietzsche

 

Ocho y media de la tarde (Cena)

Las plantas se ven viejas. Se acerca la noche, algo parecido al fin, o al comienzo de un nuevo fin. Ya se fueron todos, o casi todos, podemos descontar al cobrador, que ya tiene un pie en la vereda, y sigue anotando cobros en una libreta de tapa negra, ajada y desgastada por el viento y birómenes secas.

Así, mientras oscurece lentamente, quedamos el perro, la maestra y yo.

“Si usted lo considera conveniente y propicio, y dado el momento del día en que nos encontramos, la invito a cenar. Eso, sin duda, queda a su entera decisión, porque desconozco cuál es su proyecto de cena. Sin embargo, es mi deseo que se quede aquí, estamos llegando al final del día, la noche anuncia que pronto comenzará todo de nuevo, pero esta nueva vida de mañana la quisiera comenzar junto a usted, porque usted representa e idealiza todo, usted es toda la realidad y todo el sueño, y yo la quiero locamente. Por eso, sería un placer compartir con usted una pizza cuatro quesos, provolone inclusive, con jamón crudo, rúcula y albahaca. Y mire cómo son las cosas, que mientras le digo esto, como verá, ya estoy amasando la harina, a la que luego le agregaré levadura a 28 grados de temperatura”.

La maestra se sentó, miró hacia abajo, en un gesto de timidez pero al mismo tiempo una formidable fortaleza de espíritu. Trazó varios círculos invisibles sobre la mesa con el dedo índice. El perro se había echado cerca del horno, sabía que algo le iba a tocar.

“Sólo puedo decir una sílaba: sí”

“Entonces, ya mismo comienza esta nueva historia de amor, a pesar de todo.”

Amasé, amasé, amasé. Los contornos de la cocina, sus muebles, sus enseres, la heladera, el microondas, la tv 42 pulgadas y la Play Station 2 se difuminaban detrás de aquel gran manto blanco que, como una neblina espesa de una mañana de primavera en la ruta camino a Entre Ríos, tapaba todo. Busqué a la maestra a tientas, mientras revoleaba con una sola mano el bollo de masa para lograr un círculo de espesor constante.

Allí estaba ella, apoyada contra el samovar del siglo diecisiete, quizá reflexionando lo que había dicho, quizá tratando de vislumbrar un futuro que, a pesar que por el momento se presentaba feliz y con escasas o nulas complicaciones, no por ello dejaba de contener en sí mismo, y por su propia definición e idiosincrasia, una incertidumbre tan poco visible como la que irradiaba el manto de harina suspendido en el aire. Los muebles en esta situación eran inciertos, a pesar de la solidez de sus componentes: así, mucho más incierto es el futuro de los sentimientos, tan volátiles y cambiantes.

Por eso, al verla y presentir aquel aluvión de pensamientos negativos en su cabeza decorada con ese hermoso pelo lacio, castaño, atado con una colita, puse la masa en el horno (estimé que ya se encontraba a la temperatura ideal para cocinar pizza: debe estar bien caliente), disparé manotazos al aire para despejar al menos un poco la niebla de Blancaflor cuatro ceros que, volátil y etérea como los sentimientos, iba y venía sembrando de bruma a todas las realidades tangibles; me acerqué por detrás a la maestra, puse una mano en su hombro, ella giró ciento ochenta grados, me miró, quizá con amor, quizá con angustia, y la besé.

“Mire el horizonte: ya es de noche y la pizza no tarda. Dejemos esto así como está, dejemos que el queso se derrita e inunde toda la masa y vayamos para allá, la noche se cierne, nos está esperando con su canción lejana, con su lamento eterno, con su ausencia de luz. Dicen que la oscuridad es la ausencia de luz, pero no es así. La oscuridad es mucho más bella, porque siempre, en su angustiante profundidad, algo brilla.”

 

Nueve de la noche (Videoclub)

Ahora sí: oscureció. Estoy cansado, es un cansancio lento, pesado, ancestral. Pero llevo a la maestra tomada de la mano, por la calle. Es un suburbio, un barrio silencioso de una ciudad silenciosa que se desparramada junto a un mar oscuro.

