Cuentos

 

Como la mayoría de los niños de las familias pudientes de Trelew, pasaba mis vacaciones en las chacras próximas al pueblo. La nuestra se ubicaba cerca del paraje conocido como Las Cinco Esquinas.

Su vieja casona estaba construida con materiales locales, pero en el espíritu arquitectónico de las aldeas inglesas de donde provenían los abuelos.

 

Roberto Petranca se despidió aquel domingo para iniciar su viaje a los Montes Urales en búsqueda de algún tipo de gurú metafísico cuyas historias, por esos días, lo tenían cautivado.

Ya no se lo volvió a ver. Algunos años más tarde envió una postal suya desde un lugar llamado Boksity en el que contaba su inminente ingreso a un monasterio de monjes oscuros que practicaban el celibato, ciertos ritos místicos y se abandonaban a la vida silvestre descartando todo lo mundano, y lo artificial, por lo que en casa de los Valderrama evaluaron que sería poco probable que le interesara la suerte que corrieran aquellos escritos que había olvidado en el cuarto de arriba, ese que ocupó durante años.

 

Lucrecia no duerme, le duele el día que se fue y el que vendrá, tal vez porque hace un tiempo se le perdió el camino y abjuró del sol y del amor, aunque ella dice que no lo tuvo nunca. Al amor, claro, y el sol no es más que otro silencio para acompañar los incendios de la siesta

 

¿A qué hora vuelve?

—A las seis...

—Ya son casi....

—Termino el cigarrillo y nos vamos...

 

Como todos los demás conductores, el de aquel automóvil comprendió que había llegado a ese pueblo cuando ya estaba saliendo de él.

Así era con todos los que pasaban por Llanos, el pueblo en cuestión, sin detenerse jamás.