Un día, hace más de mil días, yo era Clarita y caminé a la escuela, salté las baldosas rotas, subí tres escalones lustrosos, saludé y en el aula, en mi banco, resoplando mi flequillo, me dispuse a resolver cuentas y más cuentas. ¡Qué aburrido el pizarrón viajado de números! Por eso en las hojas de mi cuaderno pinté banderas de alegría. A mi señorita no le gustaba y me fastidió con sus sermones sobre la prolijidad y lo serio del subrayado azul. ¡Qué raras son a veces las maestras! Bueno, a lo mejor, solamente la mía, ya que usaba el margen de mis hojas y con unas letras enormes y rojas como un grito escribía: "Estudie las tablas".

Ya no cuento más de mis gustos ni de mis disgustos. Mi flequillo estaba quietito y mi cuaderno dispuesto a sufrir con mis olvidos y borrones, cuando la puerta se abrió y no como siempre. Se abrió miedosa. Una cabecita oscura con ojitos tirantes se asomó. La señorita Nélida se acercó e invitó a la cabecita a pasar. La cabecita tenía cuerpo con guardapolvo y mochila flaca.

—Este es un nuevo alumno —nos dijo—. Se llama Tikisoki, ha venido con su padre a vivir a nuestro pueblo.

Y mirándonos a todos, le indicó a Tikisoki:

—Te sentarás con Clarita.

Sé que me puse colorada (colorín colorada me decían los chicos), se me disparó el lápiz y también se asustó el cuaderno. Qué mañana de líos, pero sólo fue esa mañana. Nos hicimos muy amigos Tiki y yo.

Desde que llegó, muchas veces, frente al espejo, tiraba mis ojos hacia atrás, pero me dolían mucho y comenzaban a lagrimear. A Tiki ¿le dolerían los ojitos tirantes? No me animaba a preguntarle, hasta que en un recreo, cuando estábamos descansando de una mancha, la pregunta salió corriendo:

—¿Te duelen los ojitos tirantes, así?

Tiki primero me miró asombrado, después se rió sin ruidito, tragando la risa como caramelos. Yo también reí. ¡Qué suerte, tiene ojitos que no duelen!

Todos los lunes llevaba un ramo de claveles a la maestra y me regalaba un clavel a mí.

—¿Por qué los lunes traés claveles? —le pregunté.

—Porque papá los corta los lunes y los lleva a las florerías.

—¿Cuántos claveles?

—Muchos.

Esa tarde Tiki me invitó a su casa. Era blanca y pequeña. En un gran terreno, en el fondo, había una enorme caja de vidrio que encerraba no sé cuántas sumas y más sumas de claveles. Todos erguidos parecían felices, húmedos, con mil arco iris en sus hojas y en sus coronas.

—Tiki ¿por qué están encerrados?

—Porque crecen mejor, no tienen frío, pueden mirar el cielo y se alimentan de arco iris.

—Yo no podría ser un clavel.

—Vos sos Clarita y yo soy Tiki.

No pasó mucho tiempo. El papá de Tiki se llevó todos los claveles, la gran caja de vidrio y también a Tiki.

 

Cuando pienso en Tiki, me miro al espejo, estiro mis ojos, pero no me veo. Enseguida empiezan a lagrimear.