“¿Alquilamos una película y la vemos en casa?”

“Pero por supuesto, me encantaría revivir esa sensación de familia sentada por la noche junto a los leños de una gran estufa. A mi me gustan las de Nicholas Cage, ¿y a usted?” “¡Oh, por cierto! Nicholas Cage es un gran actor, pero me inclino más por aquellas cintas de Olinda Bozán, Tito Luciardo y Pedrito Quartucci. Pero por favor, usted es mi invitada, aunque por poco tiempo, por lo tanto permitamé que solicite al video-alquilador algunos films de Nicholas Cage. Entremos al videoclub, pase por favor, después de usted.”

“Mire, aquí está la góndola de Nicholas Cage. Veamos… Asesinato en Detroit, El vengador de Massachusets, Muerte en Chicago, Tiburón, Delfín y Mojarrita, con Nicholas Cage, Robert de Niro y Jack Nicholson… ¡Me encanta! ¿La alquilamos?”

“Sí, si a usted le parece” “Junto a usted, estimada maestra, a su lado, sintiendo su perfume, percibiendo su aura, cualquier ficción no deja de ser verosímil, porque la magia eres tú.”

Nos acercamos al mostrador. Allí estaba el alquilador de videos, recostado sobre su brazo izquierdo y escribiendo números en una carpeta. ¿Habremos hecho bien en alquilar una película que todavía no hemos visto? ¿No hubiera sido mejor rentar una movie que ya la hayamos visto, que sabemos que es buena de antemano, o que sabemos que es mala pero así y todo, siendo mala, igual cubriría nuestras expectativas porque,  sabiendas de que es no buena, no esperaríamos algo no malo, y estaríamos conformes con la poca bondad de la historia relatada en imágenes? Es decir, ¿Qué es mejor? ¿Saber lo que va a suceder o no saberlo? ¿Será mejor caminar un sendero seguro, aunque malo, o intentar la novedad de lo desconocido, con la promesa de un premio final? Dicen que el mundo es de los audaces, por lo tanto, ¿Conviene arriesgarse? ¿O será mejor una actitud más conservadora, sin emociones, insulsa, y volver a alquilar por enésima vez Duro de matar? Pero… ¿Era un buen film Duro de matar? ¿Sólo por una actitud puramente egocéntrica referida a mi gusto puedo asegurar que era buena? Y si así lo fuera, ¿Por qué nunca ganó un Oscar? ¿Por qué ni siquiera nunca fue nominada? … Demasiadas cosas para analizar, para revisar, para replantearse, y demasiado tarde para hacerlo. Allí estaba yo, con la maestra de la mano, y con el número de la película elegida en la otra, y frente a frente con el alquilador, que en ese momento ya levantaba la vista y estiraba la mano para recibir el número seleccionado. Me miró y dijo:

“¿Está seguro que quiere alquilar este producto? Le digo porque no quisiera ir a la parte trasera del local, buscar la película, traerla y que después usted no la quiera.”

“Quédese tranquilo, estoy absolutamente seguro de todos y cada uno de mis actos. Jamás me permito dudar ni por un instante de mi más ínfimo movimiento. Vaya nomás.“

La maestra, mientras tanto, se aferraba a mi brazo con fuerza y delicadeza. Se la veía con una tranquilidad y placidez infinitas, con una sensación de seguridad total a mi lado.

Salimos del local. Teníamos todo, pero todo, todo, todo para ser felices: el amor nuevo, la incertidumbre del mañana, la paz del hoy, la alegría del comienzo, una película sin ver y una pizza cuatro quesos con jamón crudo y rúcula.

 

Nueve y media de la noche (Vecinos)

Todo  sigue así, todo sigue girando y expandiéndose. El universo, la ciudad, el mate en la mesada. Anocheció y pareciera que la oscuridad, intrínsecamente misteriosa, despertara nuevas sensaciones, nuevas luces, nuevos despertares donde los animales nocturnos fluyen, las mujeres nocturnas, las luciérnagas, los caminantes errantes, las cucarachas, los solitarios, los caracoles y las babosas. El asfalto de la calle brilla bajo las luces, y no se ven, como de día, a contraluz, los miles de cables de electricidad y teléfono que atraviesan el cielo negro, porque el cielo negro refracta todos los colores.

