Hacía como un año y medio que Pedro se había hecho cargo de un monte frutal mixto, de algo más de una hectárea.

Una mañana primaveral pasó un vecino a saludarlo y mientras caminaban y conversaban, éste exclamó:

—¡Qué cambiado está esto y qué abundante floración!

—Así es —contestó Pedro sonriendo—, lo que pasa es que los que estaban aquí antes eran muy haraganes y lo tenían bastante abandonado. Pero ahora, como ve, está todo bien podado, limpio y ya le he dado las correspondientes curas. Además, tengo todos los tachos para hacer los fuegos, bien ubicados y distribuidos para protegerlos de las heladas.

—Sí, los estoy viendo —confirmó el vecino—, pero, ¿para qué hizo fuego anoche, si no heló?

—Ah... por las dudas —dijo Pedro—, uno nunca sabe, puede caer una sola helada en mangas y arruinarlo todo.

Así pasaron cuatro o cinco madrugadas frescas, y el vecino veía el fuego que Pedro encendía por las dudas.

Luego de una semana agradable, mientras la floración cuajaba lentamente y parecía superado todo peligro, hubo un brusco cambio y la barra mercurial descendió a cuatro grados bajo cero.

—¡Qué helada! —comentó el vecino en su casa al mirar hacia afuera, y se asombró al no ver el fuego en lo de Pedro.

Más tarde, cuando se encontraron, le preguntó.

—¡Cómo! ¿No hizo fuego anoche?

—Noooo —contestó Pedro resignado—, hacía demasiado frío para levantarme.