A la tarde, luego de comer en un restaurante de las cercanías fui a la estación del tren, en Bariloche. La comida había sido lo suficientemente buena como para no perder el ánimo. La estación está casi igual a los viejos tiempos. Creo que de los lejanos años treinta. Al lado, a una distancia que se puede caminar, la terminal de ómnibus. Llego a la terminal de tren y me sorprenden los viejos asientos de madera, de respaldo alto, ubicados en el hall central. Con un poco de esfuerzo casi que se puede oler el cuero de las viejas maletas que por décadas pasaron por allí.

Me senté por unos minutos y cerré los ojos. Puedo imaginar la vocinglería de varias generaciones partiendo y llegando a Bariloche. Punta de rieles. Mi concentración dura poco. Alguien dice, vamos al andén, y sin dudarlo, fui tras él. Allí estaba. A unos doscientos metros se veía la locomotora que tira de los vagones de pasajeros y otra, la que lleva los autos, hacía maniobras. No soy bueno con los trenes, es decir, no sé mucho de ellos, pero me gustan. El rugido de los poderosos motores diesel, los gestos exagerados de los empleados del ferrocarril avisando de las maniobras, agitando los brazos y el silbato del tren, completaban el cuadro. Quién lo diría, una escena perfecta. Pensé en ese momento que eso era un viaje. Esas escenas en donde todo parecía continuar eternamente, del mismo modo, por años. Eso, más dos o tres olores. Dan las cinco y media y el tren se aproxima al andén. Me dice un empleado que mi vagón está mucho más adelante. No sé por qué, pero corro, como si el tren se fuera a ir dejándome allí. Creo que es el efecto de muchas películas en las que los pasajeros corren hasta su vagón.

Siempre olvido que los trenes se conectan por dentro. Cuando llego a la puerta del coche camarote subo, una bocanada de aire fresco me recibe. Rápido voy al camarote. Allí estaba. Tal como lo había imaginado. Una ventana, un asiento de cuero verde, de respaldo alto, un pequeño placard, un espejo, teclas para las luces. No hago nada. Sólo me siento, y como los niños, disfruto el momento de haber llegado al lugar deseado. Como los niños, pienso en las cosas que haré allí y realmente no haré. Algo de la historia familiar viene a mí. Claro, mi abuela venía en tren hasta San Antonio, luego a Trelew en colectivo. Su tren era uno con coches camarote. Coche litera, como leí en algún lugar de los vagones heredados de Renfe, los ferrocarriles españoles. 

A las seis el tren arranca. Un bamboleo, cierto rumor desde abajo del chasis, y estamos andando. La vista de la partida de Bariloche justifica todo el esfuerzo.

No hago mucho más. Me dejo llevar. Vamos en subida, aunque mis conocimientos de geografía indican que deberíamos ir en bajada, pero debe ser momentáneo. El vaivén del tren preconiza el vaivén del viaje. Eso es lo más interesante. La escena perfecta de la estación ya no está. Se disipa y da paso a otras. Otra vez asoma ante mí la naturaleza silenciosa y simple del viaje. De ahí su poder. 

 

El coche comedor ofrece buenas vistas del paisaje que se torna hacia los marrones y amarillos de la meseta central del sur de Río Negro. Hay algo desmesurado en toda la escena. El tren es largo y lo vasto del paisaje lo hace más lento. La velocidad, se sabe, es función del tiempo y del espacio, pero aquí, sin duda, del espacio. Viajan mochileros, pobladores de la línea sur, algunos turistas extranjeros, varios, y unos cuantos turistas argentinos Un par de nostálgicos del olor de las estaciones y de los viajes de Ferrocarriles Argentinos. Toda la diversión es mirar por la ventana y eso, ciertamente, no es poco. Pasamos por algunos parajes, un par de estaciones y hacia el anochecer llegamos a Jacobacci. Me doy cuenta de algo que puede explicar el encanto de los trenes, al menos de estos. Son máquinas descomunales, pero íntimas. Los rieles, a diferencia de las carreteras, no tienen grandes vías de acceso a los pueblos y a las ciudades. Ellos se despliegan en los fondos, un poco más allá de los patios, cruzan baldíos con yuyales, por detrás de galpones, y de pronto te depositan en la estación. Con los autos y otros vehículos uno entra por el lado de adelante. Va viendo fachadas. El atrás de las casas es para los amigos y las familias, para los niños, es donde se hacen los asados. De hecho nos saludan varias personas desde esos fondos. Y una cosa más que se ve mucho en la Patagonia: se pasa sin transición de la vastedad al terrenito, al patio de casa. Desde el tren se asiste a eso en primera fila. Hora de cenar. Detenidos en la estación los mozos apresuran el paso en el coche comedor. La mujer japonesa que habla en inglés le dice a su pareja que el tren se bambolea. Su pareja, que es una foto exacta de esos tipos del Discovery Channel que viajan y filman por el mundo, habla, habla y parece saberlo todo. El joven de clase media con barba le explica a los ocasionales compañeros de mesa que Bariloche no es sólo lo bonito, que los barrios de arriba, esos, los tapan al turismo. Hay ruido de tenedores, cuchillos, vasos que chocan con botellas y risas. Un poco más atrás unos chicos, adolescentes, tienen marcado en la cara que algo bueno va a pasar en ese vagón en la noche, más tarde. Abstraído de la escena pienso si hay un otro lado de la ventanilla, si separa dos mundos, los de adentro y los de afuera, si las calles de Jacobacci se prestan al estereotipo o a la curiosidad cultural. No lo hacen y brindo silenciosamente por ellas.

Otra vez en marcha, con el postre y el vino sobre la mesa. En un rato vendrá el segundo turno al comedor. Me apresuro, termino de cenar y vuelvo al camarote. Ya está preparado para dormir. El asiento de cuero verde se transforma en una cama, en dos en realidad. Y me acuerdo de una imagen en un avión rumbo a México años atrás. Cuando pasábamos por sobre las islas Galápagos la azafata servía carne y vino tinto para la cena. En aquel momento pensé en lo ridículo que se veía un montón de gente cenando sobre el Pacífico a 840 Kms. por hora y a once mil metros. Era una familiaridad extraña, una intimidad casi disparatada. En la oscuridad de la meseta el tren avanza y en esa cápsula del camarote la misma sensación. Las máquinas juegan juegos complejos. Tienen una astucia de la que no nos percatamos.

Amanece. Toda la noche se escucha que las locomotoras quieren acelerar el paso, demostrar que pueden más y los rieles las detienen. Al cruzar la ruta 3 ya estamos en San Antonio. A los lados del tren avanza el pueblo y de pronto se llega a la estación. Me bajo con mis cosas y con las cosas que no hice en el viaje en tren. Veo al maquinista que sonríe, cómo no hacerlo en esa locomotora. Le digo adiós al camarero amable. Un poco dormido me da risa la idea de que los viajes son también lo que no hacemos en ellos. 

Ahora a buscar un lugar para el café con leche con medialunas.