Segundo Fernández era sastre y español. Podemos imaginar que, como tantos, vino de su patria escapando de la pobreza, de las persecuciones políticas, o de las dos cosas. Podemos imaginar también que era, como tantos obreros de su época, un hombre instruido, con fe en la educación como principal motor del progreso moral y económico, cultor del ideario político del socialismo o el anarquismo, y profundamente anticlerical.

Ello se desprende de una broma que le jugó al mayor medio de prensa católico argentino, allá por 1932…

A fines de ese año, el diario “El Pueblo” de la Capital Federal, presentaba a Trelew en medio de una crisis, presa de la anarquía, producto de un malón organizado y sublevado por fuerzas comunistas.

La disparatada noticia que apareció bajo el título de “Ni los indios se salvan de la penetración comunista”, informaba que “tribus indígenas” armadas de lanzas y boleadoras rojas (clara marca comunista), habían atacado a la escuadra de aviones de la Armada Argentina que se encontraba destacada en la zona, realizando ejercicios de instrucción.  

La respuesta indignada de los habitantes de Trelew no se hizo esperar, y no faltaron las protestas,  las burlas, ni los telegramas reprobatorios cursados a “El Pueblo”, desmintiendo categóricamente las informaciones que desacreditaban la seriedad del medio que las publicaba.

Tampoco se hizo esperar la respuesta de “La Cruz del Sur”, periódico católico publicado en Rawson por los salesianos, que disparó sus quejas contra el periódico “El Avisador Comercial” de Trelew, al cual acusaba de no haber tratado el hecho con la suficiente seriedad, tachándolo de irónico.

¿Pero cómo fue que el diario católico “El Pueblo” llegó a publicar semejantes disparates?

Aquí es donde entra nuestro amigo Segundo Fernández, aquél sastre cabal del que hablamos al comienzo.

El mismo, por otra parte, fue el encargado de aclarar el “mal entendido” en “El Avisador Comercial” del 3 de diciembre de 1932, a través de una solicitada pública que transcribimos en su totalidad aquí a continuación:

 

Trelew (Ch). Noviembre 30 de 1932.

Señor Director de El Avisador Comercial.

 

Muy señor mío:

Ruego a Vd. quiera tener a bien dar cabida en las columnas del periódico de su digna dirección a las líneas que van seguidamente.

El principal diario católico de la Argentina “El Pueblo”, que aparece en la Capital Federal”, llegó a descubrir últimamente en Trelew una verdadera mina “roja”. Representantes del ejército, profesores del Colegio Nacional, maestros, periodistas, estudiantes: ¡Todo era “rojo”!

Un día tuve la suerte de que cierto sacristán disfrazado de torero me arrojase, desde las columnas del sagrado diario, algunas “banderillas”, entiéndase expresiones groseras, a las que parecen ser muy aficionados los gacetilleros que mojan su pluma en agua bendita y escriben invocando al Evangelio.

La furia del sacristán, exacerbada por un artículo mío y noticias “rojas” enviadas desde Trelew por sus agentes visionarios, era evidente. Brotaba por todos los poros de los articulejos en que me llenaba de improperios, revelando poseer mas fuerza en la lengua que en el cerebro.

Decidí aplicarle, como única respuesta, un castigo ejemplar. Un castigo a la criolla. Un verdadero castigo gaucho –que me sugiriera el mismo Sacristán amostazado, al evocarme la figura de un gaucho que inmortalizara en las letras nacionales la pluma de Ricardo Güiraldes: Don Segundo Sombra.

Dirigile una carta al director de “El Pueblo”, sirviéndome al efecto del nombre de un modesto personaje de un cuento mío inédito.

Anunciábale en ella que la penetración comunista había hecho presa de los indios (!), y que estos merodeaban en los suburbios de Trelew. Indios completamente desnudos (¡!), en número de cuatrocientos, habían intentado bolear (¡¡!!) la escuadrilla de aviones que hizo un viaje al Sud, comandada por un cacique y un capitanejo (dos tipos extranjeros que he conocido en mis andanzas por la cordillera).

Estos indios acusaban un grado tal de fiebre comunista, que llevaban hasta las boleadoras pintadas de rojo…

Y bien, señor director: el gran diario católico, defensor de la verdad revelada, publicó la nueva verdad como un documento sensacional que daba a conocer “nuevos datos concretos”, de una “importancia grandiosísima –son sus palabras– sobre la “propaganda subversiva” en Trelew.

De tal suerte puse en ridículo la manía de este diario de ver un ácrata, un nihilista, en cada persona cuerda que no comulga con supersticiones de ninguna laya.

Y ahora el “gran” diario, en su número del 22 del corriente, presenta sus “disculpas por la inocente broma, al honesto y al trabajador pueblo de Trelew”, lo cual equivale, en el fondo, a una retracción plena de sus acusaciones mal intencionadas a personas de este pueblo, urdidas con el avieso propósito de desacreditarlas.

Y bien, señor director: perdonémosle la ignorancia, pero no la mala fe. Y, hagamos obra verdaderamente argentina enviándoles a los “padres” que publican el diario de marras, una buena colección de postales con fotografías de nuestro pueblo y nuestro Valle, de suerte que la Patagonia de Pigafetta que aun llevan en la mente, se desvanezca.

Al dejar así aclarado “ese misterioso asunto del malón rojo”, como dice “El Pueblo”, y agradecer al señor director, me complazco en saludarlo con mi consideración mas distinguida.

 

Segundo Fernández

 

Nada para agregar. Solo que se extrañan hombres como Segundo Fernández[1], con el cual nos hubiera gustado compartir el vermouth de la tarde en algún bar.

 

Pablo A. Lo Presti

 



[1] Segundo Fernández fue además uno de los socios fundadores de la Biblioteca Popular Agustín Álvarez y su primer presidente.