Si no ocurría un milagro, todo se iría al diablo. Los años esfuerzos y sacrificios inimaginables, habrían sido en vano.

Absalon Trent cavilaba, con la cabeza tomada entre sus nos, sentado a una rústica mesa en su rancho situado a orillas un chorrillo que, a poco más de una legua de allí, desemboca en el río de las Vizcachas.

Había llegado hasta ese cañadón de la precordillera hacía unos cuantos años, quizá siete u ocho, acompañado por otro escocés que había conocido en Río Gallegos después de desertar de la goleta lobera "My Fair Lady" de Liverpool. Aunque mejor habría que decir que se escapó, en lugar de desertó, porque al irse se llevó una buena cantidad de libras esterlinas que el capitán tenía para gastos de¡ viaje.

Una vez en tierra no le fue difícil sentar plaza en un bergantín que partía esa misma noche con destino a Carmen de Patagones ... y como la goleta apuntaba hacia los islotes que rodean Las Malvinas o Falkand Islands, como les decían ... mejor que mejor!

Una vez en Carmen de Patagones volvió a desembarcarse comenzó su largo trajinar por las inmensidades patagónicas siempre con vistas a invertir sus cada vez más escasas libras esterlinas de modo que le permitieron cambiar su presente económico y social. Para ello estaba dispuesto a hacer como había visto que lo habían hecho muchos de sus paisanos, que proviniendo como él de un pasado de cárceles y prostíbulos, hoy después de haber actuado con mucha decisión v pocos escrúpulos eran los dueños de la tierra y señoras v señores de alta posición en esa Patagonia que hasta el momento no se le presentaba nada fácil. Es que era evidente que, hasta allí, otros con sus mismos designios y urgencias habían llegado antes que él...

Fue ovejero, buscador de oro, arriero y hasta cazó indios por una temporada mientras buscaba un lugar donde establecerse. En varias oportunidades fue desalojado de donde se había instalado, por vecinos más poderosos y mejor organizados.

Lo de vecinos es una forma de llamarlos, porque ninguno estaba asentado a menos de diez o doce leguas de ese lugar. Pero pensando que la tierra que no ocupaban hoy, podían necesitaría mañana no era cuestión de permitir que el primer rotoso que se presentase, la ocupe... Así fue como unas veces fue alejado a tiros y en más de una oportunidad fue dejado por muerto y otras, fue corrido con el simple recurso de quemarle el rancho y arrearle los pocos animales, que después eran repartidos generalmente entre los participantes.

En esas condiciones fue a parar a Río Gallegos, donde conoció a Nehemy Talbot. Un vagabundo desharrapado como él y que como él, en busca de lo mismo.

Poco tardaron en unir sus desventuras y se equiparon para salir en una campaña de caza, pero con la intención de ubicar algún lugar apto para instalarse. Es decir que, además de reunir las condiciones requeridas para la cría de ovejas, estuviera lo suficientemente lejos de los pobladores más próximos. Como para que su presencia no fuera considerada un peligro para las ambiciones expansionistas de los ya establecidos. Por lo menos hasta haber podido consolidarse. Después sería el momento de conversar... pero seguro que lo harían en otro tono! Estaba convencido que hasta los invitarían a hacerse socios del British Club...

Cuando corrían los primeros días de enero, bien temprano, cada uno llevando dos caballos de tiro partieron en una carreta tirada por cuatro mulas, de Río Gallegos en busca de sus destinos.

Cruzaron el río Gallegos en un paraje situado a unas seis leguas del pueblo y luego enfilaron con un rumbo aproximadamente apuntado hacia el Noroeste.

Los días iban pasando más o menos sin incidentes notables, en los que la constante era el viento que unas veces soplaba con fuerza y otras con más fuerza aún.

Los primeros días se dedicaron a cazar, fundamentalmente, para que al acercarse a alguna de las estancias o puestos diseminados en la inmensidad, dar la impresión acabada de ser cazadores; con sus caballos de tiro cargados de pieles y plumas, ya que en caso contrario podían ser tomados por bandoleros (que también los había) con las consecuencias fáciles de imaginar. Tanto era así que, cuando se acercaban a algún caserío, ni bien eran divisados, todo el mundo, especialmente las mujeres y los niños se guarecían en el interior de las casas -y los galpones, cuyas puertas y ventanas eran firmemente atrancadas por dentro. Quedaban solamente las mirillas por donde asomaban los caños de las armas empuñadas indistintamente por hombres o mujeres y a veces hasta por los niños.

Esta situación se mantenía, con alguno que otro tiro amedrentador, por parte de los encerrados, hasta que en una u otra forma los visitantes podían convencer a los atrincherados de sus intenciones pacíficas.

En esos tiempos, la cautela y la desconfianza a todo lo desconocido eran fundamentalmente, ya que el menor error de apreciación podía significar el saqueo de la propiedad y la muerte segura de sus ocupantes. No se iba a salvar nadie, ya que los asaltantes eran fieles seguidores de que "aquello que está muerto no habla..."

