Cuentan en Bolivia, las personas más ancianas, que hace miles de años —mucho antes de que Colón llegara a América—, el cielo estaba tan cerca de la Tierra que de vez en cuando algún meteorito, asteroide o planeta perdido, chocaban con ella matando a mucha gente y animales y provocando terribles inundaciones y derrumbes de montañas.

Por un cataclismo parecido, ya habían muerto los dinosaurios y las plantas y a la naturaleza le costó miles de siglos volver a desarrollarse. Recién cuando todo volvió a estar en su lugar y la vegetación creció y los ríos volvieron a llenarse de peces, es que apareció el ser humano.

De a poco, se fueron formando las tribus en cada región y el hombre evolucionó y fue aprendiendo a vivir y a defenderse de las amenazas naturales. También a cultivar y a cazar y a parecerse a las personas actuales.

Es así como llegó una época en que por esas tierras vivían los Chimanes, un pueblo originario de Bolivia, que habitaba una zona rodeada de ríos y arroyos —tantos, pero tantos, que cuando las lluvias los desbordaban las casas se inundaban y la gente debía huir hacia terrenos más altos.

La leyenda nos cuenta la historia de una viejita pobre y solitaria, que vivía allí y estaba tan débil que sus piernas se negaban a caminar. Pasaba hambre, y no tenía a nadie que le ayude a labrar la tierra o a criar algún ganado para obtener alimento.

La viejita vivía gracias a unas pocas plantas de maíz que crecían en el fondo de su casa y al huevito que cada día ponía su única gallina.

—¡Cuánto hace que no tengo un rico y gordo pescado para comer! ¡Ojalá alguien me ayudara a pescar aunque fuera uno sólo! —se lamentaba la viejita.

Si bien el río quedaba bastante cerca y en él había muchos peces, ella no tenía un bote ni tampoco fuerzas para salir a pescar. Y los vecinos vivían en sus chozas, alejados unos de otros y cada cual se ocupaba de proveer alimento a su familia y nadie se acordaba de la pobre vieja.

Un día, cuando la mujer fue a buscar un poco de agua al arroyito cercano, le pareció escuchar un silbido. Primero creyó que era un pájaro y miró hacia arriba, al árbol bajo el que estaba sentada. Observó atentamente cada rama y también entre las hojas, pero no vio nada.

Continuó cargando agua en la bolsa de cuero que usaba como envase y ¡otra vez!

—¡Fiu… fiu! —un chiflidito, muy suave, como si el pichón de algún pájaro estuviera piando. De algún pájaro desconocido, porque ella conocía todos los sonidos del campo y ese chiflido nunca lo había escuchado.

Como en el árbol no vio nada, miró hacia el arroyo… y tampoco, y luego comenzó a abrir con sus manos los matorrales de la orilla y ¡qué sorpresa!, entre las plantas vio algo larguito y brillante que parecía moverse.

—¿Qué será? —pensó la mujer, pero le dio un poco de miedo tocarlo, porque en esa zona de lagunas, ríos y pantanos hay muchos yacarés de boca grande y dientes afiladísimos que podían arrancarle un brazo de un solo tarascón. Y como ella les tenía terror a esos enormes lagartos, se fue lo más rápido que le daban las piernas, a su choza y se encerró en ella.

Todo el día estuvo dándole vueltas en la cabeza esa cosa extraña que había visto. Pensó que tal vez el chiflido era un pedido de auxilio. O un grito de alerta. O de miedo.

¿Qué extraño ser, desconocido para ella, podía estar allí, y de dónde habría llegado? ¿Era un ser vivo, un animalito, o qué? No lo sabía, pero ella había visto “algo”.

En la noche soñó que ese “algo” brillante la llamaba y se movía como si tuviera vida. Sintió mucha curiosidad y por la mañana, dio vueltas y vueltas por el patio hasta que tomó coraje y fue a buscarlo.

Al llegar a la orilla del arroyo, miró para aquí y para allá con desconfianza, por las dudas de que algún yacaré estuviera al acecho. Como no vio nada sospechoso, buscó entre las matas y nuevamente —guiada por el chiflidito— lo encontró. Con un palito largo despejó el pasto que lo rodeaba y vio algo con forma de gusano, blanco y cremoso, que la miraba con los ojitos cariñosos de un bebé.

—¿Y ahora qué hago? —se preguntó la viejita.

Pero la mirada de ese ser pequeñito e indefenso era tan tierna que le dio pena dejarlo morir allí. Entonces, lo envolvió en una hoja de yuca y lo llevó a su vivienda.

Al llegar, lo metió en una vasija con forma de cuna para poder alimentarlo, mientras le hablaba como si fuera un bebé. Ella, que siempre había vivido sola, de pronto se encontró en compañía de un ser que necesitaba de su cuidado. Y entonces comenzó a considerarlo como un hijo.

—Tengo que ponerte un nombre —le dijo, señalándolo con el dedo— y voy a llamarte Ñucu. ¿Te gusta?

—¡Fiu! —exclamó él y una sonrisa apareció en su boquita.

La mujer y Ñucu compartieron lo poco que tenían, pero al tiempo, había crecido tanto que el cántaro donde dormía le quedó chico. Entonces la mujer tuvo que fabricar uno más grande, y ahí puso al niño-gusano.

