Hay un hecho incontrovertible: el generalizado empobrecimiento del lenguaje; y una segunda constatación aunque discutible: se lee menos. Habría, además, una tercera percepción: la instalación de una literatura liviana como el modo actual de escribir y leer, constatada en el canon, en el género bestsellerista y en los premios de concursos nacionales.

En vista a tal realidad de la lectoescritura, apunto la siguiente hipótesis. Percibo un importante déficit en el lector culto o medianamente culto, me refiero a profesores, maestras/os, universitarios y, obviamente, en los programas de estudio de letras. Trataré de explicarme esta crisis.

La literatura argentina ha conocido dos momentos de excepción que dieron lugar a la emergencia de vanguardias literarias y artísticas en general, una, la de los años veinte del siglo pasado y  otra la de la generación de los 60/70.

Tales movimientos vanguardistas establecieron rupturas y nuevas tradiciones, innovaron el lenguaje, ampliándolo, crearon géneros, establecieron una mirada distinta sobre el hecho estético.

La segunda vanguardia redescubrió en una nueva lectura a autores omitidos por el canon oficial; tal el caso de Macedonio Fernández, de Roberto Arlt o Leopoldo Marechal. En los sesenta se reedita la obra de Oliverio Girondo, hubo reinterpretaciones de textos como los de los uruguayos Horacio Quiroga o Felisberto Hernández.

La vanguardia del “boom”, innovó la poesía, la novela, creó (Walsh) el género periodismo-ficción, produjo literatura policial, ciencia ficción, elevó el lenguaje de la historieta, amplió el ensayo literario, ingresó en la crítica cultural. Y esta movida generó un ámbito lector único en el mundo hispanoparlante.

Ahora bien, el golpe militar de 1976 puso punto final a aquel movimiento creador innovador. Es aquí donde encontramos la raíz tanto social como intelectual de lo que hoy por hoy se hace y se consume en literatura.

Escritura, enseñanza, lectura, crítica y promoción sufrirán las consecuencias nefastas de lo que significó la última dictadura y su continuación en lo cultural, como fue el período neoliberal-conservador de los 90, que implicó una política negativa hacia la cultura nacional.

A este panorama habría que agregarle la hegemonía de las ideas y prácticas de la posmodernidad que reemplazaron al período de grandes relatos, de utopías compartidas y de paradigmas integradores de la década de los 60/70. 

La experiencia dictatorial y la neoliberal que le siguió, provocó un gran vacío cultural ante el generalizado desconocimiento de obras y autores de la segunda vanguardia literaria no sólo argentina, también latinoamericana. Me refiero a autores como Alejo Carpentier, Miguel Ángel Asturias, Leopoldo Marechal, Lezama Lima, José Ma. Arguedas, Cabrera Infante, Manuel Scorza, Reynaldo Arenas, Rodolfo Walsh, Haroldo Conti, Juan Carlos Onetti, Roa Bastos, entre otros.

Más aún, lo que es alarmante es el virtual desconocimiento de Juan Filloy, Bernardo Kordon, Di Benedetto, Daniel Moyano, Pedro Orgambide, Héctor Tizón, Juan José Saer, Abelardo Castillo, David Viñas, Ricardo Piglia, Fowil, Abel Posse, Isidoro Blaisten, Miguel Briante, Liliana Hecker...

Esta ignorancia revela el quiebre de una continuidad, un blanco en la memoria cultural, un hueco en la construcción del imaginario contemporáneo ya que escribir   hoy en Argentina sin conocer como mínimo a los maestros contemporáneos, es como hacer teatro desconociendo el Teatro Abierto de los 80, el movimiento teatral comprometido de los 70, o el Grupo Octubre; es hacer pintura desconociendo la Nueva Figuración de los 60, o hacer tango obviando a Piazzola. ¿Cuántos de los que hoy escriben poesía en Comodoro Rivadavia conocen la obra de Omar Terraza?

Sábato, no es del todo comprensible sin el existencialismo, sin Kafka, sin Dostoievski o Camus. ¿Se podría concebir a Piglia sin Roberto Arlt, sin Macedonio Fernández, sin Borges, sin la puesta en escena del oficio?

