(a Raúl Artola)

 Hay un tigre que vive en mis sueños. Para explicarlo, debo hacer historia. Breve. De chico me gustaban mucho los circos. Me volvía loco por los circos. Siempre les pedía a mis padres que me llevaran a ver las funciones de los circos que llegaban al pueblo. A la tarde me pasaba horas delante de la jaula de los animales. Los tigres eran mis preferidos.

No sabía el porqué y no lo sé ahora. Sería por los colores vivos de la piel, por el contraste con las rayas anchas y fragmentadas que se pliegan con el movimiento. Sería por su mirada tan sutil, por el andar sigiloso de su cuerpo tan inmenso. Una vez se escapó un tigre de una de las jaulas de un circo. El pueblo vivió aterrado durante semanas. La propia gente del circo, los bomberos, la policía y muchos comedidos, lo buscaron por todos lados, por cada rincón, patio, arboleda, cueva, galpón, y no encontraron nada. Cuando ya no hubo más señales del tigre todo volvió a la normalidad. Lo dieron por muerto o en caso de que siguiera con vida lo creyeron tan lejos que ya no representaba peligro alguno para la población. El circo se fue y la vida del pueblo siguió como siempre.

Hasta que un día le dije a mi mamá:

—Hay un tigre en mis sueños.

No me creyó. La noticia se propagó de un día para el otro. De mi mamá a los parientes, de los parientes a los vecinos, y de ellos a la gente del pueblo. La idea de encerrarme en una jaula no fue de mi mamá. Muy a pesar de ella y de papá y de mis hermanas mayores, fue la autoridad —como dicen ellos— la que tomó la determinación. Si yo hubiera mentido, o si sólo hubiera omitido decirles la verdad, otra sería mi situación. Se acercan con miedo, me hablan como si le hablaran a otra persona. Me dan de comer, eso sí, y esperan. Yo crezco y todos esperan. Hace tanto tiempo ya.