Las Coloradas es un nombre que suena fuerte. Como el de la Leonora, leona, caracola, Cacica de los Callfucurá en otro siglo.

Para mí suena fuerte porque me mostró un mundo dis­tinto, amarillo y difícil. La arena azotando el solar de los vientos en el puesto de frontera; colina arriba la gendarmería, custodiando los bienes de los que más tienen y usurpando la miseria de los más humildes, la gente de la tierra.

En ese mundo lo conocí a Valenti y supe de la ternura del muchacho solo. Él me sentaba en sus rodillas y yo escuchaba la historia de los otros, la sentía co­rrer en el silbido de su nombre templado con la i pequeñita, i de tristeza o de lejanía. Él me trajo otro nombre para el eterno juego de las diferencias y las semejanzas.

Después de tantos años, entonces, me decido a escribir esta historia desde mis propios recuerdos, apelando a la memoria dolorida de los hombres y los pueblos.

En esa memoria vive la Eva, tan mujer como aquélla, la del violeta.

—Allá también hay tolderías, nena –me decía Valenti– tan cerquita de Buenos Aires.

Y me lo decía en un tono que sonaba a distancia, a cosa grande.

—Por eso el lugar se llama Los Toldos –continuaba–. El viento sur inauguraba una madrugada distinta aquel siete de mayo cuando la Juana de Guaquil cruzó los campos desde su toldería hasta la casa de otra Juana. Fijate vos, se llamaban igual india y madre. Yo siempre digo que mi prima nació con el signo, por eso es brava.

Y así fue, como decía Valenti. Como si la sangre de los Coliqueo se le hubiese metido adentro, antes de que abdicara frente al conquistador. Después de todo fueron manos indias las que la trajeron al mundo. Lindo saber de la Eva en boca de ese mozo que andá a saber por qué fue a parar al desierto.

—Desde chica anduvo con eso de los ricos y los pobres –me seguía contando.

Una tarde, mientras la siesta hacía lucir más verde el verde de los campos, ella le había confiado el secreto.

—¿Sabés, primo? Yo siempre creí que los pobres crecían como los pastos y los ricos como los árboles, pero un peón de la estancia me hizo ver el error. “Vea chica”, me dijo, “si hay tantos pobres es porque los ricos son demasiado ricos, qué árboles ni pasto ¡no sea tonta, pues!”

Tenía sólo diez años la Eva y en aquella siesta em­pezó a sentir el desamparo y esas ganas terribles de largar a grito limpio unas cuantas verdades.

Y las dijo. Cuando soñaba sueños de escenarios y aplausos y recitaba sus versos en la escuela. Claro que soñaba la Eva, pero se daba tiempo para atender a los chicos de los ranchos jugando a la maestra mientras les enseñaba a leer y escribir, y las cuentas, claro, “para que no los engañen con el peso que ganan”, o para cruzar en bicicleta de hombre hasta los toldos y re­partir sin vueltas el pan escaso que le daban a regañadientes. Cargosa la niña, solían comentar los comerciantes, no te deja en paz hasta que no le das, andá a saber qué le pasa con esa gente.

La Eva también era pobre, a pesar del padre es­tanciero que le dio el apellido. El apellido nomás y algunos pesos que su mamá estiraba con el lavado y la plancha.

Un día llegó a Los Toldos un cantor de la ciudad. Ella tenía quince años y, no se sabe si con permiso o sin permiso, le pidió al cantor una carta de presentación y se fue a Bue­nos Aires.

—Tuve que andar mucho –contó Evita después- nadie me quería dar un papel en el teatro, pero encontré gente buena.

Vivió en pensiones baratas, se caminó todas las calles, hasta que un día encontró una puerta abierta. La parienta de una actriz le dio techo y confianza. Así empezó a actuar.

Era feliz en esos tiempos, a pesar de la miseria. Los actores ganaban poco y trabajaban mucho y ella andaba entre sueños y banderas metiéndoles la rebelión en el cuerpo. No sé si sabrán que fue la Eva la que fundó la Asociación Radial Argentina, mezclando radionovelas con protesta. En esa época no había tele ¿se la pueden imaginar?

Evita actriz hacía de muchacha humilde, de las tantas que van a la ciudad buscando al muchachito bueno y algún triunfo. No eran nada nuevo para Evita esos papeles, tan parecidos a ella misma.

—En esos días me di cuenta de que la ciudad no era her­mosa como yo me creía –dijo–. De entrada vi en sus barrios la miseria y supe que en la ciudad también había pobres y ri­cos... pero cuando mi mamá me mandó a llamar le contesté bien clarito: la nena sabe lo que hace, no voy a volver fracasada.

En el año `44 un terremoto destruyó San Juan. El Gral. Perón pidió la colaboración de todos para ayudar a las vícti­mas. Así lo conoció Evita.

–Mirála vos ahora –se enorgullecía Valenti– dándole conse­jos al general.

Muchos sabemos que no fueron consejos solamente. Evita le dio a Perón la fuerza misma de la idea y siendo su señora lo apoyó en lo bueno y siguió luchando por sus “grasitas” y por sus mujeres aunque no la entendieran.

–La mocosa que recitaba en la escuela hoy puede ha­blarle fuerte al pueblo –declaraba– y las mujeres son una parte grande del pueblo. Por eso quiero que trabajen como lo hacen los hombres. Para ganar su plata.

—Si todas van a ser así, vale la pena ¿eh? –reconocían algunos varones tragando saliva.

—Me gusta repartirles máquinas de coser, es el princi­pio de una industria pequeña que les va a asegurar un dinero más digno que el que se ganan sirviendo a los poderosos.

—La Eva la tiene clara –me decía Valenti– escuchá, es­cuchá el discurso, nena.

—Apenas el principio –insistía Evita– las mujeres sa­brán qué hacer más adelante.

Yo también la tengo clara, chicos. A lo mejor porque todavía me acuerdo de cuando la escuchaba en la radio. Siem­pre peleando su palabra sonora, como un canto guerrero.

Y las manos frágiles, prodigiosas manos de cenicienta-princesa, apretando los puños, salu­dando.

—¡Eva sí, otra no! –le respondió su gente repicando tambores (igual que a la Leonora allá en Las Coloradas).

Es cierto que su lucha no la entendieron todos. Siempre pasa, y es bueno que cada uno opine lo que piensa. Sin em­bargo, nadie podrá negar que esa mujer hizo tronar su voz de muchacha pueblerina y cambió unas cuantas cosas. Los trabajadores supieron de derechos y hoy las mujeres votan y pueden pedir licencias largas cuando van a ser madres, pero la lista no termina ahí. Vos podés averiguarla por tu cuenta.

A mí me gusta imaginarla niña, corriendo en la bici por Los Toldos, recitando versos en la escuela... como vos, como yo cuando era chica.

Y estoy segura de que vive, cerquita de su pueblo, en un rincón de la memoria, que repite con ella:

—Soy un gorrión más de la bandada, pero volveré, vol­veré y seré millones.