A veces la suerte ayuda y uno encuentra raras joyas como esta. Orestes Trespalhie fue profesor de Historia del Colegio Nacional de Trelew, allá por las décadas del 1920-1930. Hasta que econtramos esta rara novela corta no sabíamos de su afición a las letras. En realidad no es una obra de valor literario superlativo, aunque está bien escrita, en el estilo imperante del momento. Sin embargo sí es de un fuerte valor testimonial, pues detrás de la cobertura del trato ficcional, Trespalhie enuncia una serie de prácticas y de violencias fuertemente presentes en la sociedad de su época, que él conocía de primera mano.

“Los Tchenques” es así una maravillosa pieza para vacunarse, de la mano de la literatura, contra el empalagoso prejuicio de que el pasado fue un dechado de virtudes, poblado por abnegados y transparentes colonos... Les recomendamos que se tomen un tiempo y la lean.

 

I 

Comenzaba a clarear.

Las calles de Buenos Aires, por efec­to de la llovizna de la noche anterior, estaban emporcadas.

Suave, una brisa embalsamaba la atmósfera, con el vaho de la vegetación renovada.

La ciudad parecía sacudir el yugo de la noche, anunciando su actividad.

En el barrio de las oficinas, todo era silenciosa quietud.

Sólo rompían la monotonía, el paso inseguro de algún trasnochador, que volvía de pasar una noche toledana, en­tre piltrafas pintarrajeadas, zahumerios tabacosos y vapores alcohólicos, o de un madrugador, convocado a la lucha por el pan mezquino.

La única oficina iluminada era la de Austín James, el envidiado hombre de negocios.

Mister Austín era un coloso, en el ar­te de amasar pesos.

Pero la moral de su hogar daba tras­piés, e intoxicaba su existencia, proporcionándole tanto acíbar, que anulaban el dulzor del triunfo, en el mundo de los negocios.

Aquella madrugada se había encerra­do en sus oficinas, para rumiar el sinsabor, que le proporcionó el saber una aventurilla de su hija menor, con su chauffeur.

Esta nueva llaga en el corazón de Ja­mes, venía a exacerbar las sospechas que le proporcionaban la conducta de su es­posa.

En busca de lenitivo, se había sumer­gido en un maremagnum de números y cálculos, planeando una combinación, que habría de traducirse en pesos y más pesos para su haber.

Cuando de pronto, una discusión le substrajo la atención.

Reconoció la voz de su viejo amigo, el eterno borrachín, Jack el Harponero y la del portero de la casa.

Abrió la puerta de la oficina. Y sin decir agua va,  se colaron, Jack y un acompañante, ambos bastante alcoholi­zados.

Con Jack le ligaban vínculos fraterna­les creados en su vida de balleneros y de parrandas por las tabernas y antros portuarios, cuando los dos no eran más que ilustres marineros, sin más fortuna que sus brazos y su corazón.

Austín James se había abierto cami­no en el mundo de los negocios.

Jack vivía liquidando la ayuda que le proporcionaba aquél, a cambio de ser­vicios secretos para sus combinaciones mercantiles: gracias a la posesión de va­rios idiomas, era un admirable colabo­rador.

Aquella noche iba a arrojar a las fau­ces de James, a un amigote de cafetín, a un tal Juan Custodes, conocido por el apodo del Chubutense y por sus exóticos erotismos.

Custodes era hijo de un abogado, que en el Chubut se había apropiado de cuan­to tenían los menores que caían en sus manos, y que al morir había dejado una cuantiosa fortuna a su hijo, quien en­tre aventuras y desventuras, presencia­ba el vuelo de sus pesos, con idiota es­toicismo.

Ya tocaba a su fin la fortuna amasa­da al borde del Código Penal: lo último de su fortuna era un campo llamado los Tchenques, por las numerosas tum­bas tehuelches, que en él se encontra­ban.

Muchas veces se lo habían querido comprar a buen precio, y ahora impul­sado por una morbosa pasión, que en él despertara una veterana camarera in­glesa, estaba dispuesto a todo, con el fin de llenar las exigencias de su amor de pudridero.

Jack le llevaba la oferta del negocio, con los títulos en mano.

James, con los datos dados, vislum­brando una bella operación, se hizo fir­mar un compromiso de venta, que debía ratificar esa misma tarde.

Ultimados los prolegómenos del ne­gocio, Austín, le preguntó, en inglés, a Jack:

—¿Entiende el inglés, tu amigo?

—Nada, pero él dice poseerlo, —con­testó Jack.

—Bien. No me lo abandones hasta que firme el boleto de compra-venta. Evita de que tenga contacto con mujer.

Entra a mi escritorio de al lado y sobre mi escritorio encontrarás un sobre con cien pesos. Te servirá para los gastos del día. Para la noche tendrás cien más, que te daré a la tarde, si el negocio, que me harponeastes, es bueno.

—A sus órdenes mi jefe, contestó Jack, cuadrándose y saludando militar­mente.

Entró a la pieza de al lado, y salió sonriente.

Ya la vida, se manifestaba activa, en el barrio de los negocios, en donde cho­can risas y lágrimas, y fraternizan, pe­nas de hoy con alegrías de mañana.

Mister Austín sonreía mefistofélicamente, olvidando sus pesares absorbido por las perspectivas de un nuevo nego­cio, en cuanto sus intempestivos visitan­tes se hubieron retirado.

 

II

 

Realizada la compra del campo de los Tchenques, mister James formó una sociedad anónima, con el propósito de ex­plotarlo con ganado lanar.

Esta fué registrada con el nombre de: Los Tchenques Farm S. A. Limited.

