- ¡No m’hija que te está usando!   

Doña Sabina notó que con la última palabra se apagó todo signo de vida, de golpe. Parada sobre los baldosones rojos de la cancha de básquet, con la cabeza apenas sobrepasando la línea de las tablas del escenario, miró fijo hacia arriba, a los ojos de la Muchacha, volvió a decir no m’hija pero mucho más bajo y se detuvo.

El silencio que se hizo frente y detrás suyo la paralizó, mas no podía retroceder. La vergüenza de volver a la silla era mayor que seguir adelante, aunque tampoco sabía qué iba a pasar, como ocurre con todo silencio. Aún así, el temor se mezcló con cierto orgullo que al principio fue sorpresa por el gesto de audacia que se desconocía y porque estaba a punto de cambiar la historia, o una historia al menos, lo que redimía a todas.

Pasó también fugazmente por su cabeza que todo podía seguir igual, pero ¿quién le quitaba el valor de hacer vacilar la fatalidad?

Sentía que ahí, justo ahí, estaba en juego su vida y la de tantas Sabinas. El Malo estaba seduciendo a la Muchacha con un cuento harto falaz. Solo una enferma de ingenuidad total podía tragarse ese embuste, como hizo una Sabina jovencísima hace tantos años con la promesa de entrar a trabajar en el frigorífico. El Malo de entonces, un capataz rapaz y cazador de pichonas que gustaba mentar sus cacerías, no cumplió su promesa y hasta se olvidó por completo de sus revolcadas, del Juancito y de todo. Doña Sabina no.

Se hizo lavandera y la ropa y el jabón y la tabla y el río fueron acompañando su resuello ofuscado. No tenía consuelo y solo cuando estrujaba las telas con una violencia que le hacía doler todo el brazo, se daba cuenta que había entrado en la espiral de los recuerdos malditos. Entonces los echaba sin mucha convicción, a sabiendas que volverían, pero nunca imaginó que los vería tal cual cincuenta años después, que a otra le estaba pasando lo mismo y ante tanta gente, que después de todo era un pedazo de su vida lo que estaba desfilando sobre el escenario y que algún día se le ocurriría decir basta.

Era la segunda vez que Doña Sabina veía teatro. La primera fue en un circo y el nombre de la obra tenía que ver con duraznos o flores de durazno, no recordaba bien. Pero ahora era distinto. Con el mentón anidando en su mano derecha, quedó absorta ante los primeros cuadros. Tenía presente que era una compañía que pueblo tras otro estaba representando lo que el radioteatro mandaba en dosis diarias, pero la puta, cómo puede ser que a esta muchacha le esté pasando lo mismo que a mí, se repitió varias veces antes de saltar.

No le resultó extraño que algunas mujeres hacían el gesto de taparse los oídos, solo un gesto y que otras no aguantaran y corrieran hasta lo más profundo y oscuro de la cancha de pelota a paleta a llorar con total dedicación. Pero al mismo tiempo que se decía hasta cuándo, vieja, hasta cuándo vas a aguantar, salió disparada esquivando sillas de lata y se paró justo delante de la infamia. Cuando gritó ¡No m’hija que te está usando! la Muchacha la miró con ojos de no creer, claro si era la primera vez que la prevenían sobre el embuste. El Malo la miró con ojos furiosos, claro que se le desbarataba el cuento.

Doña Sabina advirtió en ese preciso instante que si seguía gritando sola nada cambiaría, sería presa fácil, como antes ella misma, como ahora la Muchacha. Por eso dio vuelta su cuerpo y ahora está mirando a todos, como esperándolos. El silencio es abrumador, sí, pero ya no tiene tanto miedo.