Cuentos

 

Una persona escribía un cuento sobre un escritor que en un momento de la trama tenía que ser muerto por un asesino a sueldo. Pero sucedió algo imprevisto: el asesino a sueldo se equivocó de víctima, y en vez de matar al personaje del cuento mató a la persona que escribía el cuento.

 

Sobre la calle Uruguay perdura un conventillo siniestro en el que viven familias numerosas desperdigadas por habitaciones diminutas, maltrechas; y solterones de oficios oscuros, de profesiones insondables. Todo el conjunto perdió hace años la lucha contra la humedad y sólo en algunos rincones se adivinan retazos de la pintura que formó parte de mejores épocas, acaso más radiantes.

 

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Esta tierra, que mira desde el sur a la esperanza tiene en cada uno de nosotros una pequeña historia. Este continente de silencios doblegados se nos trepa a la sombra en atardeceres de bronce y fuego, se nos sube a los ojos con sus cielos limpios y a la piel con todos sus duendes fecundados. 

 

Aquella noche, entre el ruido de sus respiraciones y el olor de sus cuerpos, que se concentraba en el local cerrado para evitar el frío intensísimo del verano antártico, los hombres estuvieron listos a la espera de la señal convenida. La ansiedad, seguramente, los había tenido en vela basta esa hora. Y a las 3 de la madrugada, en medio de la obscuridad, apenas disipada por la luz de un farol que colgaba del techo, 17 de ellos se levantaron simultáneamente atacando por un lado al centinela, mientras que, por el otro, se abalanzaban para apoderarse del armamento y de las municiones, colocados al fondo junto mismo a la tropa dormida. Todo fue hecho en un instante.

 

Volvía de uno de mis infrecuentes viajes a la capital de la provincia que me dio un lugar para nacer.

El ómnibus cumplía con la tradición de ser un desecho de las grandes ciudades que se había ido vendiendo a pueblos cada vez más chicos con relación a los años que amontonaba. Y a los artefactos que iba perdiendo.