En un claro del bosque y muy cerca del río estaba la Casa de Lata. Era una antigua casa de tres piezas, construida y abandonada quizás cuantos años atrás por un colono que nunca volvió. Allí se reunían los animales de ese valle en las tardes de lluvia. Allí conversaban de sus problemas. Allí los animales más andariegos contaban esos cuentos de los hombres que vivían muy lejos del valle.

Una tarde la liebre Saltacerros echó a correr desde la Casa de Lata hasta el río. Se la veía nerviosa y preocupada, pero no contestó a las preguntas de los otros animales.

-Busco al pato Plumacho para contarle algo muy grave que está pasando -se limitó a decir. Esto hizo que muchos la siguieran para ver qué cosa era tan grave para la juiciosa liebre.

Como Plumacho, el pato real, era muy apreciado por su buen criterio, a él acudían los animales cuando tenían alguna dificultad. La liebre lo halló al borde del barranco.

-¡Plumacho, algo terrible está pasando en la Casa de Lata!. Escuché ruidos raros que me pusieron tiesas las orejas. Debes ir a ver.

Y partieron allá seguidos por un grupo de animales cuyo número aumentaba según se acercaban a la Casa de Lata. Ocultos tras el follaje observaron con temor. En efecto, de adentro se escuchaban pasos, golpes y de pronto un grito que comenzó como lamento y terminó con fuerza aterradora:

-¡Ayyyyoooooáaaaaaaaaaaaa!

Ya oscuro, una tenue luz iluminó la ventana. A ratos una silueta enorme ensombrecía los vidrios. Varias veces más volvieron a escuchar el grito.

-Es la sombra de la muerte -dijo Saltacerros, temblando.

-No. Es un monstruo -dijo el conejo Gaspar

-No. Es un fantasma -intervino el búho Concón.

-¡Hay un fantasma en la Casa de Lata! -murmuró Plumacho.

Y aquella noche todos los animales del valle supieron del fantasma de la Casa de Lata, que era enorme, feroz y lanzaba gritos tan aterradores que hasta podían paralizar en vuelo a un ave nocturna y dejarla allí suspendida para siempre.

Toda la noche y a la mañana siguiente varios animales se mantuvieron atentos a lo que ocurría en la casa. Informaron luego a Plumacho.

-¡Es terrible! Los gritos son de otro mundo y cuando cesan se escucha un ruido extraño, distinto a todo lo que hemos oído -y trataban de explicarlo sin que nadie entendiera nada. ¡Era tan difícil repetir ese ruido!

-Es algo así como pin-pin-pin, clumba climba parai-pin-pín, clóm clám cric-pín, tira tura, tara-tá -dijo el gruñón pato Patofiero, indignado porque el misterioso ser que habitaba la casa no les dejaba reunirse allí para conversar de sus cosas y escuchar buenos cuentos.

Esa noche, entre los golpes y los gritos aterradores los animales oyeron también ese otro sonido que Patofiero malamante había repetido.

-Eso es lo que los hombres llaman música -aseguró el búho Concón.

-Entonces es la música de la muerte -agregó Saltacerros.

-No. Es la música de los monstruos -dijo el conejo Gaspar

-No. Es la música de los fantasmas -continuó el búho.

-Entonces, es la música del fantasma de la Casa de Lata -concluyó Plumacho.

Y esa noche se dijo a todo lo largo y ancho del valle que el fantasma de la Casa de Lata tenía su música propia de fantasmas.

En parte por miedo y también para dedicarse a sus cosas, los animales comenzaron a alejarse de la casa y su habitante, pero el asunto les seguía preocupando. Sólo el búho hizo vigilia por varios días hasta que logró ver de cerca al terrible ser. Llamó luego a los animales:

-Lo pude ver de cerca, Plumacho, como de aquí adonde estás tú. Casi me muero de miedo cuando gritó, pero, ¿sabes?, no es un fantasma sino un hombre enorme y feroz. Su pelo es largo y le cubre también la cara. En cuanto a sus gritos estoy seguro que son de dolor, porque al mismo tiempo se cubre la panza con las manos.            

-No. Esas no son manos, son las patas de arriba-aseguró Gaspar

-Y allí no está la panza, sino el corazón, lo que hace tan-pún, tan-pún -agregó Saltacerros.

-¡Es la panza! -gritó el búho

-¡Basta! -intervino Plumacho-, el búho sabe más de eso que nosotros y ni yo le voy a discutir. Quedamos en que son las manos y es la panza y se acaba el lío. Ahora, ¿qué hacemos?

-Cuando me duele la panza mastico hojas de laurel -dijo Plumagris, el pato cuchara.

-No. Lo único bueno para eso es la menta negra -aseguró Gaspar.

-Conejo loco. Eso sirve para la cabeza y las quebrazones. Para la panza lo único bueno es el laurel, como dijo Plumagris  -gruñó Patofiero

-Bien, basta ya. Esta noche le dejaremos hojas de laurel en la puerta.

-Y que se mejore y se vaya pronto para que nos devuelva nuestra casa -volvió a gruñir Patofiero.

Así lo hicieron. A la mañana siguiente, al salir, el hombre encontró un montón de hojas y ramas recién cortadas frente a la puerta. Furioso buscó huellas humanas en las cercanías.

-Esto debe ser una maldición o la broma de algún imbécil   -murmuró, y luego se volvió a gritos hacia el bosque-. ¿Quién me está molestando? ¡Déjenme tranquilo, quiero morir en paz, váyanse!

A puntapiés esparció las hojas. Luego se encerró en la casa.

-Me da rabia haber perdido el tiempo en el bosque anoche -se lamentó Patofiero.

-Me da pena por él -dijo Plumacho-, ¿cómo decirle que eso le hará  bien?

