Preciosa tarde la del miércoles 9,  diciembre esparce sin retaceos los verdes umbríos de la fronda santiaguina y el aire del año viejo acaricia la casa, testigo de glorias y festejos un día, de sangre y muerte después, allá por los setenta.

Un guardia abre el portón y nos identificamos. Mis ojos se pierden en la copa del ombú gigantesco de la entrada y allá está ella, blanca y señorial. El sol de las cinco de la tarde la ilumina, sugiriendo otros soles. Y otros pasos en los tiempos nuevos.

A un costado el hogar de ancianos, a metros solamente.

Me animo, el corazón encogido, y toco la puerta que se abre de inmediato, revelando la amplia sala…y la mirada inquisitiva de la mujer.

-¿Puedo visitarla?-pregunto.

El no surge estentóreo desde el fondo de la sala. Desde allá me gritan que no se puede, son las oficinas del hogar de ancianos, las visitas están prohibidas, fotos tampoco, no se puede.

Salgo apesadumbrada, iré hasta la gruta cercana a la glorieta, allá la virgen, llena de vergüenza, usurpa el asador donde se juntaban, entre risas y vinos, Salvador y sus amigos.

-¡¡Alto ahí!! -me detiene la voz del guardia- no se puede pasar.

-Pero si estoy con una amiga y ya nos hemos identificado, ella va caminando hacia la gruta -intenté explicarle.

-Usted no puede, usted no está autorizada, va a tener que retirarse -me dice, señalando la salida.

Pido explicaciones, me siento en las raíces del ombú, pero para el hombre no ha sido suficiente.

-No puede sentarse ahí -me grita- entre a la oficina o la saco a la fuerza.

-No voy a entrar ahí -le contesto- los recintos cerrados me descomponen, prefiero el aire libre. En todo caso alcánceme una silla y me siento aquí afuera.

-No se puede -insiste- yo recibo órdenes y tengo que cumplirlas.

-A ver, explíqueme por qué tengo que quedarme parada aquí afuera o sentada en su oficina.

-Yo recibo órdenes y tengo que cumplirlas.

-Señor, escúcheme por favor. Por qué motivo autorizó mi entrada y ahora no me deja caminar por el parque, cuál es la razón.

-Usted hizo uso indebido de las instalaciones -me contestó entre dientes.

-Qué me está diciendo. No le entiendo, explíquese.

-Usted fue a un lugar que no le corresponde.

-Todo lo que hice fue golpear la puerta de la casa, me dijeron que no se podía visitar y aquí estoy ¿cuál es el delito?

-Yo recibo órdenes y tengo que cumplirlas -respondió él con el reiterado sonsonete.

Y agregó -Esto es propiedad privada.

Parece que sí lo es, propiedad privada del glorioso ejército de Chile, a las órdenes del espíritu de Pinochet. Un geriátrico militar. Ahí pueden verlo al guardia, haciéndole la venia, mientras el dictador sonríe desde su tumba.

El  hombre siente que es su oportunidad y no puede dejarla pasar, es la cuotita de poder que se le reveló de pronto el miércoles 9 de diciembre.

-Y si usted no se sienta ahí adentro... -sigue amenazando.

Lo miro a los ojos y me siento afuera, en el umbral gastado de la guardia. -No querrá que le vomite la oficina ¿verdad? -le espeto.

Es demasiado para él, abre y cierra desconcertado el portón de acceso, le cuesta salir porque le obstruyo el paso, no me muevo hasta que me lo pide y vuelvo a sentarme.

El sol ya ha comenzado su marcha hacia el poniente. Mi amiga aparece entre la fronda, el guardia entra y sale mascullando vaya a saber qué maldiciones, argentina tenía que ser. Atiende el teléfono y si señor, como usted diga señor, al tiro señor. La mano izquierda sosteniendo el tubo, el brazo derecho alzándose, la venia dispuesta al superior de turno.

Y la cuotita de poder que se le acaba y fue tan breve, lo que dura apenas un rato del miércoles 9 de diciembre. El espíritu del jefe lo defrauda.

-Es que ya no se puede en Chile -clama, justificándose, desde los abismos ardientes del infierno.

El taxi llegó a buscarnos. Mientras el guardia abría el portón escuché la risa portentosa de Salvador y tomé una foto. Entre las ramas del ombú pude entrever las puertas abiertas y al hombre invitando, vaso en mano.

En el más allá el dictador volvía a morir. Es que Salvador no quiere espectros asesinos en su casa.

 

                                                                   Santiago de Chile. 09/12/2009