Lo único que faltaba era el hombre entendido y capaz, que dirigiera el establecimiento.

Para esto recurrió al director del Co­legio Inglés de Parque Patricios.

Lo mandó llamar.

En su presencia el viejo conocedor y formador de robustos luchadores anglo-argentinos, le dijo:

—Necesito un hombre joven y enér­gico, entendido en la cría de ovejas, pa­ra ponerlo al frente de una estancia que formaremos en el Chubut. ¿Conoce Vd. uno en esas condiciones?

El viejo maestro pensó un instante, luego contestó:

—Creo tener lo que Vd. necesita. Es un muchacho, hijo de un mayordomo es­cocés de Santa Cruz, que mañana se ca­sa con una ex-alumna de mi colegio.

—¡Espléndido! Pasado mañana los espero. Vd. tendrá su gratificación.

Fuese el viejo surtidor de hombres y de empleos, y Austín James se sumergió en un nuevo negocio, como si nada hu­biera pasado.

A los dos días, el viejo trajo, al escri­torio de James, al candidato:

Era un joven alto, rubio, de atléticas formas, con un rostro que daba la im­presión de férrea voluntad, que se es­capaba en forma de fulgores de domi­nio, por sus acerados ojos. Se llamaba Santiago Davinson.

James lo estudió a través de las pala­bras, y el candidato le satisfizo.

Hicieron y cerraron trato.

El debía formar el establecimiento. Ganaría sueldo y tendría porcentaje.

Se le hizo un adelanto en efectivo.

Davinson se comprometía a partir a los tres días, en el primer vapor que sa­lía para el sur: el Araucania.

Impuesto de sus obligaciones y dere­chos, Davinson se despidió de su nuevo patrón.

El viejo corredor de hombres, recibió su comisión de ambos y se retiró con el recién ungido representante de Los Tchenques Farm Co. S. A. Limited.

 

III

 

Una mañana primaveral, el Arauca­nia abandonaba el puerto de Buenos Ai­res, cargado de seres y enseres para la Patagonia.

En él iban, Santiago Davinson y su joven esposa, con una sirvienta inglesa, tan bíblica como bebedora.

Davinson se había encontrado con al­gunos amigos de Santa Cruz, quienes lo felicitaban tanto por el matrimonio, como por el puesto que iba a ocupar.

El primer día de viaje se empezaban a relacionar los pasajeros.

A la hora de comer ya habían frater­nizado muchos, y las mentiras y verda­des sobre la costa sud, relatadas por un corredor de aceites minerales, que era andaluz, por añadidura, atrajo la aten­ción de los que, por vez primera, iban a la Patagonia.

Un grupo de policías recién nombra­dos, iban contándose historias de fulano y zutano, que en un año realizaran una fortuna, con coimas y otros expedien­tes.

Otro, de negociantes, iban haciendo cábulas sobre una suba de la lana.

Un grupo de niños y niñas de origen británico, pero nacidos en la Argentina, tornaban a sus hogares, después de haber recibido su dosis de britanismo en establecimientos especiales.

Ellos alborotaban al pasaje, viviendo como si se encontraran en continuo re­creo, haciendo caso omiso de la tran­quilidad del resto.

Plácido, el mar, en el segundo día se diseñaron algunos amoríos.

Un mozo de Madryn no perdonaba ocasión para flirtear con una chica de Deseado, y el pobre no escatimaba oca­sión para hacer el ridículo y servir de hazmerreír de las vejestorias solteronas, que agrupadas y unidas en su soledad moral, se pasaban las horas criticando a los compañeros de viaje.

Algunos marinos galantes hirieron a corazones femeninos, que, con la mono­tonía del viaje, iban ansiando amor.

Los comentarios acerca de la partida de pocker de la noche anterior, se aca­llaron ante la visión de la entrada al Golfo Nuevo.

Los pasajeros que debían desembar­car en Madryn, se empezaban a poner nerviosos.

A Davinson le faltaba la sirvienta.

La buscaron. Preguntaron. Y nadie daba razón de ella.

Al fin intervino el comisario de abor­do.

Y la mujer salió toda desgreñada y sucia del cuarto de timón, después de dormir los efectos de una noche de lu­juria y borrachera.

En tanto, las milenarias paredes del golfo, iban escondiendo, al alejarse, sus anfractuosidades, y con los fulgores del sol matutino, adquirían iridiscencias multicromas.

En el fondo se distinguía una her­mosa playa en forma de media luna, que, amarillenta, contrastaba con el ver­dor espumoso del agua del mar, que al recibir los rayos de un sol tierno y aca­riciador, semejaba a diamantinas super­ficies.

Como un negro cañón salía de su se­no, avanzando al mar, un muelle, con méritos para la jubilación. Lo bordeaba una barcaza carguera.

En el fondo del escenario, un caserío, envuelto en una nube de polvo: era Ma­dryn.

 

IV

 

En Madryn, la pareja y su sirvienta se instalaron en un hotel con muchas pretensiones y pocas comodidades.

Su propietario, que era un vulgar gui­sa tortas, se hacía llamar Brillat Savarín, renegando hasta su poético apelati­vo: Serafín Strunzzo.

Su esposa, una buena y magra mu­jer, se pasaba el día lamentándose de sus dolores reumáticos y hablando mal del prójimo.

Los vástagos de tan ilustre entroncamiento,  eran  una pareja de jóvenes, siempre listos para las diversiones al­deanas, pero decididamente adversos pa­ra todo lo que fuera trabajo.

