Hace muchos años, nuestra provincia tuvo el extraño privilegio de albergar uno de los experimentos más siniestros que registra la historia de nuestro país. Para dejar de lado el eufemismo debemos recordar el asesinato de dieciséis presos políticos, quienes fueron sepultados por toneladas de silencio y operaciones de prensa dirigidas a empalabrar la tragedia.

 

El 22 de agosto de 1972 ocurrió un suceso terrible en cercanías de la ciudad de Trelew y el olvido natural de los gobernantes nos lo quiso presentar como un simple intento de fuga de un grupo terrorista evadido del penal de Rawson.

En realidad la historia nos enseña, cuando tenemos voluntad de ver más allá de la bruma simple y peligrosa de las posiciones oficiales, que las certezas existen y que debemos esforzarnos por aprender a observar y leer la realidad participando de ella a fin de internalizar los acontecimientos que sacuden a nuestra comunidad.

El extraño privilegio consistió en que aquí se dio por primera vez y a manera de prueba y ensayo, la puesta en práctica de un tremendo plan de operaciones que tuvo por objeto la desaparición sistemática de opositores al régimen dictatorial de entonces.

Luego del breve y convulsionado verano democrático del 73/76, los nuevos usurpadores reactualizaron y difundieron en todos los niveles de la vida nacional tan siniestra metodología (aplicada con unción monacal) lo que generó un baño de sangre, miedo y silencio que ahogó por completo a la República. Terrible circunstancia para una sociedad mezquina y sin memoria que aún no asume que jamás fuimos echados del paraíso ya que nunca lo habitamos ni en su más cercana periferia.

En realidad, lo importante no pasa por sucumbir a tan grosera como liviana tentación, sino a reencontrarnos con nuestra memoria robustecida, para poder cerrar los ciclos históricos que nos permitan hallar un poco de verdad, que nos ubique y sostenga en nuestra verdadera dimensión, y nunca más nos veamos en la necesidad de despalabrar nuestras tragedias empalabradas.