Cuando el hombre regresó a su pueblo luego de haber construido su vida lejos, en otro lugar, en la gran ciudad, comenzó a caminar las calles que albergaron su niñez y los recuerdos comenzaron a acercarse, despacito, como para entrar en confianza y así poder desplegar sus imágenes en blanco y negro, sin definición, con el volumen bajo pero con la intensidad necesaria como para que el corazón respire entrecortado y los ojos muten húmedos hasta ingresar definitivamente en un mundo onírico que sostenga los días reales del protagonista.

El hombre se reencontró con los recuerdos de su cine; esa gran institución que le hizo conocer la vida desde todos los ángulos posibles; en donde las “celebridades” transitan seguras y eficaces por el camino que construimos con nuestras propias fantasías.

Todas las secuencias que uno puede ver y disfrutar en esa gran película italiana que es “Cinema Paradiso”, los diálogos, los personajes, las situaciones, también sucedieron en Rawson. Ya en los años veinte del siglo pasado, con el cine-bar de Pablo Rosselli la historia del celuloide comenzó a girar entregando sucesos hasta bien entrados los años setenta. La riqueza de aquellos acontecimientos (que tan estrecha relación guardan con la identidad de la ciudad) aún no ha sido peinada por la mano maestra del arte para que las mayorías las retengan y las identifiquen; simbiosis que por otro lado sólo puede ser llevada a cabo cuando la manifestación provenga del propio afán por “guardar memoria”, es decir, cuando se escriba tanto, tanto se pinte, dibuje, se actúe o se recite el suceso, que este no pueda ser menos que internalizado de manera colectiva para resguardo de las generaciones futuras.

¿A quién no le bailaron los ojos o se le dibujó una sonrisa interminable cuando la opción de la tarde era ir al cine? ¿Quién no se “coló” alguna vez en ese templo a oscuras, o pensó en hacerlo al menos?; ¿quién no silbó o gritó cuando la película se “quemaba” o los defectos de la cinta se prolongaban más allá de lo tolerable por el espectador?; quién no disfrutó su pochoclo, maní con chocolate y demás golosinas, hipnotizados por “las de cowboys”, “las de aventuras”, “las de guerra”, o por las tardes de los domingos, cuando nos escondíamos debajo de la butaca a fin de engañar al acomodador y así lograr ver otra película?. En última instancia, ¿quién en su cine de barrio o en el del centro no estampó o tuvo la pretensión de dar el primer beso amparado por la complicidad que otorga la sala a oscuras?; o el orgullo de sabernos “socios” de un cine-club (con debate posterior y café en la esquina) donde descubrimos a Bergman, a Godard, a Fellini y comenzamos a soñar con un mundo que se encontraba “ahí nomás, a la vuelta”. En fin, la lista de circunstancias adorables que provoca el genial invento de los hermanos Lumiere es interminable y con capacidad para satisfacer todos los gustos posibles. Pocas deben ser las personas que no guardan ningún recuerdo de alguna experiencia en el cinematógrafo, salvo por supuesto en los lugares donde nunca hubo uno.

Qué duda cabe; en esos lugares hay un poco menos de fantasía en los corazones de sus habitantes; por lo menos aquella que reconocemos quienes hemos gozado a más no poder con los sueños salidos del biógrafo.

Como sucedía en una de las escenas de “La Rosa Púrpura del Cairo” donde el protagonista era invitado a ingresar al interior de la pantalla, ojalá a todos nosotros nos hagan una invitación similar. Que nos suceda algo semejante dependerá de nuestra propia capacidad para imaginarnos, aunque sea por una hora y media, como depositarios de todas las ilusiones que el cine es capaz de regalarnos.