Yo conozco a una vecina que ha comprado una gallina que parece una sardina enlatada.

Esta pequeña gallina, negándose a los más básicos principios de la naturaleza, se negaba a poner huevos.

¡Ajá! dijo un día la vecina. Así que no querés poner, ya verás, gallina maleducada.

Así la vecina, profiriendo diversos insultos, salió del gallinero del fondo, que era el lugar habitual donde se encontraba la gallina que no quería poner.

La gallina se preocupó, porqué no decirlo. Ella era una gallina buena, pero algo desde el fondo de su ser le decía: "Escuchadme, querida gallina, no lo hagáis. No pongáis huevois jamáis".

Pero, si bien se sentía segura de sí misma, y consideraba a este acto como una justa rebeldía de su parte, la pobre gallinita estaba un poco preocupada.

Así que salió del gallinero, fue hasta la casa y con un ala golpeó la puerta de su ama.

"¿Qué buscas aquí, gallina terca?"

"Estimada vecina, vengo a decirle que mi decisión de no poner huevos sigue firme, pero a cambio le ofrezco cortar el pasto todos los domingos y, si usted lo desea, lavarle el auto, tanto interiores como exteriores, y pulir los cromados."

"Pero yo te compré para que pongas huevos, y nada más"

"Es cierto" dijo la gallina, "pero mi integridad y mi honor no están en venta".

La vecina, con una leve sonrisa, comprendió que esta gallina encerraba un tesoro, por lo que accedió a lo que el ave le proponía.

Desde ese dichoso día, la gallina fue feliz, la vecina siempre tuvo el pasto cortado y el auto limpio, incluyendo interiores y cromados.

Pero, como toda felicidad tiene su precio, ahora a las tortillas la vecina las hace con gelatina incolora.