No tardó mucho en crecer más aún y ese cántaro también le quedaba muy pequeño.

Ñucu siempre tenía hambre y comía mucho. A pesar de su pobreza, la mujer trabajaba sólo para alimentarlo. Por fin, Ñucu, que había aprendido a hablar, dijo:

—Madrecita, ya no alcanza la comida para ninguno de los dos. Me voy al río a pescar.

Esa misma noche, Ñucu fue hasta el río, se zambulló en el agua y como su cuerpo era tan largo, atravesó el río de orilla a orilla formando un dique, entonces los peces quedaron atrapados en el embalse y comenzaron a saltar hacia afuera.

Al amanecer, Ñucu regresó a la vivienda y le avisó a la mujer que fuera con una canasta hasta el borde del río porque allí la esperaba una sorpresa.

Ella corrió a comprobar que muchos hermosos y plateados pescados estaban sobre la arena esperando ser recogidos.

Desde entonces siempre tuvo alimento, y cada noche iba con su hijo al río y correteaba por la playa agarrando pescados y metiéndolos en su canasta.

Tantos pescaban que la mujer pudo canjear algunos con los vecinos por verduras y hasta por una cabra para tener leche.

Pero, como siempre suele suceder, la gente de los alrededores se dio cuenta de que algo extraño sucedía y comenzó a murmurar:

—¿Cómo es posible que esta viejita tiene ahora tanto pescado, si antes se moría de hambre?

Y entonces, un vecino fue y se lo preguntó:

—¿Cómo obtienes tanto pescado?

La mujer no quería compartir ese secreto, porque pensaba: “Si todos viene a pescar aquí, pronto yo me quedaré sin alimentos.”

Pasó el tiempo. Ñucu había crecido muchísimo y ocupaba tanto espacio que las aguas ya no podían seguir su camino. Entonces todos los peces quedaban encerrados dentro del lago que se había formado allá arriba. Los vecinos vieron que el río se volvió cada vez más finito hasta que desapareció.

Entonces, él se dio cuenta del daño que les estaba haciendo a los otros vecinos, y le pidió a la mujer:

—"Madrecita, anda, diles que vengan aquí a pescar".

La mujer fue y les dijo:

—Allá arriba está mi hijo Ñucu. Vengan, él los invita a recoger pescados para todos.

De tal manera que la gente pudo enterarse del secreto de la viejita y a partir de allí pudieron vivir varios años sin pasar hambre.

Pero resulta que Ñucu siguió creciendo y creciendo y creciendo y llegó a ser tan enorme que ya no cabía en ninguna parte, ni siquiera en el campo vecino que llegaba hasta el horizonte; entonces se puso a pensar cómo solucionar ese problema.

—¿Me iré nadando hasta el mar? allí las aguas son profundas y ni siquiera se ve la otra orilla…  O tal vez debería ir hasta el gran desierto de arenas voladoras, donde nadie se atreve a vivir porque el calor es insoportable… O podría intentar vivir en el salitral inmenso que hay del otro lado de este valle… No sé qué hacer. ¿Qué conviene más? ¿Dónde puedo ser más útil para ayudar a la gente?

Esa noche se quedó a contemplar las estrellas para poder pensar serenamente. Se recostó panza arriba, mientras las luciérnagas encendían lucecitas a su alrededor y las ranas cantaban a coro para hacerle compañía.

Ñucu estaba triste, porque presentía que había alguna razón poderosa para haber llegado a ese lugar y que seguramente había más cosas por realizar y más lugares por recorrer. Obviamente no era hijo de la viejita, aunque él la consideraba su mamá.

—Soy de otra especie, no sé de cual, pero seguro que no soy humano. Tampoco soy como el resto de los animales terrestres. ¿Habré venido del espacio…? ¿de algún otro planeta lejano…? ¿del cielo…?

Y en ese momento Ñucu descubrió que su misión en ese lugar ya había terminado y que debía hacer algo muy importante en otra parte.

Cuando al amanecer regresó a la vivienda, dijo:

—Madrecita, debo irme. Estoy seguro de que tú y tus vecinos ya no pasarán hambre, porque han aprendido a unirse y entre todos se ayudarán. Yo debo cumplir con otra tarea: sostener el cielo bien arriba para que nunca más los planetas choquen con la tierra.

La viejita se quedó muy triste, porque perdía a quien ella había criado y sentía como a un hijo, pero se dio cuenta de que Ñucu era un enviado del cielo para ayudar a toda la humanidad. Entonces, lo despidió con la promesa de que le enviara de vez en cuando alguna señal.

Ñucu se fue arrastrando lentamente hasta llegar a un monte bien alto, con mucho esfuerzo se irguió, y se estiró y se fue elevando en el aire, sosteniendo el cielo y empujándolo hacia arriba, más y más hasta dejarlo en el lugar en que está ahora.

Al ver el cielo tan lejano, la viejita creyó que había perdido a su hijito para siempre y comenzó a llorar, pero esa noche, cuando todo se puso oscuro y la luna dejaba su huella plateada en el arroyo, lo vio brillando allá arriba. Era la Vía Láctea, con sus destellos que parecían chispas de luz. Y ella entonces supo que su querido Ñucu le estaba guiñando los ojos, en señal de amor.