Qué bien que vendría, ahora mismo, una tormenta, una tormenta de agua, una tormenta boreal, y que cayeran cosas del cielo.

“A mí me parece que esta podría ser una noche factible” me dijo la maestra, mientras caminábamos hacia nuestro lugar de origen.

“Factible significa que se puede hacer, que se puede lograr, que invita a la ejecución, que permite la ilusión, la esperanza, de que todo va a estar bien.”

Pasamos por el frente de una casa iluminada con la ventana abierta. Se veía todo el interior de la morada, al menos esa parte. No me interesa husmear, ni espiar, ni escudriñar, menos que menos mirar la vida de los demás. Por eso que no vi a aquel gran sillón rojo con faldones a los costados que estaba colocado en el centro de la habitación, con un florero lleno de crisantemos (cada uno con más de 300 pétalos) sobre una mesita de metal y vidrio, pequeña. Dos personas estaban despatarradas, una sobre el sillón grande y otra en otro más pequeño, del mismo estilo que el grande pero con los faldones recogidos. Un ventilador de techo giraba y se expandía, haciendo un ruido agudo muy molesto. Frente a ellos, un televisor LCD de 42 pulgadas emanaba rayos lumínicos que simulaban con absoluta precisión la evolución de un partido de fútbol, que por las camisetas clara se trataba de un enfrentamiento entre Godoy Cruz de Mendoza y All Boys. El centrojás del Tomba se la pasó al carrilero, éste se la devolvió, éste se la pasó a otro, éste a otro, éste a otro, éste a otro, éste a otro. La pelota giraba y se expandía, por supuesto, como todas las cosas de este universo, como giran y se expanden las ideas, los pensamientos, los quehaceres domésticos.

¿Era aquello la representación de la felicidad?

¿Es la repetición, como decir éste a otro muchas veces, el camino hacia el conocimiento del todo?

¿Son la felicidad y el conocimiento los pilares para alcanzar lo factible?

Como decían los monjes tibetanos, allá por el siglo 18, el misterio del universo se oculta en un simple pétalo de rosa. Entonces, porqué no buscar la felicidad en una repetitiva secuencia de pases de balón entre jugadores de fútbol haciéndolos en una zona intrascendente para el juego, como lo puede ser el medio campo cuando la defensa contraria está bien distribuida.

Miré a la maestra, la abracé y la besé.

Está bien, ya sé que en este momento pienso que tengo una gran cantidad de dinero en una cuenta bancaria, que me permite observar al futuro con la tranquilidad que nos brinda un buen respaldo económico. Porque si en la repetición está el secreto del conocimiento, entonces contar uno a uno los billetes apilados en una gran pila, todos iguales, con la misma cara de prócer y los mismos filetes decorativos, es adquirir al mismo.

Pero el banco no me permite contarlos, sólo me deja saber el total, y eso no es aprendizaje, eso es solamente información, y con toda la información que nos asedia y nos ataca todo el tiempo, nos llenamos de datos imposibles de procesar, lo cual es peor que la ignorancia lisa y llana, ya que al ignorar todo uno puede nutrirse de algo novedoso y favorable, pero al estar lleno de conocimientos intrascendentes, no queda lugar para el conocimiento genuino, entonces lo factible deja de serlo, lo novedoso no penetra porque su lugar está ocupado por el saldo de la cuenta, y todo se evapora.

Por eso, decidí quedarme abrazando a la maestra frente a aquella ventana, mirando como los jugadores de Godoy Cruz se iban pasando la pelota, ahora el 2 se la pasaba al 6, el 6 al 5, el 5 al 6, el 6 al 5, el 5 al 6, el 6 al 5, el 5 al 6. Ahora se la sacaron.