Las vanguardias acabaron con la inocencia en la lectura y, más aún, en la escritura. Para aquel que escribe, resulta difícil no leer sin la forma de leer la Historia y la Literatura que instaló el autor de “Ficciones”. Es imposible el surrealismo sin el psicoanálisis. Saer debe quizá sus mejores páginas a la nouveau roman. ¿Cuánto de Faulkner tienen García Márquez, Onetti, Walsh y tanto más? En el tono de la escritura de Tizón está Rulfo y en la de Soriano seguro que aparece Hemingway y en Juan Sasturain, Soriano. A su vez, Joyce y Kafka, Proust y Faulkner son los padres de absolutamente todos.

Si no he citado ni a Borges ni a Cortázar ni a Carlos Fuentes ni a Vargas Llosa ni a García Márquez y otros reconocidos, se debe a que constituyen los más leídos, lo cual no implica que sean bien leídos. Me refiero a una lectura vertical, al análisis sincrónico que nos ha propuesto la crítica literaria a partir de los formalistas rusos y el estructuralismo francés, pero, por sobre todo, los propios textos de los escritores contemporáneos del siglo XX que es el lugar y es la forma donde se aprende a leer y a escribir.

Filiaciones, continuidades, discontinuidades, influencias, contaminaciones y rechazos crean tradiciones, herencias, hacen escuela, crean estilos y naturalmente, nuevos imaginarios.

Hay entonces una página faltante en el texto que leemos de la literatura contemporánea, aquí, como en la historia social y política también hay desaparecidos, hay un eslabón perdido en la cadena de nombres y de títulos que no acaba de establecer contacto con el lector actual.

Ahora bien; ¿qué consecuencias culturales acarrea esta anomalía, este déficit en el conocimiento de la literatura contemporánea de los últimos cincuenta años?

Estimo que lo que ha caído es la exigencia en la comprensión textual y por lógica en la lectura, debido a un movimiento ambivalente inducido por políticas de mercado —el best-sellerismo— que produjo un público lector menos exigente de donde se tiende a escribir para ese tipo de lector. Así es como hoy señorea una escritura liviana, nada complicada la que a su vez genera un lector liviano, distraído, surfístico.

¿Por qué hay que leer y conocer a las mayores autores de la literatura? Creo que hay sobradas razones para hacerlo: como que la literatura consiste en una forma de interpretar el mundo, en un lenguaje que permite enriquecer nuestra  percepción de la realidad, que expone otras perspectivas y distintas visiones de la vida en relación, que nos hace imaginar de otra manera el pasado y porque las obras son el resultado de una experiencia vital.

 “La literatura permite pensar lo que existe pero también lo que se anuncia y todavía no es”, escribe Ricardo Piglia.

Alguien con autoridad en el oficio de pensar ha dicho que antes que la ciencia, siempre estuvo la poesía. La alta literatura como el arte de los grandes maestros inaugura la sensibilidad con la que las siguientes generaciones de artistas aprehenden e interpretan la realidad. Ellos construyen tanto la manera de ver el mundo y la vida como el imaginario que adoptará la sociedad.

Cada generación hace su propia descripción de la realidad que no tiene por qué identificarse con la de sus predecesores, sin embargo ¿qué pasa si se desconoce la forma en que sintieron y pensaron los que estuvieron antes? Seguro que se repetirá errores que ya habían sido salvados, provocando anacronismo en la forma de  escribir como de leer, porque la caída en la exigencia escrituraria produce igualmente una menor exigencia en la lectura; que es lo que acontece actualmente.      

Por lo que percibo en la cultura en general una falta de exigencia, un empobrecimiento alarmante donde todo se ha emparejado y todo vale, donde los intereses del mercado global han impuesto como valores y formas del éxito lo banal y superficial, es preferible el zapping a la lectura extensa y concentrada, el ruido a la música, la imagen sustituyó al pensamiento, la comodidad a la disciplina, la pereza al trabajo. Sin embargo cultura es cultivo, es disciplina, es tiempo y es por sobre todo exigencia.