Cuentos

 

Hacía días que la lluvia persistía en la zona. Por momentos el sol aparecía detrás del espeso cúmulo gris; entonces se oían los gritos apagados de aves y balidos de ovejas. Aquella mañana Aurelia ensilló el caballo y recorrió los senderos cuesta abajo rodeando los cerros y buscó en los mallines. Las ovejas pellizcaban, casi al galope, los montes mojados.

 

Pisotón o Pata e’cricket lo llamaban, por esos pies enormes o quizás por esa forma suya de pisar la vida o de andarla así, a los manotones, a puro pecho y hombro, a puro todo o nada.

 

Es de madrugada. La bruma costera aún no se despega de la tierra, el mar yace bajo el negro del cielo. El frío del amanecer azota a la llanura interminable de la meseta. Las bardas, centinelas eternos, comienzan a colorearse de tonos apagados.

 

Todo empezó con José y Jerónima, ambos inmigrantes zamoranos. Y todo siguió con uno de sus nietos, fiel a todas y cada una de las recetas aprendidas en algún manual de conductas indecorosas.

 

(a Elvio Gandolfo y Osvaldo Aguirre)

Jimba era escritor y por ese nombre se lo conocía. Si tuvo otro nombre, y seguramente lo tuvo, nunca lo supe. Lo que yo conocía de él era algo más que su nombre. Lo había frecuentado en una reunión de escritores en la ciudad junto al mar cuando él ya tenía libros publicados y yo iba por mis primeros borradores de lo que sería, años más tarde, mi primer libro fallido de relatos que siempre quise esconder.