La idea de la casa comenzó un domingo por la mañana.

—Está haciendo frío —dijo ella.

Después miró el mar. Las paredes lisas, despintadas de la casa. El hombre acercó un tronco de molle al hogar. El fuego ardía confiado en la mañana gris, entre el hilo delgado del horizonte, el lento chillido de las gaviotas que parecían rebotar en la superficie blanda de los médanos, en la espada aguda de los olivillos.

 

Trató de recordar la historia que iba apareciendo en la memoria con ese aire que tienen los rostros vistos desde un tren. Precisó el color de la cal, y las paredes recién levantadas. El orgullo de su padre. Pero todo eso estaba lejos. Había que construir una casa nueva. Por la mañana, bien temprano había venido el carpintero. Flaco, demasiado flaco, indefinido como una hilacha, con sus herramientas y una caja larga. Después supo que contenía un violín. Supo también que el carpintero se llamaba Juan. Nada más que Juan. Poco sabían —el mismo Juan, casi no lo tenía en cuenta, sólo de tarde en tarde, en forma confusa, aparecía la noche, los aplausos, los curiosos en torno suyo, el arco bajando, con ese movimiento lento de los juncos, sobre las cuerdas tensas (sí, sí era como tocar la lluvia, el lomo de las olas, un pequeño pájaro golpeando el mar. Esto era todo, pero quizás no. No lo sabía bien)—, que a veces preguntaban con un poco de timidez al principio, por el carpintero, para los sábados, y los buscaban a lomo de caballo, en el sulky chico.

Y Juan desaparecía como una sombra.

Alguna vez había contado en el boliche, los días que había vivido en la cordillera. Cuando cae la nieve, el canto del gallo se escucha más lejos. El olor de la madera en los aserraderos se incorpora a la sangre, de la misma manera que la tiza se pega en las manos frente al pizarrón. Después, la madera bajo el cepillo, las virutas hurgando el aire.

Podía traer el cepillo de Pa, su rostro feliz. Lo miraba a veces en el brillo de la tabla, que era pulido como el agua cuando está quieta y hay un buen sol.

Un día dejó de hacer muebles y se vino cerca del mar. Y ahora está ahí, midiendo la luz entre el ruido del taladro, los clavos, las virutas que parecen langostas saltonas.

La casa crecía. Se escuchaba el mar, batiendo la restinga, el viento del sur, sobre todo de noche. Por la mañana, las gaviotas copiaban un cielo bajo.

Resonaban los golpes en el campo. Altos, como si fueran banderas. Juan, seguía amontonando clavos y colas. Las ventanas que daban al cielo eran lo más importante. Los pisos y las paredes podían pasar, pero las ventanas, no.

A veces, Juan dejaba las herramientas y tocaba el violín. Los chicos, primero, y luego los grandes, se acercaban confiados y se iban despacio, escuchando las notas, bailando a veces, cuando la tarde se demoraba con un lento ruido de jume, cayendo en granos redondos y verdes.

Las ovejas pastaban en la península, indiferente a la vida y a la muerte, al crecimiento de las mareas.

(Ahora estoy sentado. El faro de Punta Norte volverá a prenderse a la noche. Es posible que los hijos vayan el domingo, a ese sitio crecido en el acantilado, al aire salado de las olas, el chasquido del agua. Es posible que la casa una vez terminada tenga luces para verla de lejos. Pero Juan no tiene hijos. No hay que dejar que las palabras nos cansen las manos, sabía decir su padre, que siempre está renaciendo de la herrumbre y el polvo).

Un buen día, el constructor habló con el hombre, con don Mariano, el dueño de casa.

Planteó las dificultades. Se dio el veredicto. La casa seguiría construyéndose y volvieron a escucharse los golpes, pero Juan se estaba quedando sordo. Cuando tocaba el violín, la luz no se quedaba en la carpintería.

Juan miraba el rostro de los que llegaban a la ventana buscando aprobación, pero todos se iban sin hablar.

Las ventanas ya no tuvieron preferencia alguna.

Cuando la casa se terminó la gente tuvo que opinar que era algo nunca visto.

Pero cara, ¿no?

Pero linda, ¿no?

El mismo Juan casi no lo tenía en cuenta. Sólo de tarde, cuando las palabras tienen más memoria de lo que han vivido, algún vecino decía: -Hay una diferencia de nivel en el techo, el salón grande.

—¿El que tiene ventanales amplios?

—Sí, el que da al mar, y al cielo.

—Y mira al faro.

Se picó la pared. Se trabajó de nuevo. Y se recomenzaba. Don Mariano, el dueño de la casa, seguía con su fe limpia como la madera recién cepillada, porque le gusta recordar el color de la costa, los pies en la restinga, el lomo rosado de los cangrejos "en el mar siempre sin cesar empezando" de Valery, o acaso el de Milosz, donde los muertos están borrachos de lluvia, pero vivos, resplandecientes como el dorso de los peces de mediodía.

Los defectos de la casa crecían más rápido que los trabajos de reparación. A veces, se colocaban cinco ladrillos, diez, y se caían veinte. Juan estaba sordo como una tapia. De cuando en cuando volvía a su violín y ensayaba algunas notas. Entraba al viejo olor del bosque, a los altos pinos de la cordillera, cuando el sol corría arroyo abajo como una liebre blanca (ahora está comenzando a crecer una melodía, estoy seguro de eso. El cepillo canta como un gallo y lo escucho saliendo de la nieve, alejando el viento del sur, sobre las olas, cerca de los médanos polvorientos. La gente vuelve a crecer y sobre todos los niños a mi alrededor. La muerte no existe).

Cuando no quedaron más que los cimientos, Don Mariano comenzó a formular nuevos proyectos. La casa se levantaría de todas maneras. Cuando Juan tocaba el violín, la luz comenzaba a inundar la habitación como antes.

La casa se terminaría.

Afuera, las ovejas parían. El pasto y el verano, también. Y el mar.