El mendigo me miraba fijamente mientras me acerqué y busqué monedas en mis bolsillos.

Cuando iba a ponérselas en el jarro viejo y abollado, el viejo lo tapó con la mano bruscamente y me preguntó —¿Qué hace?

Me quedé duro, lo miré bien esta vez, tenía unos ojos azul claro y la piel oscura y ajada como el jarro. 

Su voz era muy clara y firme.

—Quiero darte estas monedas —dije sorprendido.

Dijo —¿Por qué?

—Bueno, estás pidiendo monedas ¿verdad?

—Eso lo sé —contestó—, yo sé qué hago aquí. ¿Vos por qué me das? ¿Saliste a dar? ¿Me viniste a dar? ¿Juntaste estas monedas y te levantaste hoy nada más que a traerlas para mí? Soy un mendigo, vivo de esto y me levanto para venir a pedir. ¿Vos por qué me das esas monedas?

—¿Las querés o no? —le pregunté— ¡estoy apurado!

—Bueno —dijo— andá a hacer lo que tengas que hacer, yo te espero acá.

—¿Vos pretendés que yo vaya a hacer lo que tengo que hacer y vuelva a darte estas pocas monedas y encima te explique por qué te las doy?

—Sí, y de paso me explicás por qué volviste —dijo.

Sentí que alguien me decía desde atrás —Señor  ¿tiene para mucho? Yo también quiero darle algo al viejo.

Era un hombre de sobretodo negro y ataché.

Atrás de él, una mujer muy maquillada, en un traje tipo sastre, muy lindo.

Le di lugar al señor del traje, se veía apurado.

—Mirá —le dijo al viejo —te vengo a decir que no te voy a dar ninguna moneda porque lo pensé bien y no tengo ninguna obligación. Prefiero gastarlas en otra cosa. También voy a dejar de ir a la casa de mi suegro porque no lo aguanto y él tampoco a mí. Prefiero ir al bar de la esquina a tomar una cerveza con maní y ver el partido. Y si querés y tenés tiempo te invito todos los domingos.

—Bueno —dijo el viejo sonriendo desdentado.

—¿y vos? —le preguntó a la mujer.

Ella le hizo una hermosa sonrisa y dulcemente dijo:

—Te traigo de nuevo las monedas y te las doy porque puedo y quiero. Te las doy porque mi abuelo me enseñó a dar, él era hermoso y bueno como vos y porque me lo recordás, por eso te doy a vos y a quien pueda estas monedas.

El viejo acercó el jarro, sonriendo y le agradeció entre el ruido de las monedas.

Ella se fue radiante y se perdió entre la gente.

Se me hacía cada vez más tarde, pero no podía moverme de allí.

Él ni me miraba, contaba feliz sus monedas.

Tenía que ir a una cena con mis compañeros de trabajo, que organizaba el dueño y a él le gustaba que llegáramos temprano.

Mientras pensaba esto el viejo me volvió a mirar serio, como si escuchara lo que estaba pensando.

Entonces, volcando las monedas del jarro en mi mano, me dijo:

 —Si querés comprate un vino en el kiosco y un par de pebetes de jamón y queso y sentate conmigo. Aprovechá porque no lo hago con cualquiera.

No me anime a desaprovechar la oportunidad.

Nos pasamos una tarde increíble; escuché relatos y caer monedas de todas clases.

Volví al otro día, pero ya no estaba allí y nunca volvió.

Entonces, en vez de ponerme triste, en vez de extrañarlo como los demás, hice lo que él hubiera hecho.

Me senté en el lugar que él dejó, compré un jarro y desde ese día pido monedas y explicaciones.

Así que si volvés no traigas tus monedas como quien abandona un perro en la ruta, como cuando tirás un papel por la ventana del auto, como tirás tu vida, apurado y sin sentido y sin pensar.

Dale un sentido a esas monedas, tal vez sean las últimas.