“La farolera tropezó, y en la calle se cayó, y conoció a un muchacho guapo, y me enamoró…”

Mi madre apenas se acuerda de esa canción, que acomodada a voluntad, y repite…

Ella nació para cantar, si bien no la dejaron, tal vez porque lo hizo en un pueblo que era patriarcal, porque conoció a Lidio a los quince, porque se casó a los diecinueve, porque tenía una familia que cuidar, y porque la noche, después de las nueve, no era “para mujeres decentes”, decía mi padre…

Ella nunca tuvo el carácter implacable de su madre, mi abuela, que le gustara a quien le gustase era bailadora de jota, muy resuelta, tanto que hacía parar a toda la primera fila del teatro para aplaudirla…Y que el horario lo ponía ella, mi abuela, que de imponerse sabía bastante.

 

Mi madre no, y resignó su sueño.

 

Ahora, a sus ochenta y seis años, resiste esa pena cantando, y matiza a la farolera con tangos como Malena, Durazno en Flor y Cambalache. Luego vuelve a la farolera y se va con ella al barrio de su niñez, y ahí la deja, sin lástima ni nostalgia.

 

Debo confesar que tengo cierto recelo a esa locuacidad sin filtros que le ha ido apareciendo con los años. Porque de eso se trata, entre otras cosas, la vejez. Una mezcla audaz de recuerdos que así como aparecen se sueltan, con voz entrecortada, que luego de una pausa estremece nuevamente Goyeneche, y emprende La Última Curda desafiante, decidida a seguir hasta el final.

 

A la vuelta de un descuido empieza a transitar un hombre su pieza, que no es el fantasma de mi padre, sino el de un muchacho joven, que quiere tocarla, y ella no se deja —me aclara—, como si pensara que me perturban sus atrevimientos. Sin pudor ella lo piropea, danzando sus manos, como parada en la esquina de un bar. Mi madre, desde su cama, se parece bastante a un varón de la década del cuarenta, apoyado sobre el farol de la esquina. Toca el ala de un sobrero imaginario y su cara surcada de grietas me guiña un ojo, y sigue insistiendo con ese piropo añejado.

 

Sin demasiada pausa, me mira y decide que debo lavarme bien las manos, “no tocarme la carita si están sucias”, y sin mediar consuelo me despacha a dormir que “ya es tarde”.

 

Regreso al día siguiente y la veo acomodando su toalla de mano, bien prolija porque se va a la playa, a mirar desde la sombrilla a sus nietas. Y esta tan plena que le sigo las ganas….

En el mismo instante en que fui a la cocina a traer el mate, la pieza se llenó de cucarachas: grandes, chiquitas, que están por todos lados y la pican. Le dejan ese brazo flaquito, esmirriado, ya sin músculo, lleno de manchas marrones.

—“¡¡Sacalas, Sacalas, salieron de la lámpara del techo!!” —me pide—. Y agrega que su mamá “ahora las va a echar, en cuanto venga del patio de regar los geranios”. Sin respiro agrega, “al abuelito también le gustaban los geranios, y doña María la partera era la mejor del pueblo, la mejor. Todas eran galesas”.

 

Se calla un largo rato, la dejo dormitar y de repente dice:

—“¿Te acordás de papito?”

—Claro que sí, mami. ¿Vos te acordás ahora?, ¿Fueron felices? Decime, contame más —le suplico…—.

Entonces muy suelta de cuerpo me contesta:

—“Sí, mucho, era el mejor. El abuelito venía siempre de trabajar y me hamacaba despacito en el patio para que mis zapatitos no arrastraran en el piso…”

Una vez más su recuerdo de mi viejo se había fugado, y era tarde para preguntas. Parece que la vejez también se trata de elegir qué recordar, porque no hay mucho espacio en un cerebro “con más agua que células”, según sentenció el médico.

 

Hace unos días que ya no la visito en su casa, en su pieza, que era la mía, donde había elegido dormir desde que murió mi padre…

Ahora habita una pieza que reconoce como la suya. Ya no camina, ni mueve su brazo izquierdo, y de a ratos delira. Además de cucarachas ahora hay arañas. Las ve caminando por las paredes, y de vez en cuando una, atrevida, se acerca a su cama. Con la única mano que puede le tira un zarpazo, mientras nos mira asustada.

 

La historia de mi madre, en la pieza de su casa terminó. Dio un paso fuera, ya sin retorno. Aunque pensándolo bien tampoco hay que exagerar el sufrimiento.

 

En la habitación de enfrente, del piso para ancianos de la clínica, se aloja una inquilina algo rubia aún, de ojos azules bien abiertos. Una mujer que hace años vive sólo para respirar. En la habitación de al lado, un hombre con su bigote aún escuro, aúlla un sonido de motor, y pone sus manos a la altura de un volante imaginario, que lo lleva no sabemos a qué mundo. Yo lo miro de lejos, sin animarme a entrar a su pieza.

Y mi mamá sigue allí, en ese otro puto mundo imaginario, hasta cuando no pueda más.

 

Miramos juntas la novela de la tarde, y nos duele un poco a las dos la espera de esa chica cuyo novio la dejó embarazada, en un viejo pueblo mexicano. “María la partera la va atender, pobrecita, es la mejor de todas” —dice—.

Luego se duerme media hora. Al despertar todavía me conoce, y para bien de las dos aún ve a su muchacho, el del piropo que nos hizo nacer a esta vejez que compartimos. Y sonríe, siempre me sonríe, y eso me llena los agujeros por los que se van esos pedazos de mi niñez que sólo ella conoce.

 

Pero a pesar de todo la vamos llevando bastante bien, vamos calmando la bronca con acordes de La Última Curda, y con los vaivenes de esa hamaca que mueve la mano del abuelo…

Yo me voy un día más, sin la certeza de saber si al volver seguirá cantando.

 

Pronto habrá que decidir si la dejamos ir con o sin prisa, a ese puto mundo sin retorno, en el que nadie riega ningún geranio.