Perder un zapato es cosa seria, porque no sirve que nos quede uno solo. O usamos los dos, o nada.

Los zapatos vienen de a pares: dos zapatos marrones, o negros, o rojos, pero siempre dos. Y además, iguales.

En cambio, cuando perdemos uno de ellos —no importa si es el derecho o el izquierdo—, resulta que el que nos queda no puede utilizarse para ninguna otra cosa que tirarlo.

O también puede sucedernos lo mismo que a Luciano.

Un día, como todos los días, salió de su casa para ir a la escuela, con Carozo, su perro salchicha que siempre lo acompañaba hasta la parada del colectivo.

Al subir se le salió el zapato derecho justo cuando el chofer arrancó y el zapato quedó tirado en la vereda, muerto de risa.

Luciano trató de decirle que se detuviera para poder bajar a buscar su zapato, pero el chofer estaba ocupadísimo manejando, cortando boletos y discutiendo con una pasajera que protestaba porque quería sentarse y no quedaban asientos libres.

Cuando Luciano pudo por fin hacerse oír y el chofer frenó, ya habían pasado como cinco cuadras. Y tuvo que regresar dando saltitos para no ensuciarse la media blanca con la tierra de la calle.

Por supuesto que cuando llegó al lugar donde había perdido su zapato, éste ya no estaba. Seguramente alguien lo había recogido o pateado de aquí para allá y ¡vaya uno a saber dónde habría ido a parar!

La cuestión es que Luciano regresó a su casa con un solo zapato al que guardó muy prolijamente dentro de una caja y ésta dentro del placard. Era un zapato nuevo, recién comprado como regalo por su cumpleaños.

Pero no vayan a creer que él se quedó tan campante... ¡No señor! Luciano estaba dispuesto a buscar su zapato derecho por todo el mundo, si fuera necesario.

Por lo pronto, se calzó las zapatillas y se fue al colegio aunque sabía que iba a llegar tarde. Cuando le contó a la maestra lo que le había pasado, ella le propuso algo muy inteligente:

—¡Vamos a buscarlo entre todos! ¿Cómo era el zapato?

—Era de color marrón, con cordones a rayitas marrones y negras y suela de goma así de gruesa... y del número 35.

—¡Muy bien! —dijo la maestra a los alumnos—, a la salida de clases cada uno de nosotros va a ir por la calle mirando muy atentamente hacia todos los rincones: debajo de los autos estacionados, junto a los árboles, entre las plantas del parque, en los cestos de basura... y dónde se les ocurra. ¿De acuerdo?

—¡¡¡¡¡Sí, sí, sí!!!! —gritaron todos. Y dicho y hecho, eso hicieron.

Margarita empujó las ramas de ligustrina de todos los jardines... pero no encontró nada.

Manuel caminó por la avenida y miró en los umbrales de los edificios y hasta preguntó en todos los negocios del barrio.

Mariel recorrió el parque de punta a punta, subió a los toboganes, revolvió la arena del arenero,  dio una vuelta en calesita para ver si estaba dentro del avión o arriba del caballito... pero tampoco encontró nada.

La maestra subió a su auto y anduvo despacito por todas las calles del barrio y le preguntó a una señora que barría la vereda, a un nene que regaba las flores del jardín y a un señor que estaba pintando la puerta de su casa... pero nadie había visto el zapato marrón con cordones a rayitas marrones y negras y suela de goma así de gruesa del número 35... Eso sí, en su recorrido encontró una ojota aplastada, un chupete, dos tornillos y una moneda de diez centavos.

Luciano también caminó como veinte cuadras mirando y mirando hasta que se le cansaron los ojos... pero tampoco tuvo suerte.

Como ya se hacía tarde y su mamá lo esperaba para servirle el almuerzo, se dio por vencido y se fue derechito para su casa, arrastrando los pies, un poco por el cansancio y otro poco por la tristeza de haber perdido su zapato favorito.

Al llegar, Carozo lo recibió con saltos y volteretas de alegría. Con la lengua le dio besos mojados en las manos y salió corriendo hasta su casilla, ladrando para que lo siguiera.

Luciano espió por la puertita y allí dentro, sobre la manta de dormir de Carozo ¡estaba su zapato!, nuevito y brillante, esperando para ser llevado junto al otro que dormía en el placard.

Ese día, Carozo recibió de premio un hueso tan, pero tan grande que no pudo guardarlo dentro de la cucha y tardó como una hora en hacer un pozo para enterrarlo en el rincón más secreto del jardín.