Y no miré más, seguimos caminando, no me gusta mirar el interior de las casas ajenas.

 

Diez de la noche (Fantasma)

Alejábamonos de aquella casa austera pero cálida, tal como se imaginaba desde el exterior, cuando de pronto, casi con un ímpetu impropio de estas horas de la noche, en momentos en que quizá sea mejor sentarse y recuperar energías para enfrentar la nueva vida de mañana, apareció frente a nosotros, de manera subrepticia, como un fantasma, aparecióse una mujer de cabellos amarillos, ropa blanca con cintas azules, esbelta, alta, y un áurea que la rodeaba con una tenue luz que esclarecía su alrededor con levedad.

 Su presencia no era intrascendente, tuvimos que detenernos, la maestra y yo, en medio de la acera porque, si bien ella no nos había dirigido la palabra, su sola presencia imponía detenerse.

Ella también se detuvo frente a nosotros, nos miró, mejor dicho, nos observó con la misma bohonomía y angustia con la que una madre observa alejarse a su hijo.

Era una señal, un punto rojo en el gris constante de las diez de la noche. “Ustedes sabrán lo que hacen. Nadie va a aconsejarlos, ni nadie debería siquiera tratar de hacerlo. Así como no tiene sentido darle un consejo al inexperto, menos aún lo tiene darlo al que ya lo sabe. No deja de ser una mera pérdida de tiempo, nada más que un protocolo para dejar sentada la diferencia intelectual entre el que supuestamente sabe y el que no, entre el aconsejador y el aconsejado. Por eso, simplemente, no les voy a decir nada de nada de lo que ustedes quizá esperan que les diga. Vayan a dormir, que ya es tarde y mañana será otro día.”

Aquella última frase me recordó a mi abuela, que casi siempre la decía por las noches, con lentitud, arrastrando cada letra entre los labios. También me increpaba para que lleve el pullover cada vez que salía por la noche.

La presencia de aquella aura con forma de mujer también había llamado la atención a algunos vecinos que, encendiendo la luz de adelante, salían a la puerta a curiosear. Su luz era como la de un tubo fluorescente, firme pero no hiriente. Salió uno con una silla y se sentó en la vereda con el respaldo hacia adelante. Salió otro, en camiseta, detrás de él un perro que no dejaba de ladrarle a aquella luz en la oscuridad, una vieja salió, tenía puesto un camisón amarillo, y unas sandalias tan viejas que apenas separaban al pie del piso con su desgastada suela de goma. Detrás de ella, un montón de niños (pude contar cinco) como un racimo de uvas que se desgrana, salía a borbotones por la puerta de la casa.

Era tan fuerte la presencia del aura, que varios minutos después de haberse desvanecido, todavía en el aire quedaba su presencia, imborrable como el olor del sahumerio.

“Usted sabe que todo lo cotidiano, a la larga, deja de serlo” Me hablaba con parábolas, como Dios, pero estas eran parábolas con algún punto de corrimiento. ¿Qué me querría decir? ¿Y era tan necesario que yo lo comprendiera? Pensé mientras la escuchaba, creo que en estos casos lo mejor es entender a medias, que la claridad del pensamiento sea como esta aureola lumínica en medio de la oscuridad, una vela débil que, si bien nos guía entre lo opaco, no nos deja ver el todo, solamente el paso breve que viene, pero no el total del camino. Un paso adelante, y la luz de la vela ilumina, una vez más, el paso siguiente. Pero nada más. Nosotros debemos estar preocupados por que la vela no se apague, debemos caminar despacio para que el viento no se arremoline junto al pabilo, y debemos mirar y comprender el paso siguiente, nada más. El resto, otros días, otros nombres, será cosa de otras velas.

“El camino hacia algún lado puede llevarnos a una puerta abierta, pero nadie lo puede asegurar de antemano. El camino hacia ningún lado nos abre todas las puertas.”

El azar no existe, todo es predecible, sólo hay que comprender el fenómeno.