La mocedad del lugar se agrupaba en torno de ellos, porque los sabía genero­sos con los ochavos que los padres jun­taban, a costa de cualquier expediente.

Davinson tuvo que abandonar unos instantes a su esposa.

El practicaba las primeras diligencias para constituir la representación legal de la sociedad en Puerto Madryn, con el objeto de tramitar el despacho de las cargas para la estancia.

El traía una carta para un paisano de su patrón: mister Jhim.

Era un tipo raro: vistiendo traje de cazador africano, con una bien poblada barba rojiza, regía desde su escritorio ­la suerte de numerosos empleados, que de rabillo husmeaban la situación de la pipa en su boca, pues según ella, adivina­ban el talante del amo.

En tanto la joven esposa gozaba de las bellezas de una playa incomparable, y miss Pim, la sirvienta, dormía, soñan­do las delicias del pasado bacanal, —en­tre copas y pellizcos,—que fugaz pasa­ra a bordo del Araucania, que ya tenía, bien sentada fama de albergar a Cu­pido.

Davinson presto arregló sus asuntos,, y volvió al hotel acompañado por Jhim, quien le presentó a una retahíla de per­sonajes del lugar.

Cuando  estaban  en lo mejor de su charla, dos detonaciones vinieron del muelle.

El Araucania estaba en plena descar­ga. Muchos peones trabajaban en ella.

Pero en un segundo, vióse cubierto el muelle de un enjambre de curiosos.

La policía entró en funciones, después de una larga discusión con los representantes de la sub-prefectura, que se decía con fuerzas para proceder, pero que no procedían.

Al cabo de un rato pasaron a un muerto: al Conde de Remois, y a un preso, que silencioso y retraído viajaba, con destino a Magallanes, en el Arau­cania.

Rápido, se bordaron mil comentarios.

La esposa de Davinson había vuelto atraída por aquel remolino humano.

Se comentaban las virtudes de aquel noble francés, tan fino y amable con las damas, como varonil con los hombres.

Las chicas se dolían, con sorna, de la suerte de Haidée, otra de la especie, que hacía como si fuera su novia, y con quien se casaría para Reyes, según ella.

Al fin llegó el comisario, a beber su consabido aperitivo, a expensas del ho­telero.

Su llegada trajo las luces, que, como antorchas, habrían de iluminar la curio­sidad popular, que, para satisfacerse, había inventado mil historias de todo cariz.

Haciendo caso omiso del secreto del sumario, contó:

Es una historia vulgar de contraban­distas. El muerto, —el célebre Conde,— vivía del contrabando de alcaloides, que le venían por mar, de Magallanes, y que él mandaba por tierra, de Madryn a Buenos Aires.

¿Quién sospecha de un paquetito, ba­jado por un noble?

De aquí sus viajes a Río Negro.

Pero, pagado de la impunidad que go­zaba, pretendió extender sus negocios, contrabandeando sederías.

El matador es un turco, rico comer­ciante de la Capital Federal, que debía recibir por su intermedio un cargamen­to de medias de seda, desembarcadas en Comodoro Rivadavia, y que venían del puerto libre de Chile. Pronto estará li­bre. Tiene plata...

El Conde de Remois recibió el camión con la carga en Comodoro, la llevó hasta Bahía Blanca, en donde la vendió, quedándose con el importe, para pagar deudas de honor...

—¡De juego, dirá Vd.! — replicó un espectador, con facciones de Latón.

—¡Si así lo dice, así será! — contestó el comisario, quien le ganara al muerto, unos cuantos miles en la mesa de pocker, la noche anterior.

Davinson observó a muchos conter­tulios, y tuvo ocasión de ver mucha su­ciedad escondida bajo la albura de sus camisas.

Eso serviría para sus negocios, que como una red debía aprisionar autori­dades y acallar a quien pretendiera gri­tar.

Sonriente, acariciaba su plan.

Anunciaron que el almuerzo estaba listo.

La pareja se fué a comer.

Por la conversación de los comensa­les vecinos pudo enterarse de las habla­durías aldeanas y de los puntos que calzaban los hombres y mujeres del lu­gar.

Por la tarde quiso gozar de la brisa del mar.

El vendabal de la mañana había amai­nado.

Un cefirillo acariciador, le había subs­tituido.

Calmo el mar, musitaba dulce plega­ria de amor.

Davinson, su mujer, la gentil Ketty, y mis Pim, gozaron de las delicias de aquella playa, recibiendo una abundosa provisión de aire iodado.

Las parejas se paseaban, haciendo ga­la de su juvenil donaire, desde los mé­danos al muelle.

Los viejos, brillaban por su ausencia, pues encerrados en tabernas, más o me­nos simuladas, pasaban la vida a tra­gos.

Presto Mis Pim, tuvo que abandonar la playa.

Pues acicateaba la curiosidad de los viandantes, que enterados por algún pa­sajero lugareño de la aventura del Araucania, era el punto de mira obligado, siendo sus ojos amoratados, el objeto de muchas sonrisas burlones, entre la ju­ventud sabedora de su equivalencia.

Se fué acallando la algazara de los chiquillos que se divertían escandiendo sus pulmones.

El sol dio su último beso al mar.

La luna soberbia, disipando las ansie­dades del mar, pareció surgir de su se­no, plateando la móvil superficie.

Al día siguiente, un tren, con más buena voluntad que fuerza, los transpor­tó a Trelew, al cabo de dos horas lar­gas de viaje, a través de una estepa, ma­tizada de yerbas de un verde tristón.

 

V

 

En Trelew, eran esperados por un ma­trimonio amigo de Davinson.

