Esquel y Palena, 1965

Formal y circunspecto, tras subir las escaleras, abrir la puerta y cuadrarse haciendo la venia, el policía preguntó por el Jefe de la Agencia.

Julio recibió el radiograma entre sorprendido y curioso. Luego de leerlo se puso serio y me lo mostró. Era una orden ministerial desde Buenos Aires, que nos conminaba a presentarnos en la jefatura de la guarnición local de la Gendarmería.

El Comandante nos hizo pasar a una espaciosa oficina, en donde una enorme maqueta en relieve, sobre la pared, desarrollaba buena parte del área fronteriza entre Argentina y Chile. Hacía poco tiempo que había ocurrido la escaramuza de combate en la Laguna del Desierto y ahora, el centro de la disputa territorial sobre límites estaba en la zona de

Palena. Desde Buenos Aires, se nos ordenaba constituirnos en el lugar bajo custodia militar, y presentar un informe de aptitud y factibilidad agronómico–productiva de las tierras en conflicto.

Las veces que había estado más allá de Trevelín, en particular en las zonas de río Frío, Corcovado y sobre todo en el valle del Río Carrenleufú, había quedado impresionado por lo bello y agreste del paisaje de esa región chubutense. Pero ahora se trataba de ir bastante más allá, incursionando en un territorio totalmente nuevo para nosotros, en plena cordillera andina.

Llegamos con el vehículo hasta el destacamento de Carrenleufú y allí conocimos al suboficial que nos guiaría en la misión. Al día siguiente, temprano, cubiertos con ponchos militares y montados a caballo, iniciamos la marcha hacia Palena.

El Carrenleufú es uno de los raros casos en que un río nace tras la frontera, corre hacia el este, ingresando a la Argentina, y luego de efectuar un amplio giro hacia el sur, las aguas retornan hacia territorio trasandino para desembocar en el océano Pacífico.

La mañana era fresca pero soleada. Por suerte los caballos estaban muy acostumbrados al terreno accidentado, pleno de mallines pantanosos, arroyos transparentes pero muy pedregosos, y tupidos senderos en el bosque, con ramas que amenazaban voltearnos al menor descuido. El sargento que nos guiaba, seguramente fiel a consigas recibidas, era de muy pocas palabras. De todas maneras, ante el paisaje deslumbrante, era preferible que nadie hablara y aflojar las riendas para que los animales hicieran su camino.

A media mañana, el caballo del Julio se enterró en un menuco hasta las ancas, pero un oportuno rebencazo de nuestro guía lo sacó del apuro. Enseguida, en un recodo de la senda, en dirección contraria a la nuestra, apareció al trotecito un gendarme uniformado con una banderola argentina a sus espaldas, guiando una tropa de varias mulas atadas en fila india, cargadas con alforjas. Se saludaron con nuestro baqueano, quien nos explicó que era “el trencito” de abastecimientos que regresaba desde nuestro puesto de avanzada en la zona de conflicto. Luego, en el mismo campamento, supimos que este puesto estaba en la parte más occidental de Palena, mientras su análogo chileno estaba ubicado bien hacia el Este, de modo que ambos servicios de abastecimientos se cruzaban una o dos veces por semana.

Más adelante encaramos un empinado faldeo de bosque incendiado. Los troncos aún parados, en distintos tonos de gris y negro, parecían un enorme ejército de espectros retorcidos que gritaban su dolor entre matorrales de cañas y arbustos que lentamente volvían a colonizar el sitio.

Cientos de toneladas de madera quemada nos rodeaban en la silenciosa mañana, sin pájaros, sin arroyos, sólo acompañados por el paso lento y el ruido apagado de los cascos de los tres caballos con sus jinetes, que atravesábamos aquel cementerio estremecedor. De repente, al otro lado de la cresta, sobre un modesto caserío escolar apareció ondeando la bandera de Chile. Alcanzamos a ver algunas caras que, tras los vidrios, parecían espiarnos, entre serias y desconfiadas, al mismo tiempo que unas gallinas escarbaban el suelo, indiferentes a nuestro paso. Observé que el suboficial nos cuidaba las espaldas con la mano crispada sobre su carabina terciada, y entonces una fuerte sensación de desasosiego terminó de interrumpir mis ensoñaciones matinales. La realidad de nuestra misión se puso de manifiesto y remarcó la insensatez de aquel conflicto limítrofe.

El puesto de avanzada en Palena no era más que un par de carpas con algunos hombres aburridos y taciturnos que sin embargo parecieron animarse ante nuestra tan inesperada como extraña visita. Un correntino, con fuerte tonada guaraní, era el más dicharachero; entre las risotadas de sus compañeros, comentó que en sus momentos de descanso de las guardias activas, su mejor distracción consistía en algunos viejos números de revistas con buenas fotos de actrices.

Con Julio decidimos no almorzar. Dejamos que nuestro guía y los caballos descansaran en el puesto y salimos a relevar los alrededores.

Profundos cañadones con vallecitos de pastos ondeando al viento se alternaban con lomadas y faldeos boscosos, entre arroyuelos y cascadas de diversos rumores musicales que confluían en una pequeña laguna de aguas verdosas. El marco de las montañas con sus crestas nevadas realzaba este paisaje espectacular bajo un cielo transparente, apenas surcado por escasas nubes blancas.

Rápidamente comprendimos que la zona no era apta para ningún desarrollo agropecuario convencional, tanto por su abrupta topografía y la fragilidad de sus suelos, como por su inaccesibilidad y los costos subsiguientes a cualquier abastecimiento de insumos o salida de productos.

Aunque el análisis y discusión siguió luego por varios días más, en el informe terminamos por coincidir en que lo mejor que podía hacerse con aquel lugar era respetar su delicado equilibrio natural y la magnificencia de su paisaje.

Creo que fue al emprender el regreso, a la mañana siguiente, cuando le hice a Julio una pregunta, que por muchos años después rondaría mi cabeza persistentemente: ¿Será siempre el destino trágico del hombre hacer mierda todos los lugares que pisa…?

—Todos tenemos un poco de Atila —murmuró Julio. Y por buen rato nos quedamos callados, mientras los limpiaparabrisas de la camioneta barrían a compás la fina lluvia cordillerana.