Los vecinos ya casi nos rodeaban, sentí un poco de miedo, eran todos como muertos vivientes que brotaban de la oscuridad, y yo no tenía nada para defenderme, sólo el DVD de Nicholas Cage. Una vez más, salimos corriendo.

 

Diez y media de la noche (Caminata)

Si bien no tengo la suficiente información para afirmar esto con rotundez, ni tampoco cuento con los conocimientos necesarios, considero que a esta hora de la noche, y por todo lo que resta de la misma, los gatos callejeros son aventureros y los perros son vagabundos. Los gatos se lanzan por los tejados a esquivar peligros inesperados ante la llamada de la naturaleza, de la naturaleza de ellos. Recorren techos, saltan paredes, trepan árboles en pos de aquella gata en celo. Los perros, por el contrario, a estas horas prefieren el calor y la seguridad de la casa del amo, o la cucha, al menos; los perros que andan por la calle, es porque son desposeídos, son nada más una mancha oscura que atraviesa a la carrera la bocacalle, no son nadie, no son de nadie, nadie los va a reclamar y muchos los van a atacar. Están solos, y no es una soledad amable, es un estado de infinita soledad, donde lo único que se puede esperar es encontrar unos huesos de pollos fríos y grasientos en alguna bolsa de basura. Por la noche, los perros carecen de la elegancia de los gatos, que por su condición de felinos se muestran más refinados.

Ahora bien, ¿será mejor ser aventurero que vagabundo, o viceversa? Porque la aventura suele ser interesante, pero el riesgo es voluntario, es decir, el aventurero decide hasta dónde desea correr ese riesgo. Y sabe que, intrínsecamente, una vez superada la prueba que se autoimpone, ya con el placer de haberse demostrado a sí mismo (o peor aún, a los demás) su valentía u osadía o bien sus habilidades para superar aquellos escollos que él mismo colocó en su propio camino, ya con las glándulas sobrecargadas de adrenalina, puede volver a su casa, a la calidez de un caldero de leñas que lo espera junto a una alfombra de piel de tigre de bengala. En resumen, el aventurero no es más que una persona aburrida, no conforme con su, en general, tranquilidad socioeconómica, y que entonces se lanza a experimentar nuevas sensaciones, muchas veces a costa del dolor de otros.

En cambio, el vagabundo lo es porque no tiene más remedio, no tiene elección. Tiene que sobrevivir y entonces está obligado a deambular por ahí, a trenzarse en una pelea, muchas veces a muerte, por algo que para otros no es nada, pero que en su entorno es todo. Un pájaro muerto, una gaviota muerta es sustraída de una playa oscura y fría. Está en estado putrefacto, pero para el vagabundo no hay alternativas: se debe pelear por ella. El vagabundo no induce la aventura, no la reclama ni la invoca. El vagabundo es la aventura misma, una vida sin presagios ni esperanzas, sin la posibilidad de que al final de la carrera, lo espere un hogar encendido.

Algo muy parecido sucede con los seres humanos, aquellos que se aventuran por las calles húmedas del rocío nocturno, rodeando vidrieras de negocios cerrados, podrían ser clasificados en aventureros o vagabundos.

“¿Y nosotros qué somos, Señorita Maestra?”

“¿Perdón? No lo escuché, disculpe.”

“Decía que… bueno, la verdad que no decía nada, solamente pensaba en algo pero ahora ya lo olvidé.”

“Tenga cuidado, los pensamientos no deben ser olvidados. Incluso los erróneos. Principalmente los erróneos.” Eso no lo dijo la maestra, que se aplastaba contra mi hombro, mientras yo la abrazaba a punto tal que un observador no hubiera podido distinguir si el sobretodo lo tenía puesto ella o yo. De todos modos, era un sobretodo gris de confección clásica, y en la tenue luz de neón que apenas iluminaba, vacilante, una pequeña porción de la calle, todo era gris. Todo menos la maestra, que como en una película de los años 40 a la que se le dio color con posterioridad a su creación, brillaba el rojo de sus labios en contraste con todo lo otro, gris.

Me di vuelta, la voz sonaba a mis espaldas.