La impresión de la población disipó un tanto la tristeza, que se había pose­sionado del corazón de Ketty, por efec­to de la visión de aquellos desolados pa­noramas, y de las incomodidades del viaje.

Volvía a ver árboles de copas verdo­sas y de abundante follaje, como en su Buenos Aires.

Para él, aquello no habría sido nada, pues estaba habituado a estepas símiles, en Santa Cruz.

Pararon, a indicación de mister Jhim, en un hotel situado a un paso de la es­tación, cuyo confort en nada envidia­ba a los buenos de la capital.

En él tuvo ocasión de observar un mundo legista y leguleyo que, a dente­lladas, luchaba por el patacón, como si fueran leones.

Su esposa, mediante aquellos amigos que los recibieran, se hizo de amistades, con el correr de los días.

Así, entre tanto él se iba al campo de Los Tchenques, con el objeto de hacer construir vivienda, pasaría los días más cortos.

Al día siguiente, Davinson fué transportado, por un automóvil de alquiler, a los Tchenques.

Ketty, en compañía de Mis Pim, de­bía aguardar.

Pronto Trelew fué simpática, para ellos.

Razón había: tenía Trelew, un ligero sabor británico, disuelto en una gran cantidad de latinismo.

Mis Pim aceptó los galanteos de un peón de cocina del hotel.

Era un zamorano, que tenía en su ha­ber varias natalidades ilegítimas.

Pequeñín, nervioso y mal hablado, ha­cía los encantos de la veleidosa Miss.

Vanamente Davinson le recomendó a Ketty, la vigilara mucho.

La amorosa pareja se veía, en el callejón del hotel, después de media no­che.

Lo que más le gustaba a Pim era que su galán, no faltaba a las citas sin una botella, cargada de algo muy fuerte.

Mal iluminados, los callejones en Tre­lew, cortan las cuadras por la mitad, conservan su fama de haber sido teatro de aventuras galantes, en los felices tiempos en que el amor no tenía redes.

Miss Pim, incorregible, se entregaba al galán, que audaz la conquistara, en plena vía pública.

En cierta ocasión se percató que no era única, pues la aindiada sirvienta de una amiga de su patrona, se entrevista­ba con el vigilante de la esquina, entre­gándose a los más frenéticos excesos.

La plaza de la población, con su vegetación bien cuidada, invitaba al amor, pero cortados sus tamariscos, que la cir­cundan, a una altura prudencial, queda­ba inutilizada, para practicarlo, dado a su visibilidiad, desde afuera.

Un domingo, Ketty fué invitada a un pic-nic en una chacra a orillas del río Chubut, por el matrimonio amigo.

Concurrió acompañada por la Piní.

Lujuriante, una cortina de álamos, ha­cía gozar de las bellezas de un clima, exento del viento, que endemoniado, des­compone hasta el placer de vivir.

Ketty, con el calor de la fraternal re­cepción de las jóvenes de la chacra, ha­bía olvidado de su sirvienta.

Fué buscada, pero miss Pim no apa­reció.

Al fin apareció.

Dormía tranquilamente, tendida en el pasto, a la sombra de un ubérrimo man­zanal, después de pasar entre unos mu­chachos traviesos, una sesión de amor y beberaje.

Aquella gente, no veía en eso nada malo. Después se encargarían los co­mentarios de la velada, del despelecho.

Al llegar al hotel, el peón, que oficia­ba de novio, armó un escándalo sin precedentes, pues los muchachos se habían jactado de la aventura, en un café, en donde triste y somnoliento un fonógra­fo reproducía los tangos más en boga, en tanto los chismes pueblerinos, roda­ban, recogiendo el lodo, que se formaba, con los escupitajos y la tierra, que al­fombraba el local.

Entre blasfemias y palabras soeces, el tipo le otorgó a la infiel, una señora tun­da, de aquellas que marcan época.

Cuando Ketty, junto al lecho de la fá­mula, le reprochaba sus locuras, ella res­pondía:

—¡Es tan hombre, por eso lo idolatro!

Curada de sus equimosis y contusio­nes, volvió Davinson de los Tchenques. Venía a buscarlas.

El se enteró de lo pasado. En vez de enfurecerse y proceder, pensó.

Y luego, le dijo a su esposa:

—Esto no es nada. Miss Pim nos ser­virá, y talvez encontremos marido para ella. Nos puede servir de más de lo que piensas...

Una mujer así es un tesoro, en el de­sierto.

Hizo sus compras, arregló su cuenta con el hotelero, y se preparó para salir, en la mañana del siguiente día.

Listos, emprendieron viaje, en un bu­rro a motor, a través de desiertos, que impávidos, reflejaban la luz del sol, por­que su seno conservaba la virginidad del. agua.

Después de tres días de viaje, mascan­do polvillo arenoso, en tanto el motor, acompañaba, con su isocronismo, la mo­nótona tristeza del panorama, en el cual yerbas duras, ocupaban sus sitios, sin molestarse, y al parecer, con la firme voluntad de no dejarse quebrar por los vendábales, que impíos, todo lo arras­tran, llegaron a Los Tchenques.

Ketty y Miss Pim lloraron de tris­teza.

Davinson, conocedor del mal, no se preocupó de consolarlas.

El bien sabía que el tiempo se encar­garía de ello.

 

VI

 

Los primeros tiempos, el tiempo no corría, en Los Tchenques, sino volaba.

Los trabajos de adquisición de la ha­cienda, la construcción de los bañaderos, la división en potreros y la instalación de los puestos, absorbió totalmente la atención de Davinson.

