Es este un relato que se estructura en trece capítulos en los que se narra la vida de la familia Jenkins: Sulun Jenkins y Rachel han viajado desde Gales con los ya nacidos mellizos Howell y Zachariah y con Nain Sara Jane. Ellos serán el inicio de la historia de una familia que se asienta en el valle del Chubut y crece a medida que la colonia se consolida. Vendrán luego más hijos: Victoria y las mellizas Eleonor y Marta.

A diferencia de muchos otros textos narrativos que ficcionalizan los años de la colonia, aquí no se hace hincapié en grandes motivos históricos, varias veces retomados; se me ocurre mencionar el mítico acontecimiento de Valle de los Mártires o las referencias a la llamada "conquista del desierto" por ejemplo (como sí lo hacen el ya casi convertido en "clásico" Riflero de Ffos Halen de Carlos Dante Ferrari o Tucuras de Gustavo de Vera —editado éste también por Remitente Patagonia).

En la novela de Carlos Hughes el centro de atención está puesto casi con exclusividad en la cotidianeidad de la familia protagonista: los miedos, las valentías, las relaciones familiares y con los aborígenes, las cosechas malogradas, los éxitos finales, el amor, la muerte.

Y como leer es elegir un camino, una perspectiva, me parece interesante aquí señalar el influjo en la narración de Último tren a la colonia de lo que en literatura latinoamericana se llamó el realismo mágico, movimiento literario que (en una somera e incompleta descripción) tiene que ver con la intromisión de lo fantástico en la realidad cotidiana, como forma de acentuar los rasgos de “lo real”.

En Último tren a la colonia, lo fantástico surge en la hipérbole, en la exageración manejada desde varios elementos entre los que podemos citar: la fertilidad de las mujeres y de la tierra, la descripción de una casa que crece a la par de la familia —convertida casi en un ser vivo—, la imagen de una sanadora aborigen rodeada de un halo de magia, misterio y perfecta eficacia, las premoniciones de la Princesa, el abandono casi inadvertido de un pianista en un galpón de manzanas, la heroica historia de Zachariah, dibujos anticipatorios, son algunos ejemplos que pueden citarse.

Y a estas hipérboles que podríamos llamar positivas, en la medida que hacen avanzar el relato, le sigue una gradual decadencia que es, paradójicamente, la que queda señalada en el título de la novela. Hacia el final la muerte, los regresos, los abandonos y las partidas, van indicando, a la par del fin del relato y en consonancia con lo medular que resulta la historia familiar, la disolución de los lazos que unen a los protagonistas. Así, una historia que fue de exotismo y fertilidad se convierte en decadencia, lo que se plasma en uno de los títulos de los últimos capítulos “Morir de a poco”.

No considero que haya en Último tren a la colonia intención de construir una novela histórica. Hay, sí, una ficción construida desde la cotidianeidad de un momento en nuestra historia; ficción signada por el humor, la decadencia y el límite de la irreverencia. Y eso hace que aparezca ante nosotros como un texto osado que inscribe una nueva forma de relatar la colonia galesa.