Miguel la sacó del bolsillo de su guardapolvo y la introdujo por la angosta ranura del recipiente redondo con forma de reloj y con dibujos infantiles. La sintió caer, pero su marcha se detuvo en medio de un ensordecedor ruido metálico.

—¿Qué está pasando aquí? —preguntó la moneda.

—Somos todas las monedas como vos, pero de cinco y diez centavos.

—Yo, en cambio, soy de cincuenta —murmuró la recién llegada—. No debería estar con ustedes, porque valgo más.

—No seas injusta, ya que por ser más grande, debés protegernos como una hermana mayor —le contestaron.

—Ya, ya, no me molesten. Apenas Miguelito desee comprarse algo, unas golosinas o un juguete, yo saldré primero de este encierro y le daré el gusto que quiera.

Fue pasando el tiempo y el niño quitó una a una las pequeñas monedas ahorradas hasta que, finalmente, la moneda de cincuenta se quedó solitaria y triste, sin ninguna compañera con quien jactarse.

—Miguel, Miguelito —llamaba a través de la ranura de la alcancía, la triste moneda—, mirame, aquí estoy.

Pero su voz retumbaba sin que la escucharan desde el exterior.

Un día, un perfume de flores le anunció que había llegado el verano y el bullicio de varios chicos que rondaban cerca, le hizo comprender a nuestra amiga que se aproximaban las vacaciones.

Un fuerte sacudón, una vuelta en el aire, y se sentirse deslizar en la mano de Miguelito, fue una sucesión de breves instantes que llevaron a la opaca y adormecida moneda a despabilarse antes de ser cambiada por unos caramelos.

Su nuevo destino fue un cajón del quiosco, dividido en casillitas, donde fue arrojada sin muchos miramientos.

—Pero ¿cómo me trata así, no ve que soy una moneda de cincuenta? —protestó indignada.

En ese momento se escucharon unas pequeñas risitas dentro del cajón. Eran sus antiguas compañeras a las que volvía a ver.

¡El cinco y el cero se hamacaron de risa en sus dorados cachetes!