La presencia de uno que otro tran­seúnte, rompía la monotonía de la vida de Ketty.

Miss Pim, ocupada con los menesteres de la casa, parecía haber olvidado sus antiguas mañas.

Pero no era así. Un joven morocho, de porte aristocrático; bajo sus bomba­chas de peón de campo, se conocía que vivía un ser de otra contextura intelec­tual, constituía su amor actual.

Lo llamaban Braulio Ríos.

Una noche, después de la cena, pidió permiso para hablar con el patrón:

—¿Qué quieres? — le preguntó Davinson.

—Pedirle la mano de Miss Pim. Me quiero casar con ella, si Vd. no se opo­ne...

—¿Y ella, qué dice?

—¡Está conforme!

—Y bien, ¿con qué cuentas para ca­sarte?

—¡Con esto! — respondió Braulio,, mostrando los puños.

—Bien, bien... ¿Y quién eres, de dón­de salistes?

—Eso es muy largo de contar...

—Bien, siéntate, y despacha a tu gus­to, que yo escucho.

—Antes de nada, le prevengo que quiero tener la seguridad de que Vd. no divulgará nada de cuanto oiga. Me con­fesaré a Vd.

—Desde ya la tienes! Comienza de una vez.

—Yo no soy Braulio Ríos, sino Ma­rio Strugozzi. Soy hijo del general Strugozzi... Mis padres lloran mi muerte. Creen que me he suicidado.

—¿Y cómo?

—Vd. verá: estudiaba el cuarto año de derecho, y constituía el orgullo de mi casa.

Había sido, hasta entonces, un mode­lo de virtud burguesa.

Pero, en mi camino se cruzó una ma­la mujer... Era casada, con uno de los camaradas de mi padre. Ella me hizo su amante...

Un buen día, el marido ofendido nos sorprendió, y yo lo maté.

La mujer me dio una suma de dine­ro, para que huyera.

Me vine a la Patagonia. Antes de em­barcarme leí, en los diarios, la noticia de policía de que habían sido encontra­dos, en las vías del F. C. Pacífico, los informes restos mortales de Mario Strugozzi, y que, el camarada de mi padre había sido víctima de una banda de foragidos, que mataban para robar, pues faltaban quinientos pesos de la casa. Era el dinero que me había dado la mu­jer…

Aquí, cambié el nombre, y me gané el puchero como pude.

—¿Su padre es rico ?

—Tiene algo...

—¿Y Vd. conserva algún documento que pruebe su personalidad real?

—¡Sí, señor! Tengo varios.

—Entonces Vd. heredará. . .

—No señor, porque Mario Strugozzi ha muerto. Y Braulio Ríos no tiene pa­dres...

Davinson que era hijo de la Patago­nia, no se extrañaba de eso.

Y después de reflexionar un instante, llamó a Miss Pim.

Le preguntó si estaba conforme en casarse con Braulio.

A lo que ella contestó, enrojeciendo y bajando los ojos, que sí.

Una vez que tenga la sustituta, Vds. se casarán. Yo le daré un puesto —agregó el patrón.

Estaba pensando en las veleidades de la fortuna, cuando una bocina le anun­ció una visita.

Eran el gobernador y el jefe de poli­cía, que solicitaban hospedaje. Andaban de jira de inspección. Con todos los honores, se les brindó la mejor hospitalidad posible.

A la mañana siguiente, Davinson les arrancaba la promesa del traslado del vecino destacamento policial y del juz­gado, a Los Tchenques.

Como el Juez de Paz, era padre de diez alumnos de la escuela, prometieron mediar ante la inspección de escuelas, pa­ra que esta se trasladara allí, siempre que se comprometiera en hacer una ca­sa especial.

Con mutuas promesas, los providen­ciales viajeros partieron.

 

VII

 

Al empezar el invierno, que se anun­ció con una nevada formidable, Los Tchenques, tenía en su seno a un juez de paz y al encargado del destacamen­to, un meritorio, y a dos agentes.

Habían trasladado a la escuela, pero como su maestro, había optado por se­guir cuidando sus ovejitas, había renun­ciado, y el cargo vacaba hacía tres me­ses.

El número festivo lo constituyó la bo­da de Miss Pim con Braulio, pues dio motivo a grandes borracheras y otras lindezas.

Pues Davinson había encontrado una sustituía de la Pim, a pedir de boca: una morocha que era una estampa: Marta.

Limpia y diligente, se granjeó el ca­riño de Ketty, quien comenzaba a sen­tir en sus entrañas, una nueva vida.

Marta gozaba, por otra parte, del ma­yor respeto de la peonada, pues era una víctima de los leguleyos sin conciencia, y en ella veían, una mártir y un sím­bolo.

Huérfana de madre, desde su más temprana edad, era cuidada como una alhaja por su padre, hombre rico y es­timado, por su bondad y hombría.

Un día de primavera, lo encontraron muerto en la cama.

El hombre le dejaba a Marta, campo propio y alambrado, con casa y cinco mil ovejas.

Un abogado famoso se hizo cargo de la sucesión y en combinación con un Juez, con más tragaderas que conciencia, liquidaron el haber testamentario de mo­do tal que, el letrado se transformó en heredero, y Marta — la niña mimada —en ilustre fregona.

Las recorridas, en los días de nevada, para vigilar a las majadas, era lo úni­co que rompía la monotonía de aquella vida.

 

VIII

 

En las luengas veladas de invierno, Davinson sostenía conversaciones inúti­les con el juez de paz y el meritorio, entre tanto escanciaban botellas tras bo­tellas, de fuertes bebidas.

