Presentar este nuevo trabajo de Mario Morón, Carta a Isabella, es todo un desafío,  por tratarse de un texto quedesde su formato, rompe con la novela convencional, en el caso de que quisiéramos definir este libro como una novela.

De los diferentes modos en que podríamos abordarla, he elegido  la idea explicitada por el autor: la de una larga, extensa carta. Y no es menos que eso si comienza diciendo:

Querida Isabella…

“No sé si vas a comprenderme en principio, no es lo más importante; supongo que mis palabras te esperarán en el camino. Espero que cada vez que veas esto, ellas te musiten letanías cálidas y extrañas, o te acaricien como manojos de pelusas; o que te inquieten y perturben, te entusiasmen, te despierten, te diviertan o te enojen… Ojalá te llenen de cosquillas. No lo sabés aún, pero las palabras pueden hacer todo eso y mucho más… Pueden hacer, magia increíble, que nos comuniquemos, desde esta mañana tibia de domingo, hasta este presente en que me leés, y yo pienso o siento como si me miraras, como si nuestros ojos se tocaran a través de las letras… Te saludo entonces, querida nieta… Buen día”.

Es interesante pensar cómo esta larga carta proyecta desde el presente la sombra de la espera, hasta el momento en que su destinataria comience a leerla, un tiempo impreciso en el que las palabras estarán aguardando tan frescas como  el día en que fueron escritas.

Es por ello quizás que Mario Morón elige como epígrafe un fragmento del poema 5 de Pablo Neruda, de su temprano libro Veinte poemas de amor y una canción desesperada:Para que tú me oigas /mis palabras/ se adelgazan a veces/ como las huellas de las gaviotas en las playas”. Palabras que se afinan, que van hacia su destino adelgazándose finamente en huellas, como hojas voladoras que se cuelan porque siguen vivas, y van hacia el incierto presente de su destinataria, hasta el momento en que Isabella las tenga delante de sus ojos. Palabras que él le cede porque sabe que las palabras pueden hacer eso y mucho más, tal como dice más adelante Neruda: “Y las miro lejanas mis palabras. /Más que mías son tuyas


Esto en lo que respecta al fin íntimo y amoroso de esta Carta a Isabella. Me interesa revisar ahora la cuestión de la presencia epistolar en la literatura en general y en esta obra de Mario en particular. Para la lingüista y semióloga italiana Patrizia  Violi —quien ha trabajado extensamente con Umberto Eco—, la carta no se reduce a la consideración exclusiva de su aspecto interaccional, ella incluye, en su interior, el intercambio dialógico, y por sobre todo la necesidad estructural de asumir interiormente el eje comunicativo. Esta comunicación es visible en Carta a Isabella a través de la variación y complejidad de temas: cuentos infantiles, poemas, y las largas digresiones metafísicas a las que nos tiene acostumbrados Mario. Esto no es solo un ejemplo de su escritura particular sino que también responde a la caracterización de lo epistolar en términos de Violi, quien afirma:

 “Escritas en distintos días, a veces incluso desde una dispersión temporal y espacial que dificulta los diversos intentos de darle un diseño teleológico —aclaro: el fin en sí misma—, su diversidad temática, la capacidad para incluir todo tipo de mensajes, enunciados o registros lingüísticos, su disposición para acoger en el mismo territorio tanto lo esencial como lo accidental o, en último término, de negarse a discriminar entre lo relevante y lo irrelevante, lo central y lo marginal, hace de la carta un texto esencialmente heterodoxo respecto a todo esquema basado en la progresión y en el desarrollo narrativo”. Me parece muy interesante destacar este aspecto en el presente trabajo de nuestro autor, ya que su estructura narrativa se condice con el formato elegido para este libro; escribe en Rada Tilly, en Mar de las Pampas, en su patio, en noches desveladas. Los lugares de escritura son tan heterodoxos como  el contenido.

“Sabés, tengo la ilusión de ser un poquito abuelo maestro, pero en  este sentido…: maestro no es alguien que sepa mucho, sino que comparte mucho”.

 

“…en este libro, no me importan tanto los datos o “verdades” que pueda contarte, sino la forma de hacerlo. Quiero decir, lo importante es la posibilidad de mostrarte esta manera a contrapelo, esta forma poética de ver y hacer, que algunas personas me han mostrado a mí, enriqueciendo mi vida… Soñando o anhelando que sean estímulos para tu propio gozo y reflexión”. 

       Pero una carta es mucho más que eso. En “La intimidad de la ausencia: formas de la estructura epistolar”  Violi afirma que la carta posee una función metonímica, porque la hoja de papel es una extensión del cuerpo de quien escribe, y es esta intimidad de la ausencia la que trae la presencia del otro, de quien es destinatario de las palabras.

 Idea que también sostiene  el gran poeta español Pedro Salinas cuando dice:

"Pero he aquí que la carta aporta otra suerte de relación: un entenderse sin oírse, un quererse sin tactos, un mirarse sin presencia, en los trasuntos de la persona que llamamos, recuerdo, imagen, alma. Por eso me resisto a ese concepto de la carta que la tiene como una conversación a distancia, como una lugartenencia del diálogo imposible."

Es por eso que  Mario confirma la cercanía de Isabella y le dice:

“Como la ardilla, pero con más torpeza, me voy por las ramas… Vuelvo a lo vivo… Imagino… ¡Hay un halcón!, Isabella, hagamos silencio, me mira desde la parrilla, apenas a un par de metros de donde estoy escribiendo… Es tan bello…

Detrás de él, está el bosquecito de pinos y acacias. Entonces sueño que estamos allí, conversando. Vos te hamacás sobre una rama de acacia que cruza horizontal sobre la arena; tenés dos trencitas algo desprolijas, y estás enojada porque el halcón se fue…”

    Para cerrar: ¿qué razones, qué cuestiones visibles e invisibles se ponen en movimiento cuando escribimos? Mario, emotivo y sensible, un ser que en su escritura refleja una permanente búsqueda, se lo pregunta:

“… ¿Qué puede uno dar?... Supongo que tan solo, quién es. No hay otra cosa importante que dar que nuestra propia esencia, nuestro ser, o al menos mostrarlo, en su modesta desnudez… Recuerdo a Maslow: “Solo cuando percibo tu aceptación total, puedo mostrarte mi ser más íntimo, más puro, mi ser más vulnerable…”  Entonces eso, mostrar… Porque, a pesar de que este libro parece a veces no solo complicado, sino pedante, como si pretendiera verdades dogmáticas, lo único que pretende es mostrar y anhelar el contagio de la duda… Es decir, no quiero demostrarte nada Isabella (demostrar, sería explicarte algo para que vos lo entiendas, o me creas), sino mostrarte; que es diferente, es abrirme y exponer algo para que vos lo veas; lo elijas o no, o lo critiques, o lo rechaces (ojalá que no, claro) pero solo eso. Mostrarme y mostrarte, disparar dudas críticas, y eventualmente una mirada compleja sobre el universo y sobre lo vivo, una mirada que espero salga poética como pretendo; porque sería el único mérito que cabría esperar…”

También deberíamos pensar que cuando uno escribe está yendo más allá, en intimidad con sus propios fantasmas, entrevistos en lugares más o menos desconocidos de nuestro ser.

 Porque como  dice Kafka en sus Cartas a Milena:

 “Escribir cartas, sin embargo, significa desnudarse ante los fantasmas, que las esperan con avidez. Los besos por escrito no llegan a su destino, se los beben por el camino los fantasmas…”