La literatura infantil —a diferencia de la de adultos, que tiene una mutación más lenta— es un género que está siempre en constante cambio.

La magnitud de la información a la que acceden los niños en la actualidad, los obliga a adaptarse a un mundo cambiante para lo cual tienen que desarrollar estrategias de inserción adecuadas. Si bien la realidad cuasi virtual en la que los obligamos a vivir, fue creada por adultos, son los niños quienes con más velocidad se han adaptado a ella.

Esto obliga a los escritores que transitan por la creación de obras literarias dirigidas a los chicos, a conocer la cosmovisión infantil, sus deseos, dudas, temores y mecanismos para interrelacionarse con sus pares, con los adultos y con el mundo en general.

No se trata de lectores inocentes y maleables, sino de seres pensantes —en realidad siempre lo fueron aunque los disciplinaran en sentido contrario—, que poseen mucha información —demasiada tal vez— difícil de decodificar y a los que hay que acercarse con un criterio de respeto para evitar la desvalorización de su inteligencia.

La literatura, tanto en el plano educativo como para la lectura por placer, debe también aggiornarse constantemente, según va comportándose la forma y el lenguaje en las distintas épocas en las cuales nos desenvolvemos.

Sin embargo, aunque cada año se suman nuevas producciones, también es necesario recordar que los grandes clásicos de todos los tiempos, tienen una vigencia insoslayable por el abordaje que hacen de los temas universales y la maestría de sus autores para escribirlos. ¡Cuántos títulos recordamos que han sido lectura y solaz de los niños desde hace muchas generaciones!

Entonces, para poder hacer una buena selección de obras para ponerlas a disposición de los pequeños lectores, es obviamente necesario conocer su mundo y cuáles son sus intereses a la hora de leer, pero también tener un vasto conocimiento de la literatura universal para acercarle una variedad atractiva y estimulante.