Cuentos

 

Graciela entró al enorme edificio que se levantaba sobre la avenida. Ella entró desde atrás, por la puerta que se abría hacia la villa. Unas escalinatas tremendas de granito oscuro miraban la Ciudad Oculta. En ese inmenso espacio que alguien soñó alguna vez que albergaría ejércitos y multitudes victoriosas, como aquellos de Alemania, la historia había inventado otra cosa.

 

No quiso mirar hacia atrás otra vez.

La visión de sus hijas, Amparo de cinco y Jesusa de tres años, tomadas de la mano de su abuela en el muelle, la hicieron flaquear y por poco abandona esa locura. Pero José la esperaba en Buenos Aires para partir hacia un puerto del sur, tan desconocido como promisorio.

 

Amodorrada en aquella madrugada fría, quizás soñaba con el sol, Ushuaia. La pleamar, llegando suavemente, levantaba su pollera de algas para lamer el sexo salado de arena y piedras milenarias.

 

Acordate de Martí, me dijo, y yo cambié de tema porque todavía no estaba muy convencido de que todos los que preferían callar y escuchar tenían algo que esconder o eran irremediablemente tímidos. Acordate, insistió el flaco Juan y nuevamente demostró su enorme capacidad para no dejar ningún cabo suelto, ninguna puntada sin hilo, ninguna discusión a medias.

 

—...y entonces, cuando se durmió, lo rocié con alcohol y le prendí fuego, jefe.

El cabo Railef aporrea la máquina de escribir con dos dedos, mientras el comisario hace las preguntas.

—Decime, che, ¿siempre te pegaba?