Esa tarde Santa Rosa me recordó pasajes de alguna literatura ida en las ensoñaciones juveniles pero también las acechanzas del porvenir. Me preguntaba si a pesar de tener el cuerpo cansado podría disimular otros cansancios. No me detuve tampoco demasiado tiempo en esas cavilaciones. El hotel ya se veía desde al acceso sur, era el más alto de la ciudad y hacia allí me dirigí. Frente a él me detuve en la zona de estacionamiento temporario, dejé mi moto y entré a la conserjería.

El tipo detrás del mostrador me sonreía con unos dientes blancos cuidados, una camisa del mismo color y una corbata oscura. La recepción mezclaba imitaciones de mármol, brillos dorados en las lámparas y barandas, y terciopelos rojos en las cortinas y sillones. Eran brillos de otros tiempos. Sólo faltaba el destello en la sonrisa del conserje para completar la escena. Recuerdo que pensé que todo era un montaje para el momento de cobrarme la habitación. Lo primero que me preguntó fue si venía de lejos, le dije que un poco, y me conmovió un poco mi respuesta porque lo que para él eran kilómetros para mí era mi historia. Había empezado a llover en ese momento y llegar a ese lobby fue salvarse de una humedad persistente pero también salvarse, de algún modo, del pasado que me había llevado hasta allí, a una ciudad en medio de la pampa que mal disimulaba su extraña ubicación tras frases como “la puerta del desierto” y cosas por el estilo. Tomé el cuarto, guardé la moto bajo techo y arrastré mis cosas hacia el ascensor. En el camino le pregunté con cierto tono de complicidad al botones adónde se podía ir en la noche si uno quería escuchar música y beber unos tragos. Como quién contesta esperando el momento oportuno para dar una contraseña me dijo de varios sitios que iban descendiendo en la escala de las virtudes de pueblo, desde la confitería familiar y parrilla a burdeles cercanos al casino. No sé si conservaba el brillo en mis ojos de aquella visión de las prostitutas que me hacían señas al entrar por el sur a la ciudad, pero algo pasó, porque de pronto ya no había lugares para la familia en su descripción de los buenos sitios. Esos momentos en las conversaciones son algo para atesorar. Lo que alguien cree que querés, lo que vos creés que querés y pensás que estás diciendo, y lo que el otro cree que estás preguntando. Cuando llegamos a la habitación con estos pensamientos extraviados le di las gracias y ningún dinero y me tiré en la cama. Al parecer los sueños de alcanzar noches interminables luego de sentir un motor bajo las piernas durante horas se esfumaban con las primeras nieblas del sueño. Las sirenas ahora formaban parte de lo onírico, “bueno” pensé antes de dormirme, “siempre formaron parte de eso después de todo”.

La mañana de Santa Rosa invitaba a lanzarse a la ruta. La ciudad estaba dormida cuando me desperté ansioso por dejar atrás los dolores musculares y seguir en el camino. La lluvia había dado paso a un sol discreto que levantaba de a poco ese olor a tierra mojada y asfalto que en la llanura es penetrante. Ahora meditaba con más calma para qué estaba rodando, ensayé algunas explicaciones y todas me parecieron excusas, por lo que las abandoné en poco tiempo. Me llamaba la atención, eso sí, el impulso de seguir, no importa adónde, pero seguir. Mientras acomodaba las cosas en la moto me dejé nuevamente llevar por el ritmo lento, casi ceremonial, que había adquirido en apenas dos o tres días de hacer esa tarea. Era un momento hipnótico, alejado de los apuros de una vida. Ahora, mi pequeña aventura me estaba enseñando algunas cosas a las que antes no prestaba demasiada atención. Era un sentimiento contradictorio el que tenía, me gustaba en sí misma la tarea, a la par que trataba de encontrarle otros fines que invariablemente descartaba por inverosímiles. Salí por la calle desierta de fin de semana y disfruté yendo lentamente, viendo mi reflejo en algunas vidrieras y sobresaltándome al saber que las imágenes reflejadas eran las mías. Cuando logré dejar atrás el placer indulgente de rodar viendo reflejos llegué a una rotonda que ofrecía el espacio abierto de nuevo. Es difícil describir el momento en que se llega a esas encrucijadas en los límites de las ciudades. De un lado, atrás, quedan las personas, la ciudad misma, sus historias, del otro, adelante, un camino recto sólo modificado por suaves ondulaciones del terreno. Pensé que los viajes tienen esos momentos del dejar atrás, me acordé de la sentencia profunda de Emily Dickinson, que dice: “partir es todo lo que sabemos del cielo y todo lo que necesitamos del infierno” y me reí de la exagerada comparación que surgía al acodarme tan claramente de esa frase en medio de una ciudad de la pampa justo cuando me iba de ella, pero ante todo, justo porque era una ciudad que no conocía muy bien. También me acordé del viejo Kerouac cuando decía que en los viajes se está triste hoy, alegre mañana, que son, después de todo un vaivén. En ese momento de citas literarias y salidas de una rotonda, lo que más extrañé al tiempo que volvía a reírme como borracho fueron las sirenas en el acceso sur de la ciudad. Las sentí lejanas y al mismo tiempo hermanas en el tiempo. Cuando terminé el giro, entonces, sólo quedaba acelerar por la carretera recta.