Cuentos

 

Philippa Wells, era una mujer fascinante. La conocí hace algunos años en una cantina de Puerto Madryn.

Fue en un mediodía de verano que repentinamente se tornó frío y borrascoso. El viento del sudeste azotaba los ventanales. En pocos minutos desapareció el colorido de las tablas de windsurf que navegaban cerca de las costas y el agua esmeraldina del golfo se tornó gris y espumosa. Los veraneantes abandonaban la playa como si fuese un ejército de cucarachas evitando ser atrapadas por la mano impiadosa de aquél extraño verano.

 

Todo es singular en barrio Chico. Desde sus calles irregulares hasta sus pasajes angostos, sus curvas insólitas y su peligro latente. En sus noches esconde malandras de toda laya y muestra en sus días la cara buena de los vecinos hacendosos. Cuando el sol de derrama en vertical lo transitan los carteros y los policías, con parsimonia, pero se vuelve tenebroso y desierto bajo el mando de la luna.

 

Médula se declaraba marxista ¡para joder! Decía Médula que la sociedad era lucha de clases ¡barrios cerrados, villas miserias! Ya no quedaban marxistas, había pasado el tiempo ¿Por qué Médula no hablaba? ¿Qué significaba hablar? a) prestarse al equívoco b) que el mensaje retornase invertido c) que se digan convencionalidades d) que el temor al otro sea más verdadero que lo que se dice e) que se diga que no se encuentran las palabras f) que el lenguaje resulte insuficiente.

 

No recuerdo en que año lo conocí a Pedro. Pero creo que muchos, ya que me recuerdo bastante joven en aquellos tiempos. Pedro usaba siempre un viejo gorro de aviador, con antiparras incluida, y en muchas oportunidades cargaba, en una mochila, un soplete de soldador. Nunca le pregunté ni pude determinar su edad, pero por su apariencia rondaría los treinta años.

 

Al paso de sus caballos, manteniéndose en contacto únicamente por el sonido de sus voces, los hombres marchaban en medio de la noche terriblemente obscura. Cubiertos con sus ponchos, que apenas los defendían del intenso frío, iban azotados por el viento constante de las llanuras patagónicas, que oían silbar en las matas de chañares, y que levantaba la fina arenilla del desierto, que sentían crujir entre su dentadura.