La seducción forma parte de la vida, eso considero y percibo. En todas las interacciones intentamos seducir, e intentan seducirnos. Luego hay quienes despliegan ese arte, porque también creo que es un arte, de manera admirable.

Aunque no seamos conscientes, nos gusta gustar. Y nos gusta que alguien nos guste. Por la manera en que nos miró. Por cómo nuestras miradas se encontraron. Por lo que produjo ese contacto, el de un roce. Por esa sonrisa, que hace sentirse comprendido, registrado, apreciado.

Él hizo esos dibujos, y muchos otros, y textos, y miradas, y pinceladas, y trazos. Hombres, mujeres, objetos, desnudos, llenos, solos y acompañados. Todos tienen un algo que hace que uno sepa que son de él. Una marca registrada. Él está detrás de ellos. Delante, adentro. Él está ahí. Tanto que, en la circularidad del universo, cómo podíamos saber que sus dibujos nos encontrarían, sin conocernos. Me los expusieron, y no tuve dudas, ¡ninguna ninguna! de que acompañarían esos mis textos. Más precisamente, los engalanaban. Un elogio que estuvieran ahí. Cómo puede ser, si los textos fueron paridos luego de parir los colores y las formas, ¡que ensamblaran de esa manera! Así, que ensamblen.

Está muy grande Daniela, me decían sus amigos locos, bohemios y artistas también, no sabemos cómo se siente para ir a visitarlo. No está bien desde que falleció su esposa, agregaban.

Necesitaba conocerlo. Ver sus manos, sus ojos. Agradecerle por el obsequio de su creatividad, que mostrara en imágenes lo que yo intentaba decir en palabras.

Y así fue como un día, dos de esos artistas, amigos suyos, de años, y que lo conocían de sus tiempos mozos y movidos, propiciaron el encuentro.

Evoco el momento y me despierta la emoción de ese instante en que abrió la puerta, pulcrísimo, y como haciéndose el que no le importaba, apurándonos para entrar. Me arrebató los libros, y a la vez traía el mate y la pava con la que nos esperaba. Le ordenó a uno de los muchachos que se ocupara de cebarlo. Se calzó los lentes y empezó a verse. En esas ilustraciones suyas, atemporales y bellas.

Me esperaba, eso era un flash. Sabía quién era y para qué iba. Un galante. De esos así, que se animan. Que no les importa saltar al vacío. Que se saben seductores y no lo esconden.

Guereña me miró por encima de los lentes, con ese brillo celeste y seductor. Sí, un seductor total. En su delgadez y vejez, un seductor. Que con un tanto más de energía, sé, con seguridad, me invitaba un drink ahí mismo. Y sin hesitación lo habría aceptado. Un hombre de esos, para no rechazar.

Y luego apareció esa sonrisa. Completando la estrategia de seducción. Mirándome de frente, con desparpajo y osadamente. Ese Guereña conocí. Que buscó entre sus obras, y recortes y textos, obsequiándome unas joyas de trazos. Cuerpos de mujeres al desnudo. Con la simpleza de quien conoce lo que dibuja. Y yo preguntando y él, con ese toque de arrogancia, mostrándome su libro, y obsequiándomelo también. Llamando a las cosas por su nombre y retando a los dos secuaces que lo visitaban cada tanto. Esquivo para el agradecimiento. Mirando hacia un costado, entrecerrando los ojos, y con un gesto en la mano, de hacer callar.

Interpelaba a los amigos, que le rindieran cuenta de sus andanzas.

Él dispuso cuándo terminaba el encuentro. Le di un beso, y dos, y le tomé las manos. Me miró. Me clavó la mirada nuevamente, e hizo otra vez ese gesto con su mano, de ya, que no lo molestaran con zalamerías. Que todo estaba bien.

Este es el Guereña que yo conocí, con ese brillo y esas manos. Puede que ande enloqueciendo a Dios y María Santísima, y a San Pedro, y a todos los Santos. Girando inquieto, entre el cielo y el infierno. Porque ninguno puede privarse de ese artista, que los pinte a todos, como sea, y que los pinte.