Cuentos

 

Un cliente de nuestro comercio —al que voy a llamar Francisco Pranao, para no ponerlo en evidencia en un hecho real que le tocara vivir—, enterado de que iba a realizar un viaje hasta Atraico para llevar algunos pedidos, vino a entrevistarme; y lo dejé hablar sin interrumpirlo en ningún momento, conociendo que acostumbraba utilizar una terminología muy propia y poco común…

 

La idea de la casa comenzó un domingo por la mañana.

—Está haciendo frío —dijo ella.

Después miró el mar. Las paredes lisas, despintadas de la casa. El hombre acercó un tronco de molle al hogar. El fuego ardía confiado en la mañana gris, entre el hilo delgado del horizonte, el lento chillido de las gaviotas que parecían rebotar en la superficie blanda de los médanos, en la espada aguda de los olivillos.

 

Si no ocurría un milagro, todo se iría al diablo. Los años esfuerzos y sacrificios inimaginables, habrían sido en vano.

Absalon Trent cavilaba, con la cabeza tomada entre sus nos, sentado a una rústica mesa en su rancho situado a orillas un chorrillo que, a poco más de una legua de allí, desemboca en el río de las Vizcachas.

 

(a Raúl Artola)

 Hay un tigre que vive en mis sueños. Para explicarlo, debo hacer historia. Breve. De chico me gustaban mucho los circos. Me volvía loco por los circos. Siempre les pedía a mis padres que me llevaran a ver las funciones de los circos que llegaban al pueblo. A la tarde me pasaba horas delante de la jaula de los animales. Los tigres eran mis preferidos.

 

El hombre apenas visible, arriba en el nido de cuervo sobre el palo mayor, cubierto por su negro impermeable de marino y su gorro de hule, que sólo dejaba ver un rostro curtido que recibía de frente todo el frío y la llovizna, lanzó un grito, al mismo tiempo que levantaba el brazo para señalar hacia el horizonte.

—¡Blaast! ¡Da er blaast!