Cuando después de muchas dudas, pruebas y parlamentos, los dueños de casa aceptaban recibir a sus ocasionales visitantes, estos eran invitados a bajar y por no menos de una semana eran agasajados con lo mejor que se podía ofrecer en esas circunstancias. Se intercambiaban noticias, chismes y más de un matrimonio fue la consecuencia de esos encuentros. Pero la cosa era cuando el final no era así de feliz... o los recién llegados eran rechazados a tiro limpio o los pobladores eran pasados literalmente a degüello...

Una cosa que favorecía a Absalon y Nehemy y que por lo tanto los hacía menos peligrosos para los intereses de los visitados, era que no llevaban arreo alguno y por lo tanto no eran considerados posibles "usurpadores" de la tierra sobre la que con toda seguridad ya habían puesto sus ojos... además, Nehemy era bastante conocido en la zona por sus vagabundeos anteriores a su asociación con Absalon.

En ese deambular, fueron haciendo acopio de plumas y pieles v a medida que se iban alejando de la costa, se hacía cada vez más raro encontrar asentamiento de gente blanca. Hacía ya varias semanas que no tropezaban con ninguno y según lo que hábilmente pudieron averiguar durante los días que permanecieron en el establecimiento de los hermanos Grant, hasta después de cruzar la cordillera ya no encontrarían a nadie. Ellos eran los únicos de éste lado, en muchas leguas a !a redonda!

Efectivamente, en esas semanas no habían visto a nada ni a nadie que hiciera suponer la presencia del hombre blanco por las vecindades. Ni siquiera se encontraron con ninguna partida de indios, cosa que les parecía magnífica, puesto que éstos no hubieran tardado en comentar que habían estado con dos hombres blancos y eso, sin duda, hubiera puesto en movimiento de inmediato el mecanismo de represión de los pobladores de la zona... y como ellos conocían ya muy bien lo que eso significaba, preferían que las cosas siguieran así...

Después de atravesar una extensa pampa barrida por el viento que prácticamente dejaba la tierra desnuda a la vista, llegaron a las primeras ondulaciones de un cordón montañoso bastante escarpado e inhóspito.

Una vez traspuesta la pared exterior comenzaron a transitar por cañadones más protegidos de los vientos; algunos bastante profundos y empezaron a encontrar buenos pastos y a los cerros con sus laderas cubiertas por bosques que en algunos casos eran bastante tupidos. Finalmente llegaron a un amplio cañadón que era recorrido por un alegre chorrillo. El agua corría cristalina saltando, de piedra en piedra, entre orillas un tanto escarpadas cubiertas de tupida vegetación que le daban el típico aspecto de un riacho de montaña.

Por largo rato estuvieron buscando un vado y de todos los sitios medianamente posibles, eligieron uno que les pareció el mejor. Con mucho cuidado comenzaron el descenso para cruzar el arroyo. Como primera medida ataron a la parte de atrás de la carreta un grueso tronco. Que previamente hacharon y, desbrozaron, para que les hiciera de freno al arrastrarse sobre el suelo. Luego Absalon embozaló, por encima de la cabezada, a las dos mulas delanteras y con los cabestros comenzó a guiarles a través de la corriente que era bastante fuerte v tenía bastante nerviosos a los animales. Con el agua a la cintura, Absalon iba avanzando por el fondo pedregoso mientras en el pescante Nehemy maniobraba con las riendas y la palanca del freno.

Antes de llegar a la mitad del cruce, Absalon perdió pie Y al tratar de mantener el equilibrio hizo unos movimientos bruscos con sus brazos que asustaron a las mulas. Estas se encabritaron haciendo volcar la carreta, que sufrió la rotura de una de sus ruedas.

Cuando ambos lograron salir del agua, empapados y ateridos, después de desuncir a las mulas, lo primero que hicieron fue prender fuego y secarse. Asaron unos buenos trozos de carne de un guanaco que habían cazado el día anterior y se prepararon para pasar la noche después de asegurar a mulas y caballos. Al día siguiente comenzarían las tareas de rescatar la carga primero y a la carreta después.

No fue nada fácil, pero al cabo de varios días de trabajar con el agua a la cintura y poco menos que muertos de frío, tenían todo en la orilla. Cambiaron la rueda rota por una del par que llevaban de repuesto y cuando tuvieron todo listo, decidieron acampar allí para explorar los alrededores porque les parecía que ese podía ser el lugar que tanto habían estado buscando.

Al principio utilizaban la carreta como vivienda y ocupaban el día en recorrer los cañadones vecinos, cada vez más lejos y en todas direcciones sin encontrar el más leve indicio de ocupación humana. De paso cazaban para alimentarse y para incrementar el acopio de pieles y plumas que luego sería utilizado como elemento de trueque auxiliar de sus libras esterlinas. Querían poblar al establecimiento con animales y al mismo tiempo comprar los materiales necesarios para construir las instalaciones indispensables para iniciar su explotación, sobre todo pensando que por, un par de años, por lo menos, no iban a. volver a Río Gallegos.

