Todo ocurrió en una humilde escuela de barrio, una mañana de primavera.

—Chicos —dijo la señorita Carmen— ilustren el trabajo utilizando únicamente los colores primarios.

Yanina abrió su cartuchera de plástico gris y sacó tres lápices de la cajita: el azul, el rojo y el amarillo.

Primero dibujó una mariposa y la pintó de azul como la tapa del libro que había sobre el escritorio. Luego pintó un sol bien redondo con rayos amarillos. Y por último dibujó un gatito y lo pintó de rojo como la manzana que había traído para comer en el recreo.

—Pero... los ojos tienen que ser verdes —dijo Yanina. Y le pintó unos ojos grandotes como dos aceitunas.

Cuando terminó, se puso a contemplar con gran alegría su obra de arte.

"Parecen de verdad", dijo. Y ¡oh sorpresa!, el gatito, dando un salto y levantando la cola, le contestó: Miauuu. Y desapareció.

La mariposa azul movió las alas, salió de la página y se posó sobre los dedos de Yanina. Pero enseguida volvió al cuaderno y se detuvo con suavidad sobre uno de los rayos amarillos. Y después se escondió detrás del sol.

Yanina no podía creer lo que estaba ocurriendo.

—¡Señorita Carmen! —gritó—. Mi mariposa vuela y mi gato rojo desapareció.

Todos rodearon el banco de la niña; los compañeros, la maestra, la directora, las porteras.

—Yanina —le respondió la maestra, acariciándola con ternura— si solamente has dibujado un hermoso sol amarillo.

—Y una mariposa azul... Y un gato rojo...

Y cuando Yanina tocó el sol con la punta del lápiz, los rayos comenzaron a caer sobre los guardapolvos blancos, hasta que el sol también desapareció por completo.

La niña no pudo contener el llanto. Entonces todos decidieron recoger los rayos del sol, uno por uno, y los fueron dejando sobre el cuaderno de Yanina.

En ese momento, una mariposa azul entró por la ventana, se posó en el pizarrón y sobre la nariz de la directora, sobre las trenzas rubias de Lucila y sobre el flequillo de Damián. Finalmente, se detuvo en la página del cuaderno de Yanina, donde ahora un sol enorme movía sus brazos amarillos para saludarla.

—¡Aparecieron! —exclamó la pequeña—. Aparecieron, señorita Carmen.

Yanina cerró rápidamente el cuaderno para no perderlos otra vez.

—Pero el gato pelirrojo... ¿dónde se habrá metido? —se preguntaba.

Cuando llegó a su casa le contó todo a sus padres. Y ¡qué sorpresa!, ellos le dijeron:

—Como sabemos que te gustan los gatos pelirrojos te compramos uno en la Veterinaria Michiguau. Tiene los ojos verdes como la abuela Paca y los bigotes largos como los del tío Serafín.

Yanina no quiso escuchar más. Corrió a su cuarto, abrió el cuaderno con mucho, mucho cuidado y allí, sentado sobre un renglón, estaba su gato pelirrojo jugando con la mariposa azul, mientras el sol amarillo, cruzado de brazos, los miraba sonriente.

Nunca más se escaparon del papel.

Desde ese día, Yanina juega con ellos todas las noches, antes de dormirse. Y se la ve tan feliz, que nadie se atreve a preguntarle nada.