Para abreviar el tiempo de Ketty, ju­gaban al pocker, por centavos, con ella.

El juez de paz era el prototipo de aventurero. Se llamaba Isaac Rondeau, y se decía descendiente del procer.

Casado con una chinota, que era una máquina de trabajar y de concebir, había probado todos los oficios y activi­dades, pero siempre, el trago, daba en trasto sus alentadores éxitos iniciales.

Ahora, refugiado en un humilde juz­gado de paz, vegetaba tranquilamente.

El meritorio, era un hombre como de 40 años, que a pesar de su buena con­ducta y su preparación, no consiguió as­censo alguno, en sus 15 años de buenos servicios.

Su nombre: Pascual Rinini, consti­tuía, en la repartición, un símbolo de honestidad y rectitud.

Como no tenía padrinos, siempre era postergado.

Harta de la miseria, alentado por la soledad, el hombre estaba decidido a usar cualquier expediente, para proveerse de fondos para ir a Buenos Aires, y ver por última vez a sus viejecitos.

Davinson se alcoholizaba con frecuen­cia, y era dominado, entonces, por los instintos brutales de la fiera que, dor­mida, se escondía en su persona.

Así fué que una noche, después de libar y oír comentarios alegres, tuvo la mala ocurrencia, de querer ultrajar a la pobre Marta.

Esta, que había sido provista de una pistola de su novio, el famoso Malacara, repelió la intentona, descerrajando un tiro al aire.

Era necesario esconder la verdad a Ketty.

Entonces, mediante los buenos oficios de Rondeau y Rinini, que recibían de los

Tchenques un sobresueldo, tramaron un expediente de intento de homicidio.

Por haber sido honrada, se le venía abajo el proyectado viaje a la capital, acompañando a Ketty, que iría junto a sus padres, a salir de cuidado.

Además, se veía arrojada y desprecia­da, como una vulgar delincuente.

Davinson, que recibió aviso de cómo las gastaba Malacara, que no tardaría en pasar, con su tropa, por los Tchen­ques, optó por adoptar una actitud no­ble: perdonándola.

Marta fué perdonada, destruyéndose el inicuo sumario, pero fué expulsada de Los Tchenques.

Ketty sería acompañada por la Pim, que transformada en un barrilito, ansia­ba volver a ver Buenos Aires.

La casualidad dio que por allí pasara una fondera de Gaimán, que volvía de ver a sus ovejas. Ella, una vasca, fuer­te y hombruna, se sintió indignada del proceder de Davinson y sus adláteres, al oír la confesión de Marta, y se la lle­vó consigo, para emplearla, como muca­ma, en su negocio.

El año se pintaba espléndido. La ex­celente parición y el estado de la hacien­da era de lo mejor.

El baño de las ovejas era la mayor preocupación del momento.

Es que la primavera, con sus vendavales y días indecisos, ya había entrado.

 

IX

 

Con la venida de la primavera, llegó el nuevo maestro.

Era un muchacho de 19 años, alto, ru­bio, cuyos ojos celestes parecían, en su vago mirar, escudriñar el insondable misterio del infinito.

Osear Rináldez había egresado re­cién de la Escuela Normal, y venía im­buido de nobles principios.

En el afán de soledad, para perfec­cionar sus estudios sociales, se trabajó y consiguió ese puesto, merced a las influencias de un caudillejo del barrio, que había sido compinche de su difunto pa­dre.

Rehuyó del trato de la camarilla, y aislándose, cada vez más, fué considera­do enemigo.

La esquila había empezado.

Rináldez gustaba alternar y aconsejar a la peonada.

Aquello no fué visto con buenos ojos, por Davinson.

Una noche, por diferencias en el jue­go de la taba, se pelearon dos peones, y uno, resultó muerto. El matador huyó.

El hecho de sangre, alarmó a Davin­son y a las autoridades, y Rondeau lo sindicó a Rináldez, como instigador.

Vanamente trataron de envolverlo, pero, la declaración de los peones, lo sal­varon.

Una noche de chupandina, Rinini pro­puso la eliminación del maestro.

Vertió un diabólico plan, que, entre risas y chistes de mal gusto, fué acep­tado, tal cual fuera propuesto.

Bien armados, se fueron a la escuelita, bamboleante el paso e inseguro el pulso.

Eran las 11 de la noche, el viento so­plaba aullando.

La peonada dormía pesadamente, ren­dida por la labor del día.

Aquel día, Ketty y su acompañante, habían partido con destino a Buenos Ai­res.

Por eso, Davinson bebió más que de costumbre.

Recibidos por Rináldez, le dijo Rondeau:

—En vista de que Vd. no nos visitahemos decidido venir a ver...

—Mis ocupaciones, mis estudios... — replicó Rináldez.

—¡Bah! excusas... — interjectó Rinini.

—Siéntensen, señores — dijo el maes­tro, indicando unas sillas.

—Bueno — agregó Davinson — ¿Y con qué convida?

—No tengo más que mate. ¿Si gus­tan?

—¡Vengan unos amargos! replicó el policía, guiñándole el ojo, a Davinson.

Rináldez se fué a la cocina, y volvió con una pavita con agua caliente, una yerbera y el mate listo.

Ofreció el primero a Davinson.

En ese momento Rinini, lo mató de un balazo en la sien.

Este, dejó su revólver a un.costado del cuerpo.

Y se fueron, tranquilamente.

Al día siguiente, cuando los alumnos encontraron el cuerpo inánime del maes­tro, intervino oficialmente la justicia.

Para el sumariante, aquello fué un suicidio.

