No se festejaban los carnavales. Se esfumaba la alegría de las cosechas. Se había perdido la salubérrima institución de la minga. Bastaba ingresar en los callejones de Huaco para que la tristeza se posara sobre la piel como el polvo. Los ojos huaqueños lucían un dolor resignado como el que habita en los animales destinados al sacrificio. Por sobre todo, había algo que espantaba: Hacían el amor sin alegría. Las mujeres parían tristezas. Se trabajaba con desgano y al desgaire, con la inopia por cosecha. Afamadas tejenderas las manos huaqueñas producían géneros mediocres que los turcos locales o los acopiadores de la ciudad adquirían a precios de pichincha. Entregaban sus productos, como quien se quita un estorbo, una culpa.

De nada valieron ensalmos, novenas, procesiones, sermones ad hoc de monseñor Varela in situ. Sus vecinos, los villanos, temían contraer el morbo e ingresaban a Huaco cargados de escapularios y ocultas piedras gualas sólo cuando era inevitable, y esto era asaz frecuente, pues lazos de interés y parentesco entre huaqueños y villanos eran intrincados, seculares. Las levas en búsqueda de hombres jóvenes que quisieran trasladarse a remotos, australes pagos a trabajar en el petróleo y ganar buena plata, en Huaco cosechaban sólo algún distraído que se dejaba arrear por inercia.

Cuando llegó el gringo Peirotti (para estos tiempos aún no habíamos nombrado El Reparador al gringo) en jardinera acompañado por dos tamborileros y un payaso que hacía equilibrio transitando desde la cola a las orejas el espinazo del macho mula viejo que tiritaba la jardinera, los villanos lo convencieron de que el mejor lugar para ubicar el circo era Huaco. Alabaron las excelencias del Árbol de los Balboa, cuya fronda podría cobijar un regimiento. Ocultaron el designio de quebrar la tristeza de los huaqueños.

El circo hizo su entrada. Tres carretones tirados por burros, monumentos vivientes a las mataduras. Al algarrobo le sobró sombra para dar cobijo a los cirqueros, a sus rodados y bártulos. Los villanos concurrieron en masa a las primeras funciones, pero los huaqueños que tenían el circo bajo sus narices, no se dieron por anoticiados. Para ahondar las preocupaciones villanas, monseñor Varela durante la misa mayor el diagnóstico de Roma sobre el caso huaqueño. Roma se pronunciaba opinando que... "no es de extrañar la tristeza de estos fieles, de juro anoticiados de las maldades del mundo, de la exacerbación del pecado... sugerimos una vigilante observación por parte de los administradores de la Santa Fe sobre nuestros fieles hijos huaqueños, pues es prudente sospechar que estén gestando una virtud ignota, una nonata santidad, cuyas virtualizaciones suelen manifestarse mediante signos asaz sutiles..."

Los villanos cayeron en franco desaliento, pero no se dieron por vencidos. Con fondos de una colecta, compraron una función al circo. Los niños de la Acción Católica recorrieron Huaco hasta los repulgues entregando entradas gratuitas. Los huaqueños no pudieron persistir en su distracción. Concurrieron al circo como si fuese al matadero. Los artistas, sin la adhesión, sin la complicidad del público que los galvaniza, actuaron a los tropezones, con menguada gracia. No cosecharon otros aplausos que los de Manuel Cano, infiltrado por los villanos como claque de honor a sus manazas tamañas como palas de hornear. Peirotti puteaba algo más allá del prudente soto voce. Cuando la función naufragaba en un mar de bostezos, Peirotti, alto como un álamo, cuyo cuello y cabeza en algo recordaban un pavo blanco, rompiendo el sacramental orden escénico copó la función para jugar el número que compartía con Troncoipasa, el enano de la troupe. El número consistía en una equívoca, enredada discusión, a cuyo impulso los discutidores pasaban bajo una cuerda aún de puntillas. El efecto era probadísimamente hilarante. Pudo escucharse la solitaria, casi desvalida carcajada de Manuel Cano. La cosa llegó a colmos, cuando don Manuel de los Reyes Urquiza levantó su voz cansina para indicar con afán didáctico a Troncopaisa, que era ocioso que se agachase. El director dio por terminada la función cuando recién promediaba, comenzó a apagar los mecheros de querosén, y prácticamente empujó a la concurrencia hacia la puerta de raída arpillera. Cuando Manuel Cano rindió informe, los villanos decidieron curarse en salud, organizando un carnaval de aguinaldo, con fuegos de artificio y sacando espicha a bordalesas con vinos reservados para grandes ocasiones.

Fue ocurrencia de Don Arturo Franco la contratación de algún prócer viejo cuentero, de esos capaces de hacer reír a las piedras para avecindarlo en Huaco. La elección recayó en don Segundito Palacios, natural de Santa María, —marianos les llamamos nosotros—, gracias a su larga nombradía, a su genio de improvisador, rayano en lo mágico.

—Qué se lianda ofreciendo mingar, tata Arturo? —preguntó a don Segundito recién llegado, brillándole en los ojitos las luces asociadas de la alegría y la gracia.