“Pensar es un don que alguien, o algo, nos dio caprichosamente. Desperdiciar ese don y regalárselo al olvido no es lo que ese alguien espera de nosotros.”

“Disculpe, ¿Usted quién es?”

 

Once de la noche (Sereno)

Estábamos cerca de mi casa, pero en estos casos, cuando por las noches una voz desconocida se manifiesta en la oscuridad, todo queda lejos.

“¿Usted quién es?” Volví a preguntar al hablador que estaba detrás de mí, mientras las llaves de casa, que tenía en las manos, se caían al piso con un sonido agudo, sórdido, estentóreo, que retumbó en toda la cuadra, y obligó a un gato que estaba arriba de un árbol a saltar y correr hasta perderse en las tinieblas. Me incliné a juntar las llaves, noté unas baldosas flojas en la vereda añosa.

“Podría decirle que soy una voz en la nada, que soy una aparición que da consejos, que soy su alter ego, qué se yo, podría decirle cualquier cosa metafísica que seguro en su mente cobraría trascendencia dado este escenario, la noche, la bruma, la humedad, la llovizna y el frío. Pero no, en realidad soy el sereno de la estación de servicio de la avenida de la otra cuadra, la Petrobras, y me encamino a tomar mi turno.”

“Por un momento pensé que su aparición carecía de toda magia, pero ahora creo que es algo sobrenatural.”

“Es cierto, comprendo su asombro. Nadie le habla a uno a sus espaldas, de noche y por la calle, sin intenciones que no sean las de obtener un provecho de usted. En este caso, es algo sobrenatural, incluso el hecho de que usted viva acá y yo trabaje allá, y tanto usted como yo lo desconozcamos. Eso es lo que logran los pensamientos desechados, los olvidados: desconocer al prójimo, desconocerse a sí mismo, y creer que la realidad es lo que sucede en la vida cotidiana. Mi nombre es Pedro, todos me dicen Don Pedro, será porque ya superé los 60 años, y a esta edad uno adquiere ese título honorífico.”

“Pero usted es sereno.”

“Exacto, soy un vagabundo que encontró un lugar tibio y, como tal, desdeñó la aventura para entregarse a la seguridad de la televisión encendida toda la noche en el buffet de la estación de servicio, a la compañía de los surtidores quietos, al aroma de la nafta derramada en el piso, a la placidez de un sillón improvisado con bidones vacíos rellenos con estopa. Nada mejor que aquello, mientras miro una película vieja y por la ventana veo un paisaje acogedor: la avenida estática, que cada tanto es surcada por un automóvil. Y a veces, de repente, irrumpe el ruido de un camión monstruoso que viene a cargar gas-oil, y entonces se ilumina el predio con luces rojas y amarillas. No me siento solo, pero igual, al verlos, creí necesario hablarles. Estamos aquí, en medio de un desierto.”

“Yo todo el tiempo trato de no olvidar nada, sin embargo, hay pensamientos que es mejor olvidarlos antes que se conviertan en pesadillas. Pero no es este el momento, ahora mis pensamientos confluyen todo en el cauce de esta mujer que me acompaña, no puedo evitarlo, estoy enamorado.”

“Vaya, vaya, vaya. Entonces, a su pregunta inicial, debo comunicarle que ustedes no son ni aventureros ni vagabundos. Están aquí y ahora de casualidad, pero su lugar es otro. Ustedes son como un camión cuando se aleja en la ruta: visto desde afuera, parece que entrara en un mundo de incertidumbre y oscuridad, en una ruta vacía, desierta, peligrosa y resbaladiza. Pero no es así, el camión va firme, con sus 8 ruedas mordiendo con autoridad al asfalto, siempre hacia adelante, dejando una estela de humo y viento a su paso. El camión no busca la aventura; al contrario, se siente seguro de su marcha al punto que nada ni nadie puede torcerla, salvo él mismo. Pero como así no lo desea, sigue su marcha hacia adelante. Y esa muchacha es, es…”

“¡Alto ahí! Yo no soy un vehículo, yo no transporto cargas ni nada de eso. Yo soy…” La maestra, como despertando de un letargo, de una embriaguez amorosa, había entendido a aquellas palabras como una ofensa, pero no era tal. Sucede que casi siempre la diferencia entre lo que se dice y lo que se entiende, es abismal.