Cuando Davinson vio que las pala­bras: ¡Libertad, libertad, libertad! de un cartelón, que pendía del muro, estaban tachadas con la sangre del muerto, se puso pálido y tembló. La conciencia obraba.

 

X

 

La muerte trágica del maestro, cons­tituyó el tema obligado de las charlas de la peonada, durante la churrasqueada de la noche.

Para muchos, aquello era un asesina­to de Davinson.

Por eso, el odio al mayordomo, sor­do, iba creciendo.

AI fin llegó una noticia, que, con sus contornos, pudo cubrir a la nota roja de una tragedia, y otorgar nuevo tema para las hablillas de aquellas gentes.

Esta era que, Malacara, cuyo verda­dero nombre era Walter Rudolff, había enriquecido fabulosamente, de la noche a la mañana, en virtud de una herencia.

Que rico, joven y fuerte, había unido su destino con Marta, yéndose a vivir en el castillo de sus antepasados, en Suiza.

Pero que, antes de partir otorgaron poder a un joven abogado, tan prepara­do como honesto, para reconquistar los bienes de Marta.

La paisanada, embobada, decía: ¡es que hay Dios!

 

XI

 

El asombroso aumento de las ovejas, y la expresa y terminante orden de Austín James, de no vender animales, le obligaron pensar a Davinson en exten­der los dominios de Los Tchenques.

Un vecino, Martín Catrielef, ocupa­ba un par de leguas fiscales de campo excepcional, cruzado por un arroyo de cristalinas y rientes aguas.

Su visual se tendió hacia él.

Lo fué a ver y le dijo:

—Lo vengo a ver para ofertarle un lindo negocio. Necesito su tierra. Pon­ga precio, sin las ovejas.

La india cruzó con Catrielef, una mi­rada que encerraba toda una preven­ción.

—¡Imposible, señor! Este es campo fis­cal, y yo lo quiero mucho, por ser la tumba de mis antepasados y la cuna de mis hijos. Con mis ovejitas, mi trabajo, y la buena suerte he conquistado la paz. ¡La paz, señor!

—¡Bueno, indio de porquería, si no es a las buenas, será a las malas!

Viró su montado, y veloz como el viento, mascando rabia, cruzó la estepa, para llegar a su casa.

Allí le esperaba Rinini, quien al ver­lo tan conturbado, le preguntó:

—¿Qué le pasa, patrón?

—Ese indio Catrielef... —y le con­tó lo acaecido.

—No es nada. ¿Quiere el campo? Yo se lo haré conseguir... por un par de miles.

—¿ Nada más?

—Eso es suficiente. Ya conversare­mos esta noche.

El arribo de un chasque, interrumpió la conversación. Traía un telegrama.

Su suegra, le anunciaba el nacimien­to de un hijo.

Feliz, seguro de su triunfo, fumando plácidamente, pensaba en el porvenir.

Buscando hacer participar su alegría, bebió e hizo beber caña.

Aquella noche, como de costumbre, el triunvirato se reunió.

Y entre copas y copas, Rinini expu­so su plan para quitar el campo al indio Catrielef.

—Lo traigo preso por cuatrero. Vd. me da cuatro cueros de yeguarizos. Le hago un sumario, y a Rawson... Co­mo no tendrá dinero nadie se ocupará de él...

—¿Y la mujer, y los ocho hijos? —demandó Davinson.

—La hija mayor, para mi uso perso­nal. Los demás, los echaremos. . .

—¿Y las ovejas del indio, para quién serán?, preguntó Rondeau.

—A medias, entre Rinini y Vd. —agregó, salomónico, Davinson.

—¿De acuerdo? — preguntó el poli­cía.

—¡De acuerdo! —respondieron, a un tiempo, el mayordomo y el juez.

Y prosiguieron bebiendo, hasta que el .sueño les dominó.

 

XII

 

Al día siguiente, Catrielef era dete­nido por un cabo de policía.

Se le sumarió por ladrón de yeguas de Los Tchenques.

A los pocos días lo mandaban a la cár­cel de Rawson, para que el Juez Letra­do, de acuerdo al sumario, lo penase.

En cuanto Catrielef hubo partido, Rinini en persona fué a traer presa a su hija mayor: una indiecita de 15 años, en cuyo rostro cetrino, brillaban dos lu­ceros celestes, como los tuviera el abuelo materno, que había sido un agrimen­sor italiano.

En la comisaría, la muchacha fué víc­tima de los mayores ultrajes al pudor.

Aquello ya no era comisaría, sino un vulgar prostíbulo.

Rinini usufructuaba la muchacha, en virtud de una autoridad mal delegada, y se iba quedando con los pobres pesos de la peonada.

Entre tanto era expulsada la india madre, del solar de sus abuelos para ir a refugiarse a Chile, seguida de sus cachorros.

Una vez desierto el rancho, Rondeau que lo entregaba a las llamas, y se in­cautaba de las ovejas, que mediante una contraseñalada venderían al turco grande, que era el comprador obligado de la hacienda mal habida.

Desierto el campo, Davinson lo soli­citó a Tierras y Colonias, previo infor­me de Rondeau.

Se lo concedieron. Pagó su coima al oficial. Hizo un regalo al juez de paz, y anotó en sus libros: Por compra de los derechos a dos leguas... $ 5.000. El se guardaba dos mil quinientos pesos, en pago a la venta de su tranquilidad de conciencia.

La indiecita fué a parar a una casa de lenocinio de Esquel, cuando su pre­sencia fué tenida por peligrosa.

 

XIII

 

Tres años habían pasado desde el día aquel en que los Tchenques ampliara sus dominios, a expensas del destruido ho­gar de Catrielef.

