Cuentos

 

Era agosto, una tarde curiosamente cálida para aquella época del año. Estaban en la plaza del vecindario, y el chico ahora se entretenía persiguiendo a las palomas, gritando y riendo cada vez que las aves aleteaban para alejarse de él y volvían a posarse unos pocos metros más allá. Estaba ya demasiado crecido como para divertirse con semejantes tonterías, y su madre lo sabía. Detestaba verlo hacer ese tipo de cosas, como si fuese un niño pequeño, porque sabía que los vecinos estaban mirando. Siempre miraban, los muy idiotas. La mujer palpó los bolsillos de sus vaqueros y se percató de que había dejado los cigarrillos en la casa.