Además de las ovejas, hacían falta bueyes, perros, galpones, corrales, aperos, elementos para la esquila, herramientas en general, en fin, un sinnúmero de cosas. Todo lo que se agregaba A la larga lista de necesidades parecía poco y todo parecía imprescindible...

Ese año el invierno ya estaba encima y decidieron pasarlo otra vez allí mismo para luego del deshielo encaminarse con todo para Río Gallegos, y una vez allí, entrar en contacto con la Falkland Islands Company y comprarle la tierra, los animales y todo lo demás. Entonces, sin perder tiempo, tendrían que volverse para ocuparla definitivamente y aprovechar el poco tiempo que ya les quedaría, antes del invierno y las nevadas consiguientes, y .hacer los arreglos necesarios para que los animales pudieran sobrevivir.

Apenas llegaron, se habían construido un pequeño rancho con un buen hogar de piedras, al igual que la chimenea. El resto de la construcción era una mezcla de troncos, cueros y barro. Trasladaron de la carreta una pequeña mesa de tablas y varios baúles que además servían de asiento. Y así pasaron los inviernos. Cuando empezaban a caer las primeras nevazones, iniciaban el aprovisionamiento de carne que, luego de ser congelada al aire libre, era colgada de las ramas altas de los árboles. Para trozarla, debían usar enérgicamente el hacha...

Distribuían en lugares estratégicos una cantidad de trampas y más o menos día de por medio las recorrían, volviendo siempre con algunas pieles de zorro que inmediatamente eran estaqueadas.

El invierno ese año, además de temprano, era riguroso y quienes más lo sufrían eran las mulas y los caballos que encima de viejos, estaban como se dice con la piel y los huesos... ¡y nada más! Todavía faltaban largos meses para poder pensar en un cambio en las condiciones destiempo. Todo lo contrarío, ya que una tarde el cielo se puso extremadamente negro y al poco rato el cerro que daba frente al rancho quedó cubierto por la nube. Como era de prever se largó a nevar. Primero con copos grandes para, al cabo de unas horas, comenzar a caer una espesa cortina de nieve casi pulverizada que dificultaba la respiración de quién tuviera que atravesarla.

Nevó en forma tan tupida que parecía una masa blanca, casi impenetrable, que se iba depositando lentamente sobre la tierra tapándolo todo. Así nevó durante ocho días en forma ininterrumpida. Cuando cesó de nevar, el rancho estaba casi tapado de nieve. No se habían asfixiado porque cada día para llegar hasta la pila de leña hachada que tenían, al lado de la puerta, tenían que abrirla y palear la nieve. Eso los había salvado al mantener expedita una entrada de aire.

Al cabo del quinto día, a riesgo de sus vidas y con grandes esfuerzos llegaron hasta donde estaban los animales. ¡Qué desastre! Tres caballos y una mula va habían muerto v los que quedaban, apenas si podían sostenerse sobre sus patas, de débiles que estaban. Según comentó Nehemv, ya debían haberse olvidado de como se comía... Viendo que no podían hacer nada por ellos, los soltaron. Uno cayó para no levantarse más a los pocos pasos. Los otros ni se movieron del lugar donde estaban.

Antes de correr la suerte de los animales, volvieron al rancho. Estaban comiendo en silencio cuanto de pronto, sin que nada lo hiciera presagiar, Nehemv se levantó como impulsado por un resorte y con la mirada extraviada, al tiempo que lanzaba un alarido como para erizarle los pelos al más pintado, le aplicó a Absalon una puñalada en el vientre. Absalon, tomado de sorpresa no atinó a nada y cayó bañado en sangre.

Cuando se despertó, después de no sabía cuánto tiempo, ardía de fiebre. Agarrándose como pudo se arrastró hasta el catre, pero no pudo subirse, por lo que se quedó tirado en el suelo. Rato más tarde sintió frío pero no se animó a intentar llegar hasta la puerta, que en su huida Nehemy había dejado abierta. Miró hacia el hogar y lo vio apagado... ¿cuánto tiempo había estado inconsciente? Todo le daba vueltas y se desmayó nuevamente. De pronto se despertó sobresaltado. Tenía que cerrar la puerta, porque podía entrar algún animal o lo que era peor, podía volver Nehemy...

Sacando fuerzas de donde no las tenía, se arrastró hasta la puerta y sintiendo que se le desgarraba el vientre consiguió cerrarla. Cuando terminó, estaba bañado en transpiración y le castañeteaban los dientes.

Por momentos arrastrándose y por momentos gateando, con largos períodos de descanso que a veces no eran otra cosa que desmayos, llegó hasta la mesa y con un esfuerzo supremo, se izó para dejarse caer finalmente sobre el baúl ... Cuando se recuperase un poco, prendería el fuego ... ahora, descansaría un poco ... un buen rato...

La cabeza le pesaba como si fuera de plomo y para sentirse un poco más cómodo, se la tomó con ambas manos y cerró los ojos. Así estaba cuando pensó que si no ocurría un milagro, todo se iría al diablo... los años de sacrificios y esfuerzos... ¡todo!