 

Once y media de la noche (Tormenta)

Continuó Pedro:

“Por favor, no se ofenda señorita. Mi intención estaba muy lejos de tratarla a usted como un objeto. Aunque al realizar una concordancia entre usted y un medio de transporte, sea un camión u otro similar, debería halagarla antes que ofenderla. Podría referirme a usted como alguien que conduce a otro hacia un lugar incierto, alguien que, en lugar de llegar, siempre está saliendo. Verá, a esta hora estoy ya un poco viejo, pero esta mañana era un ágil recolector de residuos urbanos. Tenía la plasticidad de una gimnasta rusa, la fuerza de cuatro caballos salvajes, la vista de un búho, el oído de un mastín, en fin, para qué seguir. Ahora sólo me queda la palabra, y la palabra carente de la acción no vale demasiado. Solamente representa promesas, o deseos, o sueños. La palabra debiera ser la antecesora del hacer, o sería mejor callarse. No es prudente incitar a los otros a actuar a través del decir, mejor dicho, no es propio del honesto y de quien respeta al prójimo. Aquel que sólo tiene palabras para ofrecer, no merece recibir de los otros los beneficios de la acción. Lo dicho en el vacío no es más que un manojo de papel de diario mojado.”

“Bueno, nos vamos. Adiós.” Lo interrumpí como si no hubiese escuchado nada de lo que había dicho. Tomé a la maestra del brazo, que miraba incrédula a su alrededor, y caminé rápido. Una tormenta perfecta se avecinaba desde el noroeste, el cielo se ponía rojo, y al mismo tiempo negro. El viento soplaba desde abajo, levantando hojas, bolsas de polietileno y revistas del Hipertehuelche, me golpeó una en la cara, abierta en la página donde ofrecían distintas variedades de herramientas para trabajar la madera: fresadoras, berbiquíes, barrenas, cepillos, escoplos y formones, para cortar, refilar, agujerear, pulir, succionar, babear, regurgitar, mezclar y masterizar madera. No tuve tiempo de analizar los precios, porque otra ráfaga quitó de un soplido la revista de mis ojos, y esa misma ráfaga, cargada de agua de la calle, tierra y papeles, me arrojó a la cara un papel blanco que decía: “Se hacer reparaciones hogareñas de todo tipo. Electricidad – albañilería – plomería – pintura. Su pregunta no molesta – presupuestos sin cargo. Llamar al 154324556543” Mientras, la maestra me tironeaba del brazo para llegar cuanto antes a la puerta de mi casa, pero en ese preciso momento cayó sobre mi rostro, traído por un remolino que venía del norte, una hoja de carpeta rota, era la mitad de una hoja con una evaluación de Ciencias Naturales de tercer año secundaria, Donde el profesor o profesora, quien sea que fuera, solicitaba al alumno que describiera el proceso de la fotosíntesis.

“Apúrese, por favor, parece como si fueran a caer piedras” La maestra me espetaba a apurarme, me invitaba a correr, pero yo no podía, había quedado embelesado en aquella hoja de carpeta, no obstante rápidamente desperté de aquella ensoñación cuando otra ráfaga, ésta más violenta que las anteriores, arrebató de mi cara al pedazo de hoja de carpeta y, a cambio, aplastó en mis pómulos una factura de electricidad que decía, entre otras tantas cosas: “Cargo fijo energía, tanto, Consumo de energía, tanto, Consumo agua medida, tanto”. Y muchísimas cosas más que no pude leer porque el frenesí de la tormenta me daba todo y me lo quitaba al instante, como una mujer caprichosa de la cual uno, completamente idiotizado, es presa de sus caprichos más enfermizos, y se los cumple.