—Una changa que sólo usted puede atender... Cuando se impuso Don Segundito del motivo de la convocatoria, respondió:

  • No don Arturo, perdonemé, la alegría, las ganas de joder, son cosas demasiao serias como p´andar conchabándolas. Ya es triste con que los pobres tengamos que alquilar las manos pa vivir...- Don Arturo zanjó diferencia, contratándolo para que don Segundito cuidara una viña del primero en Huaco.

Así pronto anduvieron solos los silbiditos del cuentero por los callejones de Huaco. "Estos mierdas no silban ni pa dentro", pensaba rechazando tanta tristeza. Cuando visitaba la villa, los boliches estallaban de júbilo. "Don Segundito, cuentesé esa de cuando cortó los cables del telégrafo, y las palabras salían como fideos..." Don segundito, cuentesé esa de cuando se metió dentro de un caballo muerto, y ató con tientos finitos unos cuantos juotes ´pa volar como aroplano..."

Sabido era que los huaqueños se juntaban en el boliche no para divertirse sino para acumular lamentos. No sin esfuerzo el fabulador logró captar la atención de los parroquianos, con el relato de los infinitos recursos que detentan los patilana para lograr sus propósitos. El teatro de operaciones de los donjuanes era "casualmente" muy parecido a Huaco. Pudo observar que más de uno abandonaba el boliche antes de noche cerrada, hora preferida para las incursiones de los gorriadores. "Algo les importa todavía a estos carajos", se decía.

Gracias a su empeño y sagacidad, fue restañando algo de la dignidad perdida. Sin dignidad, sin autoestima, no hay alegría... reflexionaba. Muchas veces era presa de la desilusión, pero la virtualidad de pequeños avances lo sostenía. Logró un coro pequeño de niños a quienes restituyó la risa con el sencillo expediente de reír él con ganas, elevando al aire el diapasón de sus hipos festivos. Muchos niños jamás habían escuchado una risa. La alegría y la risa, su manantial, se aprenden como el amor, pensaba. Lo entristecía saber que los niños reían a hurtadillas de los ensimismados adultos.

De la noche a la mañana, el cuentero emprendió incisiva campaña. Increpaba a los cariacontecidos poblanos con cualquier pretexto o sin asidero visible. A uno ¿"Qué te pasa, cara de vaca llovida? ¿Es que nunca han visto las flores de chinitas que te parió la Rosario? A otro ¿"Por qué andás con cara de Viernes de ceniza infeliz? Festejá, animal, la lluvia que vino a salvar el máis" A una: ¿Porque no canta como la acequia que alegra sus plantas, en vez de joder con tanta letanía? A Otra: ¿"Porque borda esas flores tan alegres, con cara e vinagre? Los huaqueños le escapaban como a peste, pero el viejo parecía gozar del don de ubicuidad. Cambió luego las recriminaciones por admoniciones amenazantes: "Ustedes, pedos tristes, no merecen el aire que respiran. Habería que echarlos a todos a la mierda, pa que vengan otros a gozar este lindo pago... y de sus chinitas, dulces como brevas". O: "Un día de éstos Tata Sol harto de ver tanto triste al cuete, se esconderá en pleno día... ¡Ojalita! "Cuando el sol se escuenda, más bien que arranquen a cantar, bailar, tirar lutos a la mierda. De no Tata Sol se enculará y volcará un tazón de noche sin asueto sobre Huaco". Había levantado con la complicidad de los niños, sus alidados, un prolijo censo de los olvidados, empolvados instrumentos musicales. "Vaya comprando un encordao nuevo pa su guitarra don Humberto, y más bien que salga a tocar una cuequitas de lo más alegres de no, será de noche pa siempre". Así, con leves variantes, predicaba rancho por rancho.

Es que don Segundito había leído en un viejo diario que le cayó en manos, que un día no lejano, se produciría un eclipse total de sol. Y el día llegó radiante. Cuando la sombra comió la primera tajadita de sol, el cuentero, armado de cajita con chirlera, rompió a chayar y bailar como poseído. Entre copla y copla el viejo les gritaba con vos enronquecida: "Bailen, hagan ruidos junagranputas, que se nos fina el Sol" Los huaqueños permanecían ahora expectantes. Cuando las gallinas comenzaron a buscar la cama, pensando en el atardecer, los huaqueños acudieron a sus traicionados instrumentos, carraspeaban viejas victrolas, tundían desafinados bombos, volaban al aire pañuelos. Cuando la oscuridad se hacía plena, pudo escucharse un concierto enrevesado, multitudinario, transido de error pero también de placer redivivo. Al conjuro de tanta algarabía, un sol piadoso tornó a crecer hasta la plenitud. Los villanos azorados, gratamente sorprendidos, montaron chinitas en ancas de sus caballos y se sumaron a la fiesta huaqueña que esplendía de alegría alumbrada luego de lustros de soterramiento. El Árbol de los Balboa, los convocaba y nucleaba a su sombra generoso como en los viejos tiempos. Desde ese día inolvidable, los huaqueños no pierden oportunidad de farrear y bailar, aunque hayan llegado a viejos y tengas las tabas soldadas.

-Hasta cuando Dios diga, Don Arturo. Guelvo pa mi pago mariano, el mejor pago pa mentir... y pal vino...

Poco después así se despedía el cuentero de su amigo.