De solo imaginarlo hubiéramos reído días enteros, como ocurre en los pueblos chicos cuando un chiste corre de boca en boca y es realmente tan típico como gracioso.

Es cierto que ya estamos acostumbrados a los astronautas paseanderos, héroes y malvados viajando del futuro al pasado con o sin escalas.

También se filman hombres y mujeres volando por donde quieran, usando energías de planetas destruidos y tantos personajes más que se ríen de la física desde las pantallas que... imaginar a un paisano común con años de trabajo pesado en el monte, saludables asados de corderos, no siempre propios, laureado con esa proeza era simplemente inconcebible. Aunque haya pasado.

Es que Melitón era la imagen viva de la tierra que lo vio nacer y la vivió desde sus comienzos, cuando sólo era una remota aldea de frontera olvidada.

Nacido y criado era su categoría de ciudadano y la exhibía orgulloso ante todos los extraños que llegaban y se percataban enseguida de la autenticidad y folclore de su personalidad.

A él, por supuesto, no le importaba qué pensaran "los que se venían a matar el hambre a la isla".

Supo ganarse la vida, en épocas de carencias totales sólo calentadas a leña arrancada a hachazo limpio y arrimada al pueblo, a lomo de buey, después de tantas mañanas de escarcha y nieve.

Tenía el rostro esculpido de cientos de nevadas con "voladeros" y una risa franca que caía como los chorrillos entre sus dientes turbosos.

Dentro de la comarca podía vivir en cualquier parte porque todos los lugares los había cabalgado, caminado, trabajado y sufrido.

Pasados ya los 50 años sólo podía esperar una jubilación tranquila, con nietos respetuosos y el reconocimiento tardío como pionero viviente.-

¿Qué otra sorpresa podía tener que el asombrarse por los cambios diarios de su ciudad para conmoverlo?

¿Qué sueño mayor que tener la cabeza "buena" para seguir contando anécdotas, tan pintorescas como deformadas, de los viejos tiempos podía desear al poner sus canas sobre una almohada que ahora no era de piedra sino de hojarasca?

¿Qué otra cosa no mundana, complicada o insólita podría esconder debajo de su gastada y mítica campera?

¿Cómo podía pensarse que alguien, que es la síntesis de lo sencillo y lo clásico podría poseer una energía distinta a la que necesitaba para reírse y gritar tan fuerte como para aturdir?

Nadie podía concebir una fuerza más enorme que la de sus bien formados músculos.

No necesitó nunca otra cosa que no fuera para cargar los duros troncos de lenga.

Cualquiera que sea la conclusión posterior a lo que pasó, él es, era y será tan inocente como siempre.

A lo mejor fue su misma franqueza campechana lo que transformó una simple e infantil ilusión de una menta tan cristalina en nada menos que una increíble realidad.

"Pura huevadas"... se habrá dicho él mismo, apenas se le habrá ocurrido.

"Y a la final si quiero hacerlo tomo un avión y listo!"... "Me estoy volviendo leso".

El caso es que él realmente, ingenuamente, lo deseó de verdad porque ese deseo tan fuerte hizo que el fenómeno sucediera.

¿Será que sólo los espíritus inocentes pueden transformar sus aspiraciones y la energía también?... La cuestión, como diría el mismo Melitón, es que pasó.

Pero... qué fue lo que realmente pasó?

Nada menos que don Melitón, con su bolsa de mandados atravesando las cimas del Glaciar Le Martial, ¡volando!

Era justo que ahora, hombre de piernas cansadas, pudiera realizar su sueño de alcanzar esa cima cuando cargaba troncos en el bosque aledaño!

"Menos mal que llevo la bolsa como paracaídas, ¡no fuera a caer demasiado fuerte de tan tremenda altura!", reflexionaba.

Luego se oyó el eco de uno y después de varios alaridos de alegría, rebotando estentóreos en las paredes del circo de rocas congeladas. Eran gritos de victoria, pero sin vencidos.

Todo se había iniciado cuando iba al supermercado y al mirar como tantas veces con tristeza esas montañas que eran tan suyas, las quiso poseer como a una novia.

Pareció resignarse al principio, pese a su gordura, mientras él cerraba los ojos con un miedo que nunca antes había sentido.

Cuando los abrió se sintió mucho más grande y dueño de aquel paisaje que parecía flotar con él. Tuvo esa certeza de que eran la misma cosa.

Su cuerpo, su madura lenga, sus cabellos canas de nieve y sus brazos dirigiendo al viento y ordenándole ¡a dónde quería ir!.

Planeando como un ahíto cóndor contaba una a una sus lengas queridas, pero ahora desde arriba, teniendo las copas a sus pies, rindiéndole el tributo merecido.

Después de beberse el paisaje del entorno de su amada Ushuaia, recorrió todo el tiempo que quiso los cordones de esa cordillera antes inconquistable.

Espió entre las agujas del Oliva, corrió en un vuelo rasante a una manada de guanacos y vio todas esas lagunas tan azules que nunca se ven desde el llano.

Recogió, eufórico, todos los puñados de nieve de todos los glaciares que encontró y se los arrojó a cóndores y águilas aterradas ante aquel nuevo y vacuno señor de los cielos.

Cuando se cansó de aspirar tanto aire puro, simplemente aterrizó sobre un costado de la Ruta 3, en las afueras de la ciudad, silbando para disimular.

Una camioneta de uno de sus tantos conocidos frenó a su lado y el chofer, intrigado, le preguntó;

—¿Qué anda haciendo por acá don Melitón con esa bolsa de mandados?

—Volando un poquito por allí che!... Llevame que estoy un poco cansado!

—Y para qué lleva la bolsa de los mandados, aquí en la ruta?

—Mirá que sos huevón vos! —replicó subiendo al vehículo, Melitón sonriente—¿No te das cuenta que es el paracaídas?