La tormenta no cesaba de ponerme papeles en la cara, una revista Viva con un reportaje a Flavio Mendoza, un envoltorio de yerba mate, un volante de un doctor que realizaba cirugías estéticas a costos irrisorios, un número de teléfono identificado como “Romina”, pero no pude memorizar, ni siquiera ver ese número, porque muy cerca se avecinaba un alud de papeles que rodaban en círculo. Por suerte pude abrir la puerta de mi casa y entramos. Un segundo más y hubiéramos muerto aplastados por esa masa informe de información.

 

Doce de la noche (Oscuridad)

La maestra y yo finalmente logramos entrar en la casa. Afuera la tormenta se hacía cada vez más violenta. Pudimos escuchar algo así como una explosión que, más allá de la puerta, era provocada por la caída de un poste del tendido eléctrico. En ese instante se cortó la luz. Quedamos por completo a oscuras, solamente apenas iluminados por el fuego del horno encendido que seguía cocinando aquella pizza cuatro quesos desde las nueve y media de la noche. Sólo eso.

 

Encontré unas velas antiquísimas en la alacena, encendimos una y apagamos el horno.

Servimos unas porciones, una jarra con jugo de durazno  y nos sentamos a la mesa.

La luz de la vela daba un ámbito ideal para el misterio, el miedo, la inseguridad, y el recogimiento espiritual, pero no todas estas cosas juntas, sólo se podía elegir una de ellas. “Prefiero el recogimiento”, le susurré a la maestra.

 

En un rincón sumido en penumbras se movía una planta. En el otro, los malvones estaban quietos. La maestra habló, en medio de un silencio profundo, apenas interrumpido por el mordisqueo de las porciones, que estaban muy crocantes luego de tres horas en el horno.

 

“Este lugar, esta tormenta, esta oscuridad, esta noche, son el presagio de algo, de algún acontecimiento quizá inesperado a comienzos del día, pero que ocurrió, emergió entre medio de la vorágine de la rutina de siempre en un momento y un lugar no proyectado. La Diosa Providencia, de la cual apenas somos tristes marionetas que se mueven y se desguazan al ritmo de sus caprichos, nos ha puesto a ambos en este lugar y en este espacio, y hubiera sido aberrante que usted y yo hubiéramos estado en este mismo punto espacio-temporal y no nos hubiéramos encontrado. Me siento muy feliz, con la felicidad que da la incertidumbre del porvenir.”

 

Cogí otra porción de la pizza. Los quesos estaban sumamente salados. La tomé de la mano, la abracé y le pedí que por favor continuara, sus palabras eran un arrullo, una canción de cuna. Y así continuó:

 

“Elijo estar acá, porque es todo lo que queda. La tormenta pronto se llevará todo, los árboles, las casas, la gente, la infancia, la juventud, el estofado del mediodía. Y mañana, muy pronto, quedará solo el resabio del hoy, que se irá ocultando cada vez mas entre los pliegues del olvido del tiempo implacable. Salvo por un solo hecho, un hecho aislado en el universo que es el fin de todo lo conocido y el comienzo de algo nuevo: haberlo conocido y permanecer a su lado, a la luz de la vela, que pronto se apagará, y la luna de la madrugada será la única fuente de luz, de luz gris que dará lugar a una nueva mañana de sol, un nuevo horizonte. Hace poco me preguntaron qué era la felicidad, y no supe exactamente qué contestarle. Respondí con una serie de oraciones rebuscadas para como usan los intelectuales cuando le preguntan por cosas sencillas como la felicidad, el amor, la soledad, la muerte y la vida. Pero ahora, seguramente mi respuesta sería muy sencilla, tan sencilla como este momento en que…” 

Pero yo, que aquel día me había levantado a las siete de la mañana, y que luego me había visto, a lo largo de aquel largo día, obnubilado, desesperado, confundido, asombrado, enamorado, envalentonado, atemorizado, perdido, encontrado, y muy cansado, me quedé dormido.

 


[1] Párrafos dictados por Federico Nacher, nacido en Puerto Madryn el 19 de enero de 2005, mientras se escribía este relato, únicamente modificados del “vos” al “usted”.

[2] Ver Nota 1.

[3] Ver Nota 1.