Dice Silvio Rodríguez, en “Óleo de una mujer con sombrero”, que “los amores cobardes no llegan a amores, ni a historias, se quedan allí, y que ni el recuerdo los puede salvar…”. Uno puede imaginar que Silvio le canta a los amantes furtivos, o a la revolución, o simplemente a una mujer con sombrero. El arte es así, se trasviste, y en esa acción actúa como disparador de muchos significados.

Escuchando esta canción pensaba en este libro que hoy reseño, proponiendo un desplazamiento de sentido que no es tan azaroso, ni tan forzado como a simple vista puede parecer. El libro trata justamente de historias que el recuerdo sí “ha podido salvar”, historias que quedaron en el saber popular y que siguen configurando mapas identitarios.

Las historias de las familias mapuches-tehuelches desde hace más de un siglo —luego de las campañas militares del ejército argentino a las tolderías—, han sido, como bien dice Ana Ramos —invocando los propios relatos de los descendientes—, “historias tristes”, historias de desplazamientos, de despojos, pero también fueron y son historias de pertenencia y de celebración por esa pertenencia.

Son las historias que sus memorias pudieron “salvar”, que hoy forman parte de una política del recuerdo y de la enunciación; de una política que es pura agencia y que pretende no solo honrar la vida y las luchas de los antepasados aborígenes, sino fundamentalmente, dar cuenta de su actual mundo de representaciones.

Cada página, la autora les cede la palabra y ellos hablan.

Esos hombres y mujeres —pensados tanto tiempo bajo la categoría analítica de “subalternos”—, hablan, se definen, y se proyectan porque pueden enunciarse. Ellos han aprendido a resistir, a mutar estratégicamente, a sostener principios y a adoptar otros, y desde su medular enunciación, se interpelan a sí mismos y nos interpelan a todos. 

Y es aquí donde adquiere una nueva dimensión esa pregunta molesta —acaso por insolente, acaso por mal enunciada—, aquella de Spivak acerca de si pueden los subalternos hablar. Aquí, al menos podemos decir que hoy se han abierto algunos canales de enunciación que hace poco no existían. Las voces silenciadas hoy hablan, construyen su propia historia, luchan por la reivindicación de sus derechos, están haciendo política para la inclusión, pero política de la diferencia y desde la diferencia. Y quienes pueden, como ellos, hacer política por sus derechos, nos enseñan sobre las formas estratégicas en que la  memoria, el silencio y el olvido, pueden ser usados para sobrevivir y refundarse, aun después del sometimiento, la violencia y el destierro.

Producto de un trabajo antropológico de más de diez años en la Colonia aborigen de Cushamen, Ana Ramos logró escuchar esas voces por mucho tiempo silenciadas. Los relatos de quienes fueron conformando la comunidad de Cushamen a lo largo de los años, desde la llegada de familias junto al entonces cacique Miguel Ñancuche Nahuelquir, fueron registrados minuciosamente en horas de grabación, producto de la experiencia de la autora de vivir en las comunidades durante muchas jornadas, de saber escuchar, y sobre todo, de saber qué hacer con lo escuchado. Es allí donde opera la diferencia, entre “hablar de” y “hablar junto a” los sujetos de esas historias. Es allí donde uno puede encontrarse con las formas de agencia del subalterno, es allí donde el recuerdo compartido se vuelve historia social. Y aquí es donde me suena la canción de Silvio: “los amores cobardes no llegan a historias, se quedan ahí….”

Vale esta estrofa también para valorar el trabajo de campo, que desde la antropología y la etnohistoria realiza Ana Ramos, siempre en diálogo permanente con los intelectuales mapuches, a fin de consensuar las formas de estudiar y  escribir sobre sus prácticas sociales, en nombre de esos pasados “indios”. Este trabajo fue realizado junto a cada familia mapuche–tehuelche que abrió su espacio privado, para compartir sus “contadas”, sus historias silenciadas, sus trayectorias después de esa “noche larga”, que para muchos continua con las prácticas de los terratenientes, con los desalojos de la policía y otras autoridades del Estado.

A lo largo de seis amenos capítulos la autora pone en juego el análisis de lo que da en llamar “Los Pliegues del Linaje”; es decir, una serie de dispositivos en forma de recuerdos que cumplen una onda función social, y que apuntalan su mundo simbólico. En el estudio es central, además, el análisis del rol de las relaciones parentales, tanto de sangre como de adopción, a partir de las cuales estas comunidades se imaginan como un colectivo social, como una gran comunidad, aun con las diferencias y conflictos que anidan a su interior. Ramos va argumentando así, sólidamente, acerca de las formas en que esos “pliegues” dan sentido a la experiencia de estas familias.

La figura del “pliegue” funciona como metáfora para dar cuenta de aquello que se muestra, y de aquello que queda oculto pero está. “Pliegues” hechos de recuerdos, de cantos y procesiones a lugares sagrados, de experiencias oníricas, y fundamentalmente de la presencia viva de su lengua, que guarda el propio universo en contrapunto con la historia oficial. Esa lengua que han mantenido como vínculo irrenunciable, a espaldas del poder. Esa lengua que funcionó también como un seguro social, y como el espacio de lo impenetrable, donde habita la herencia y donde se articula la imagen que construyen de su comunidad. Lengua con la que discuten hoy la palabra del poder colonizador. 

Tal vez, desde la disciplina de la historia podría criticarse a Ramos la falta de problematización de estas memorias, en un registro que dé cuenta la relación entre distintos actores sociales y sus posibles conflictos, ya que las identidades se construyen en la diferencia, y en la disputa por el acceso y el uso de los recursos materiales y simbólicos. Faltan, en suma, el registro de las tensiones “internas” y “externas” mediante las cuales los grupos se conforman. En este sentido, “Los pliegues del linaje” es fundamentalmente una invitación a un dialogo interdisciplinar que es necesario continuar.

Por último considero que el libro es algo más que un tratado antropológico y etnohistórico acerca de cómo operaron las memorias en la política de los grupos políticas mapuche-tehuelche en contextos de desplazamientos. Es también, en si mismo, una operación política, entendida esta como una herramienta de acción para y con los sujetos largamente subalternizados. Es una elección metodológica y teórica que privilegia responder sí a esa “molesta” pregunta sobre si “pueden los subalternos hablar”.