Luego escucharon la música, sólo unas cuantas notas y otra vez los gritos. Los animales se alejaron en silencio.

Vinieron días de lluvia y frío en que el hombre salía de vez en cuando a buscar leña. La enfermedad le atacó con fuerza y al parecer le escaseaba la comida. Una tarde salió caminando con dificultad, recogió agua en una olla y con gesto de rabia arrojó en ella unas cuantas ramas.

-Por lo menos esta basura le dará algún gusto -murmuró.

A la mañana siguiente se sintió mucho mejor. ¿Sería por la bebida? No lo sabía, pero volvió a prepararla muchas veces hasta que las hojas, marchitas ya las últimas, se acabaron. Luego pudo salir largo rato a recorrer el bosque para hallar el árbol cuyas hojas tan bien le habían hecho. Pero en ese lugar los laureles son tan hermosos como escasos y volvió con las manos vacías. Sólo una hoja encontró frente a la casa y se volvió al bosque, masticándola:

-¡Quiero más, más! ¿Me oyen? Me hizo bien y quiero muchas hojas más. No pude encontrarlas, pero ustedes saben dónde hay más -dijo con desconsuelo y mirando con ansiedad hacia el bosque. Repitió su pedido hasta quedar ronco.

El pato Plumagrís lo vio. Las aves llevaron el pedido a todo el valle. Esa noche juntaron  tal cantidad de hojas ante la puerta que cuando el hombre la abrió al amanecer, se le fueron encima haciéndolo caer.

-¡Santo Dios! Pude ser el primer hombre en morir aplastado por sus remedios.

Se rascaba la cabeza con incredulidad y alegría.

Los animales escucharon luego una música distinta desde la casa, unas notas suaves y alegres que los mantuvieron cautivados largo rato. Luego el hombre salió a examinar las huellas cercanas a la casa.

-Sólo son de patos, conejos o liebres y qué sé yo -se decía-, ¿será posible?

Y los llamó a gritos, pero nadie contestó. Los animales aún tenían miedo.

Día tras día siguió repitiendo sus conciertos de guitarra, ya que ese instrumento  era  el   que tenía. Cada   vez  se  le  veía  mejor y desde temprano recorría el bosque y la ribera del río a grandes zancadas. Su semblante era más sereno y risueño. A veces se quedaba quieto muchas horas fuera de la casa, observando el bosque. Al ver los ojos de algún animal, sonreía sin decir nada.

Una madrugada de sol le vieron recoger una a una todas las hojas de laurel que pudo meter en dos grandes bolsas. Comenzó luego a trajinar en el interior de la casa. Los animales, que esperaban la música, comenzaron a impacientarse. El hombre se iba. Dejó afuera una vieja maleta café y habló hacia el bosque:

-Me voy, amigos. Ya me recuperé. ¿Querrán ahora venir para que los vea y los conozca? Les haré un regalo, también.

Trajo la guitarra y en el claro del bosque tocó la melodía más hermosa que nadie hubiera oído. A ratos la música tenía la fuerza de un torrente y el ritmo de las cascadas, para seguir luego con la certeza y suavidad de un vuelo de golondrina. Tenía en sus acordes al viento que inclinaba los grandes alerces, la gracia de las bandadas y la melodía de todos los arroyos del mundo a la vez. Nadie supo cuanto duró ese momento maravilloso, y cuando el hombre dejó de tocar la música siguió surcando entre los montes y los ríos como un regalo de eternidad.

Plumacho y Gaspar fueron los primeros en asomar al claro. Luego fue Plumagris, Saltacerros, Patofiero y muchos otros. Sólo Concón permaneció en su árbol porque de día le era muy difícil volar. El hombre miró a los animales con emoción y acarició por largo rato la superficie y las cuerdas de la guitarra.

-Esta le dejaré aquí para ustedes -dijo ante los animales que escuchaban  con  respetuosa  atención-, y  no  podrá quedar en mejor lugar. Es  todo cuanto puedo darles. No tengo nada más que dos cosas en el mundo: esta guitarra en mis manos y este corazón nuevo en el pecho. La guitarra se las dejo y el corazón se los debo.

Dio un largo suspiro antes de continuar:

-¿Saben?, no creo que me entiendan, pero he pensado muchas cosas en estos días. Se preguntarán por qué llegué aquí. Yo venía huyendo de lo que dije y lo que me dijeron, porque nosotros los humanos tenemos un lenguaje maravilloso que a veces empleamos sólo para decir cosas que nos hieren. Así, por una tonta discusión dejé mi gente y mi pueblo. Luego el rencor y la rabia me hicieron enfermar. Pero Dios quiso -aquí el hombre los miró con cariño- que en este lugar estuvieran ustedes, que aún en el peligro de la noche buscaron una medicina para un hombre que nada les había dado.          

“Amigos, lo que vale no es lo que decimos a los demás, sino lo que hacemos por ellos. Les doy gracias por haberlo comprendido antes que sea demasiado tarde. Ahora vuelvo a los míos.

Envolvió la guitarra con las ropas que le abrigaron y la depositó en un rincón de la Casa de Lata. Luego, tras despedirse de los animales, se marchó río abajo.

-Nos dejó la chicharra -dijo Gaspar, con emoción.

-Chicharra no, conejo loco, chatarra -gruñó Patofiero.

-Chatarra no, ¡guitarra, gui-ta-rra! -grito el búho desde los árboles.

-Nos dejó la guitarra -concluyó Plumacho-, y la guardaremos hasta que vuelva otro humano bueno como él, para mostrarnos la tierra y el cielo en su música.

Y se quedaron allí hasta que el hombre asomó por última vez en el monte, agitando su mano en despedida.