Un camino de ripio en el que se arremolinaba polvo, marcaba el inicio de nuestro desvío de la ruta provincial N°25, y un cartel grande repujado en madera señalaba la entrada a nuestro último tramo de camino para llegar a la aldea.

 

Entre charlas y mates llevábamos ya cinco horas de viaje, y la expectativa del encuentro con los miembros de la comunidad nos mantenía con cierta ansiedad. Después de todo cualquier encuentro es embarazoso, pero en las comunidades de la meseta supone otras miradas, otro apriete de manos y siempre, indefectiblemente, un beso en cada mejilla. Siempre.

Unas sierras altas a la izquierda del camino de las cuales cuelgan unas bardas, señala la cercanía de las tierras del cacique Mariano, llegado hacia 1917 e instalado junto a más de veinte familias, que formaron en su origen la comunidad. Un gran mallín subraya a lo largo la aldea, que tiene su única entrada por una calle tapizada de adoquines. Uno va entrando y saluda primero a sus muertos, una metáfora de la importancia que tienen sus antepasados en sus luchas y en su vida diaria. Es un descanso de estepa hecha de tumbas que sobreviven a los vientos del oeste y al tiempo, que ha dejado las cruces oxidadas y las flores plásticas descoloridas. Luego pasamos frente a una pequeña iglesia de adobe, abandonada, descascarada, que  parece existir para mantener  los llantos y los rezos  anquilosados.

No había nadie, nadie en la calle principal, ni en las dos o tres laterales, y las puertas y ventanas de las casas estaban tan cerradas como en el páginas finales de Pedro Paramo.

La ausencia la atribuimos, primero, a que llegamos a la hora de la siesta, pero a medida que avanzamos con sigilo, empezamos a escuchar los altoparlantes que anunciaban, desde lo alto de un camión, con música de chacarera de fondo, el comienzo de las pialadas.

Entonces seguimos las voces y aparecieron, al final de la aldea, camionetas, colectivos, autos y murmullos que uno no espera encontrar a la vuelta de cualquier sierra de la estepa. Mi primera conclusión, no confesada en voz alta, fue que habíamos llegado en un mal momento; tanto para recoger el relato de los abuelos -esos que se dan en las noches tranquilas al lado de algún fogón-, como para  encontrar alguna casa que nos alojara, ya que todos en el campo, quien más quien menos, tiene más familiares y amigos que camas.

La voz impostada del locutor campero interrumpió los murmullos para presentar a los payadores, que harían su entrega después de cada pialada, relatando lo sucedido conforme al arte de conjugar pocos versos y muchas rimas. Siguieron aplausos, risas, y luego la tensión por el ruido seco de los caballos al caer de espaldas, con sus patas enredadas en los lazos que le tiraban los paisanos, en el corto tiempo entre que abrían la compuerta del corral y pasaban los gateados, los moros y los azulejos.

Como la fiesta de “marcación” iba para larga, decidimos a caminar entre la gente que poco tiempo tardo en reconocernos como winkas forasteros. Entre miradas cómplices y saludos de toque de ala de sombrero, nos acercamos al fogón a gustar de ese asado que se ofrece nomás, que no se vende, porque lo juntan los vecinos que, como en los antiguos festines ceremoniales, compartían bailes, rogativas, jineteadas y vino.

Ninguna de nosotras había traído cuchillo, primera impericia resuelta rápidamente por Celia, que nos esperaba vendiendo empanadas y pan casero en uno de los puestos hechos para la ocasión. Así que pan cortado a la mitad en una mano y con el cuchillo compartido con mi amiga que estrenaba dignamente el polvo y el calor de la estepa, nos acomodamos para matar el hambre debajo de la media sombra que se extendía sobre los tablones de la mesa comunal.

Y entonces todo empezó a fluir, la tarde a calentar, y el vino a correr, con algún mareado que de tanto en tanto, en débil equilibrio caía y se levantaba ayudado con naturalidad y resignación.

Una fiesta campera tiene de todo; juegos de taba, doma, jineteadas y la oportunidad de vencer la cautela y animarse a la seducción con los mejores sombreros, fajas y botas que se muestran como al pasar a las damas vestidas para la ocasión. Los más jóvenes pasaban con sus jeans ajustados, auricular y celulares tratando de encontrar conexión en lo alto, cerca del alambrado.

Después de unas tres horas de fiesta, el cansancio apareció y casi sin mirarnos nos decidimos a mendigar un lugar para alojarnos. Y entonces fue cuando Celia, tímidamente, nos comunicaba que le habían llegado parientes, pero que algún lugar “íbamos a encontrar”. La maestra nos confirmo que la escuela estaba llena, y encima no habíamos llevado carpa, por esa confianza citadina que no previó contingencias como estas.

Como si Futachao nos estuviera mirando y se hubiera compadecido de nuestra consternación, apareció Eulodia. Nos conversó eufóricamente del día, del campito que tiene frente a la aldea, del camaruco que había terminado muy bien en la última luna llena de febrero, y que ahora se había venido a pasar la fiesta en su casa de la aldea.

Había dos camas, si queríamos, porque ella estaba sola y “se arreglaba en la cocina con una matrita nomas”. No se habla mas, dijo. Con sus setenta años tan bien puestos como sus aros blancos, su collar, su pollera floreada, su trenza renegrida recostada al lado izquierdo del pecho, nos guió a su casa. Como ella iba a seguir bailando y luego a jugar al bingo en la escuela, nos dijo: “Dejen abierto nomas, que capaz llego de madrugada”.

Y así pasamos tres días en su compañía, viéndola hilar lana de cabra a la mañana con su huso, mientras cebábamos mate y la escuchábamos contar su historia, que era también la de su madre Elvira, hija del cacique Mariano Epulef, mujer a quien yo había tenido oportunidad de grabar veinte años antes cuando había estado por primera vez en la aldea. Le había prometido a Elvira, que en ese entonces tenía más de noventa años, volver con su voz para darles fuerzas a todos, “que debían seguir luchando por sus tierras y para que no se pierda el camaruco”.

Escuchábamos ahora juntos esa vieja grabación, a medida que sus hijos y nietos iban acercándose, mientras sonaba un largo taill, “para que quede, para que no pierdan, para que la lluvia cuide nuestros campitos y para que los winkas sepan que no vamos a abandonar este lugar. Muerta me van a sacar de acá, solo así”, decía la voz de Elvira.

El sol del mediodía  ponía a prueba nuestras fuerzas con unos cuarenta grados a la sombra, mientras la voz de la camaruquera tañía fuerte desde lejos en el tiempo, desde abajo de la tierra. Al ritmo de su voz cierta humedad crecía en los ojos de Eulodia y de Celia, quienes cantaban bajito y tamborileaban con sus manos a la par de la abuela, para no olvidar sus roles en el camaruco, mientras los nietos prometían volver a ponerse las plumas de ñandú, pintadas de muchos colores, para bailar el loncomeo el próximo febrero de luna llena, alrededor del rewe.

La promesa a Elvira estaba cumplida para lo que gusten mandar...

Al salir, después de saludar con un beso en cada mejilla a todos, prometiendo volver pronto por más historias y asado, pasamos frente al cementerio y me pareció ver un viejo pañuelo blanco rondar un baile sobre una tumba. Pero no lo puedo asegurar.