Un cliente de nuestro comercio —al que voy a llamar Francisco Pranao, para no ponerlo en evidencia en un hecho real que le tocara vivir—, enterado de que iba a realizar un viaje hasta Atraico para llevar algunos pedidos, vino a entrevistarme; y lo dejé hablar sin interrumpirlo en ningún momento, conociendo que acostumbraba utilizar una terminología muy propia y poco común…

—Me enteré que está por dir pa' Atraico y que güelve nomás en el día. Le voy a pedir la gauchada de llevarme y traerme de güelta. Tengo que darle la saliente a la mujer que llevé hace poco pa' el rancho; es al pedo con las mujeres del pueblo, no sirven pa' vivir en el campo… Y la quiero traer a su casa. Allá vive siempre alunada, como si extrañara cosas del pueblo. Además se ha puesto muy mañera, no quiere hacer nada. Ni junta un palito de leña y ni estaquea el cuero y yo tengo que seguir lavando mi ropa y haciendo la comida como cuando vivía solo… ¡Ah!, pa' lo único que es güena es pa' escuchar la música de la radio y me llega a aturdir porque la pone a todo lo que da, por eso tengo que darle la saliente nomás… Cuando ya estaba resignao a vivir solteriando, se me cruzó en la huella y me pareció que se iba a poder acostumbrar a vivir en el campo, pero ¡es al pedo! Estas mujercitas no sirven pa' acompañar a los campesinos… Y pa colmo siempre anda con la jeta larga. Ya es demasiao con las penas mías, pa' qué más, ¿no le parece don?

Le respondí que si las cosas no funcionaban normalmente, para qué seguir insistiendo. Si era como él decía, no era posible que fuera a cambiar, el pueblo tira y tenía que respetarle los gustos, ¡qué iba a hacer!... y le reiteré que al día siguiente, a eso de las ocho, iba a salir para Atraico y que no tenía inconvenientes para llevarlo y traerlo de vuelta con su compañera.

—Mañana, antes de las ocho, voy a estar parao aquí como palenque, pa' que no me ande buscando; y muchas gracias de antemano.

Como otras tantas veces, me acompañaba Martín. Sacamos la camioneta del patio ya cargada en la tarde del día anterior y nos encontramos con Pranao esperando en la vereda. Dejó dos bolsos en la parte trasera de la caja y tras del saludo de rigor se introdujo en la cabina.

Hablamos de varias cosas del momento sin tocar el tema que lo preocupaba. Tras algo menos de una hora de marcha muy moderada por el peso de la carga, lo dejamos a Pranao en el rancho, donde bajó sus dos bolsos. Se oía una música muy alta que emitía una radio desde el interior de la cocina. Se confirmaba lo que Pranao me había dicho.

—Aquí lo voy a estar esperando pa' cuando güelvan de arriba y muchas gracias por aura.

Bajamos un pedido de forraje en lo de Federico Colinamún. Nos dijo que la familia andaba campeando unas ovejas que le faltaban.

Lo mismo hicimos en lo de Heriberto Quinteros, quien nos dijo que nos iba a esperar con un asadito para la vuelta, y aceptamos gustosos el convite.

Desde ahí partimos hacia el extremo más alto de Atraico donde nos esperaba Juan Manquilef. Allí dejamos el resto de la carga. Después de charlar un buen rato con don Juan y compartir unos mates a cambio de unos bifes que nos iba a poner sobre la plancha de la cocina, iniciamos el regreso. A veces solía quedarme horas escuchándole contar cosas de la época de Quetrequile cuando era pueblo. Me iba asombrado de su buena memoria.

Pasamos por la escuela por si necesitaban algo para el pueblo y seguimos hasta lo de Quinteros. El asadito ya estaba a medio hacer. Mi compañero Martín bajó dos botellas de vino y dos latas de duraznos, las que dejó en una acequia que bajaba desde arriba con agua fresquita.

Con algunos mates y algunas historias que recordaba don Heriberto, esperamos que estuviera listo el costillar con paleta de un borreguito nuevo.

Sobre una mesa bajita había una fuente con tortas y unas rodajas de pan casero cubiertas con un repasador porque las moscas estaban cargosas. También tres platos, cubiertos y otros tantos vasos, con unas servilletas.

En vista que el asado se iba poniendo a punto, Martín acercó una botella de vino, como para hacer salud y acomodar el paladar.

Don Heriberto paró el asador cerca de unas brasas que quedaban y nos invitó a empezar a cortar, pero antes tomamos un trago de vino como para ir abriendo el camino al asado que pintaba lindo.

Como para no estar comiendo solamente, le pregunté al dueño de casa si siempre seguía haciendo sogas; y como respuesta, me indicó una cabezada que colgaba de un clavo de la pared…

—Ahí está a medio terminar ¿qué le parece?

—Está demás decirle que no solo tiene buena mano para hacer asado, sino que también para hacer buenos trabajos y su habilidad corta lonjas finitas como una cerda.

—Son cosas que aprendí desde muchacho nomás y las conservo en la memoria como pa´ que no se pierda la tradición del hombre de campo.

En la cocina ya habían almorzado la mujer y los chicos. Nosotros estábamos en una enramada con el piso bien regadito por si aparecía algún remolino de esos que no faltan en las primaveras. Desde ahí observábamos todo el paisaje del este por la abertura que daba al naciente, y a la vez, teníamos las espaldas protegidas de los vientos.

Les dejamos las latas de duraznos para los chicos y la restante botella de vino para don Heriberto. Y luego de saludar a los dueños de casa y reiterarles las gracias, nos pusimos en marcha siguiendo la larga cuesta abajo que llegaba al rancho de Francisco, donde nos esperaban los dos pasajeros que iban al pueblo…

Allí estaban los dos con caras de pocos amigos, se entiende entre ambos. Cargaron una pequeña valija bastante deteriorada y dos bolsos y una manta de viaje. Una radio de mediano tamaño la llevaba la mujer en sus manos.

Martín la hizo ubicar a mi lado, después subió Francisco y contra la puerta lo hizo él, por si había que bajar a correr algún piche, los que en esos días estaban abandonando sus guaridas invernales.

Durante el trayecto del regreso, los dos pasajeros no pronunciaron palabra. Como para romper el hielo del silencio, sintonicé en la radio de la camioneta, un programa bastante aceptable de música que nos acompañó hasta la llegada.

Nos detuvimos en un sitio donde debía bajar la pasajera. Francisco, desde arriba de la caja y sin palabras le fue alcanzando el equipaje. Allí tuvimos la impresión de que había concluido el capítulo de la relación entre ambos, en silencio total. "Pa' qué seguir porfiando", diría él.

Seguimos hasta la casa de una parienta de Francisco Pranao donde él se iba a quedar. En el breve trayecto rompió el silencio que traía desde veinte kilómetros y pico, y muy serio y convencido, me reiteró nuevamente…

—Tenía que darle la saliente, nomás; estas mujeres del pueblo no sirven pa' vivir en el campo, ¡es al pedo! Pa' la época de los chivitos le voy a pagar la gran gauchada que me hizo, muchas gracias por aura.

Tras un breve comentario al respecto con Martín, ya estábamos de nuevo en casa.