Davinson se había olvidado de sus hazañas, y vivía consagrado al amor de Charles, su hijito, y de su Ketty, a quien parecía querer cada día más.

Su prestigio, como hombre ducho en el cuidado y negocio de ovejas, iba en ascenso ante los ojos de James, quien, viudo, se dedicaba más a las tonadille­ras, que a sus negocios.

Cuando fuera a Buenos Aires, para traer a Ketty y a su hijo, Austín James, le había dado, en prueba de ilimitada confianza, las más amplias facultades.

La Pim había muerto de delirium tremens, en medio de aquellas pampas so­litarias de los Tchenques.

Rinini había sido trasladado a otro territorio del norte, por razones de sa­lud y a su pedido, con el concepto de ejemplar funcionario.

Rondeau había muerto de una nefri­tis hipertrófica, en un hospital de Bue­nos Aires, y sus descendientes contribu­yeron a nutrir hospicios.

La peonada se había renovado en su totalidad, a excepción de Ciríaco, el viejo criollo sufrido y taimado.

Davinson era tenido por todopodero­so, bastando una sola palabra suya, pa­ra que, temeroso, el paisanaje cumpliera sus menores caprichos.

Su fama aureolada de tanta fuerza, ante él temblaban hasta los más guapos.

Sus fechorías le servían para presti­giarlo, y sus procedimientos, comenta­dos en voz baja, le otorgaban fama de vivo.

Davinson ya no bebía, por temor de terminar como Rondeau, y por miedo, de no encontrarse con todas sus facul­tades, en caso de un ataque.

Varias veces había creído ver la si­lueta del maestro, inútilmente asesinado, diseñarse en el horizonte, y señalarlo conel índice, que adquiría proporciones gigantescas.

Otras se le presentaba Catrielef y le preguntaba por su honra y sus bienes.

Davinson enflaquecía y se ponía ner­vioso, por cualquier tontera.

De noche, víctima de pesadillas, se in­corporaba sobresaltado, asustando a su esposa, quien le hiciera ver la necesidad de consultar a un especialista, en la Capital Federal.

En previsión de cualquier sorpresa, dormía con la luz encendida.

 

XIV

 

Al cabo de dos años de prisión, vol­vió Catrielef, a sus antiguos pagos.

En la cárcel había sabido por otros presos, el desastre de su hogar.

Pero jamás podía concebir, las noticias que recibiera de su compadre Lamas, que, su hija después de revolcarse en el estercolero, había muerto, víctima de una sífilis; que su compañera, loca, ha­bía sido encerrada en un manicomio, en Chile; que su hijo menor, había dejado de existir, víctima del hambre y del frío; y que los otros debían mendigar el pan, por tierra extranjera...

Dos gruesas lágrimas, surcaron por su rugoso rostro.

Lamas y su esposa, sollozaron sor­damente...

Incorporándose, de pronto, Catrielef exclamó:

—¡Davinson debe pagar esto!

—Hermano... Cuenta con uno más...

El grito de venganza cundió por toda la comarca.

Y al caer la tarde, cinco hombres ru­dos, con sangre india en sus venas, se ligaban, con un solemne juramento, so­bre los tchenques en donde yacían sus antepasados.

Combinados con los agentes de poli­cía, al amanecer iniciaron la venganza.

Víctima de un sumario, el nuevo me­ritorio estaba en Rawson.

La peonada se había alzado.

La casa ardió por los cuatro costados. El galpón era una llama continua. El humo asfixiaba. Era el principio del fin.

Cuando Davinson, con máuser en ma­no salió afuera, una descarga de cinco fusiles, le hacían rodar, sin vida, por el suelo.

Desde el juzgado, bien parapetado, el nuevo juez de paz, respondía al fuego de los enemigos, que ocultos, tras unas piedras, descargaban sus armas.

El fuego avanzaba, solemne, pero se­guro, debido a la ausencia de viento.

De pronto un auto, anunciaba, a fuer­tes toques de bocina, su llegada.

Dieron el alto.

Se detuvo.

Eran Malacara y Marta, que volvían delcampo del viejo, que le había sido restituido por un nuevo Juez Letrado, y en donde fundaron una colonia, con familias suizas.

Lo saludaron como a un hermano.

—¿Y la patrona? — preguntó Malacara.

—¡Debe estar asada, adentro!

—¡Esto es indigno! — respondió, y sacándose el saco, se arrojó a las lla­mas.

Cuando iba corriendo, le silbó una bala, junto al oído izquierdo.

Era el juez de paz, que creyéndole un asaltante, le había hecho un disparo.

Haciendo caso omiso, prosiguió su marcha.

Al cabo de unos instantes de ansie­dad, reapareció el ex tropero con una mujer y un niño.

Como el juez insistiera en sus des­cargas, cinco fusiles, al descargarse aca­llaban el fuego, venido desde el juzgado.

Ketty y Charles, estaban medios as­fixiados.

Solícita, Marta, olvidando agravios, les prestó sus auxilios.

Malacara conversó un momento con los asaltantes, y luego prosiguieron su marcha.

Los diarios metropolitanos anuncia­ron el hecho, como producto del bando­lerismo impune y de la falta de policía en los territorios del sur.

Aquellos hombres, fuera de ley, se dedicaron a robar y matar, y así se for­mó la célebre cuadrilla del bandido Calietref, que, ligados por el juramento de los tchenques, desfaciendo entuertos, sa­queando estancias y comercios, justifi­caron por algún tiempo, la presencia de la policía, hasta que, de viejos, murie­ron en paz.