Cuentos

 

Era tarde ya, cuando, en medio de la soledad del Pacífico Sur, sobre las costas de Chile, cinco barcos de guerra y tres transportes, avanzaban pesadamente levan­tando al aire enormes columnas de agua que embarcaban con la proa. La agitada superficie del gran océano los obligaba a librar una verdadera lucha con las olas gigantescas. Pero, aún en medio del mar bravío, conservaban su formación de com­bate. Ya en varios de ellos comenzaban a encenderse las luces. Era la escuadra del almirante von Spee, que quince días antes había zarpado de Valparaíso con rumbo desconocido.

 

César Fernández Moreno, que era poeta y abogado, se pregunta: “¿Dónde están, dónde son los argentinos? El médico está haciendo política, el empleado está haciendo tiempo, el abogado está haciendo versitos ¿no ven? En rigor, nadie tiene profesión. Somos argentinos de profesión”. Pero hubo un abril, en el sur, con nevadas, guerra y muertos. No hacíamos política los médicos en esos días trágicos, querido César. El título del poema anticipaba nuestras tragedias nacionales. Lo publicaste en 1963: “Argentino hasta la muerte”.

 

Hostigada por un aluvión de desgracias sucesivas la razón de Madelén Bidagaray cede al embate y es invadida por las hordas de una dimensión alucinada. La compañera del hombre que apostó al futuro de Santa Rosa al plantar los cimientos de una esperanza que hoy lleva su nombre, Villa Uhalde, se refugia en un viejo galpón y allí se queda a esperar a las parcas. Cada tanto los fantasmas retornan y ella denuncia a gigantes de un solo ojo o secretos aquelarres a pocas cuadras del hospital de zona. Desesperada, formula extrañas invocaciones a Aitor que nadie entiende. Esto ocurre en Santa Rosa, en un territorio surcado por las luces malas y los tinguiriricas. Sucede que a la hora de defenderse Madelén apela a las armas que le provee su atormentada memoria: los dioses, las voces y los mitos del país vasco que ha quedado  lejos, infinitamente lejos.

 

Al tercer día de morir, comenzaron a caer flores rojas, rojas hasta el tallo, sobre la tumba de Carmen Quinteros.

Su mujer nunca había llevado flores al cementerio, en realidad a ningún cementerio, pero ahora las depositaba con cuidado sobre la tierra removida, con un dolor de fondo que la cubría de gestos tiernos. Estaba empeñada en que podía y debía expresarlo así, sobre esos pocos metros donde se ensaya tozudamente la comunicación con un muerto. La diferencia es que ella transformó la tumba en un estandarte.

 

(a Bárbara y Santiago Espel)

 

Me gusta pintar conejos. Los pinto dentro de la casa. Hago aparecer conejos del pincel en vez de hacerlos salir de la galera. Mi herramienta es el pincel, mi secreto con los conejos es el pincel. Los pinto en las paredes, en el piso, en el techo. Cuando ya no me quedan paredes ni pisos ni techos donde pintar, los pinto en las puertas y en los roperos.