Crónicas

 

Un camino de ripio en el que se arremolinaba polvo, marcaba el inicio de nuestro desvío de la ruta provincial N°25, y un cartel grande repujado en madera señalaba la entrada a nuestro último tramo de camino para llegar a la aldea.

 

Segundo Fernández era sastre y español. Podemos imaginar que, como tantos, vino de su patria escapando de la pobreza, de las persecuciones políticas, o de las dos cosas. Podemos imaginar también que era, como tantos obreros de su época, un hombre instruido, con fe en la educación como principal motor del progreso moral y económico, cultor del ideario político del socialismo o el anarquismo, y profundamente anticlerical.

 

A la tarde, luego de comer en un restaurante de las cercanías fui a la estación del tren, en Bariloche. La comida había sido lo suficientemente buena como para no perder el ánimo. La estación está casi igual a los viejos tiempos. Creo que de los lejanos años treinta. Al lado, a una distancia que se puede caminar, la terminal de ómnibus. Llego a la terminal de tren y me sorprenden los viejos asientos de madera, de respaldo alto, ubicados en el hall central. Con un poco de esfuerzo casi que se puede oler el cuero de las viejas maletas que por décadas pasaron por allí.

 

Esquel y Palena, 1965

Formal y circunspecto, tras subir las escaleras, abrir la puerta y cuadrarse haciendo la venia, el policía preguntó por el Jefe de la Agencia.

Julio recibió el radiograma entre sorprendido y curioso. Luego de leerlo se puso serio y me lo mostró. Era una orden ministerial desde Buenos Aires, que nos conminaba a presentarnos en la jefatura de la guarnición local de la Gendarmería.

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A fines de los años ochenta, los entonces jóvenes estábamos listos para hacer un viaje. Sonaron durante toda la década las canciones del soul americano, las versiones criollas de Pappo alentando la aventura por la mítica Ruta 66 y las viejas canciones de Billy Joel, en especial el pianista. A algunos de nosotros se nos iba la vida y las horas pensando en emprender el viaje hacia algún lugar pero, como generación, algo nos retenía. Éramos demasiado chicos algunos, demasiado pobres otros para animarnos, aunque ciertamente estaban allí todos los iconos disponibles de la juventud: guitarras, mochilas, rock and roll, democracia reciente, algunas decepciones, unos cuantos amores. También había motos. No muchas en realidad. Eran rezagos de las importadas en los años de la dictadura. En cambio sí se conseguían algunas nacionales nuevas, las Zanellas, 125 y 200. En ese entonces no lo supimos ver pero hubiéramos podido llegar lejos con ellas.

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