Hay veces que la pasión docente se reconcilia con la valentía y un caso de tal ensamble fue el experimentado por el maestro riojano Armando Romero Chaves en La Pampa. Cuando en 1931 era director de la escuela Nº 7 de Victorica, eligió, en agosto de 1931, el 49ª aniversario de la batalla de Cochicó para dar a conocer un pensamiento crítico hacia la Campaña al Desierto, el que construyó en base a cuidadosas indagaciones. La imagen muestra las “casas” de Luis Baigorrita en la época en que Romero Chaves dio a conocer sus reflexiones.[1]

¿A qué alude Cochicó? El 19 de agosto de 1882, en cercanías de Puelén, chocaron con tropas nacionales los restos de tribus ranqueles y tehuelches capitaneadas por Yancamil, con un saldo de víctimas por ambas partes. Fue el último combate en el marco de una campaña militar que ya estaba oficialmente concluida.

Romero Chaves fue consciente de las reacciones que provocaría y eso se desprende de sus palabras: “a fuer de maestro y tratándose de historia, es traición disimular los sentimientos por temor”, afirmó en el segundo párrafo del texto que leyó. El magisterio entendido en su esencia determinó precisamente que la verdad prevalezca sobre el miedo… y el cargo, teniendo en cuenta que habló como director de escuela. Lo hizo nada menos que frente al obelisco que guarda los restos de los soldados “Héroes de Cochicó” y ante una audiencia consustanciada con ese simbolismo. También sabía del ofuscamiento que devendría entre aquellos que tomaban la versión militar de la Campaña del Desierto como “pensamiento único” y de aquellos pobladores que, quizás sin saberlo, encarnaban esa versión en su “sentido común”.

De la lectura del discurso se desprende una relación que Romero Chaves puso en evidencia excavando en las fuentes de la empresa militar para llegar a una conclusión: “…un sedimento de amarga crítica hacia el desarrollo siempre cruel de esta campaña que dio por resultado el exterminio de una raza y el enfeudamiento de estas tierras”. En otro tramo vuelve a colocar la campaña militar en un punto de quiebre “en la Pampa, que fuera la tierra libre de sus grandezas romancescas y que hoy, después de la conquista, es tierra esclava de los magnates”.

Esta conexión entre aniquilar a manera de “solución final” y ensanchar la propiedad latifundista de la tierra, la obtuvo recurriendo a documentos que cita en el discurso: “libros, folletos, comentarios periodísticos, comunicaciones de centros, relatos… los dos tomos de Manuel J. Olascoaga… todas las comunicaciones del General Roca a sus subalternos”. “La literatura militar —acota sobre sus fuentes— enaltece estas campañas, pero campea la sensación de los fuertes ranqueles que contaron con Yanquetruz y Painé… y fueron empujados a la muerte a fuerza de una crueldad inaudita”.

El texto expone las dos caras. Por un lado la actitud militar: “Sí, noble, muy noble, bastante noble era según el General Roca y sobre todo muy entretenido el acosar y matar como fieras a los dueños, a los únicos dueños de esta tierra”. Y por otro lado la postura de los indígenas, contrariando el argumento de que eran una avanzada de Chile: “Agnner y Querenal, dice Florencio Monteagudo, arengaban a sus hombres que no debían huir a Chile y sí, morir en la pampa argentina que les pertenecía y agrega, párrafo después, que murieron con la lanza en una mano y el puñal en la otra, defendiendo el desierto con el fuego de una pasión salvaje”.

Romero Chaves tenía antecedentes de no especular con momentos “oportunos”. Tampoco en elegir siempre a medios “moderados” para exponer sus ideas por cuanto, ocupando un puesto docente, firmó una nota con el título “El derecho a la felicidad” en el quincenario anarquista Pampa Libre en mayo de 1925. Ciertamente que Romero Chaves no era anarquista, lo que se puede apreciar en esa misma nota, pero revelaba, con ese gesto, una amplitud intelectual poco común. Por ello, ante su discurso desafiante, no es de extrañar que los calificativos de “anti-nacionalista” y “anti-argentino” fueran utilizados como respuesta. En medio de múltiples encontronazos que protagonizó con las autoridades municipales, el director del periódico local y otros personajes indignados, el Consejo Nacional de Educación dispuso su traslado a Formosa, recibiendo la adhesión de sus compañeros de la Asociación de Maestros de La Pampa, de la que había sido cofundador.

 

Todas estas reacciones venían de larga data, desde los inicios de los Territorios Nacionales, consecuencia institucional de la misma Campaña.

Para citar sólo un ejemplo, la primera obra teatral escrita y llevada a escena en Santa Rosa, “Fantasía Pampeana” en 1910, mereció de Pedro Luro palabras de felicitaciones pues evocaba “el recuerdo de las depredaciones del indio…”. El mensaje legitimador de las políticas oligárquicas estaba teñido de biologismo y cuando de seguridad interior se trataba, la relación podía incluir a indios y a bandoleros en una misma ecuación “científica”. Así lo expresaba un medio de prensa pampeano en la década de 1920: “Si al indio… se le dominó y se le redujo a la situación que le correspondía en el concierto de los bien entendidos derechos de la nación, con mayor razón se debe proceder contra esos bandoleros porque ellos, por su condición de elementos dañinos, no tienen derecho a la vida, desde que proceden obedeciendo a sus actos criminales, que tal vez obedezcan a taras de descendencia”.

Este darwinismo social suponía la eliminación física directa o mediatizada por la marginación o bien la explotación, pero en el ambiente educativo, hasta ese momento, había predominado la idea de que el indígena era “recuperable” para la vida civilizada, siempre y cuando abandone sus hábitos. Aún con estos antecedentes, ya sean extremos o más contemplativos, pero negadores ambos del universo cultural aborigen, el escenario ideológico en el momento de la denuncia de Romero Chaves era particularmente adverso a actitudes como la suya que reivindicaba los derechos ranqueles sin condicionamientos. Tengamos en cuenta que “la hora de la espada” ya había comenzado y estaba instalado un lenguaje nacionalista hispanizante en algunos círculos profesionales y en la prensa. Se trataba de una variante del pensamiento oligárquico que, si bien no adhirió de manera incondicional al menú biologisista original, abrevó de posturas igualmente predominantes en Europa y las aplicó en los planes de conservar el orden social de nuestros países. Efectivamente, el realismo tomista y el período colonial hispano se habían convertido en un modelo para los nacionalistas restauradores y hasta el mismo Consejo Nacional de Educación, el mismo que sancionó la osadía de Romero Chaves, se había impregnado de esta postura.

Su experiencia no fue única, otros maestros fueron solidarios y recibieron todo tipo de represalias. También hay ejemplos de indígenas que desafiaron ambientes hostiles. Diez años después del caso Romero Chaves y ante un clima de racismo y exaltación militarista, Josefa Poncela, residente en Santa Rosa, presentó su libro “La cumbre de nuestra raza” que dedicó a “la memoria de mis ascendientes directos por línea materna, los ex caciques generales ranqueles Luis Baigorria, Pichún Hualá y Yanquetruz y capitanejo Justo Manquillán…”.

En síntesis, Armando Romero Chaves, además de su valentía, ha dejado como mensaje la vitalidad del maestro investigador de su entorno y la incorporación del compromiso social al rol docente. También un apego inclaudicable a la verdad que hace honor a estas palabras de Rosa Luxemburgo: “No sé si es un deber sacrificar la felicidad y la vida en aras de la verdad. […] Pero sí sé que tenemos el deber, si queremos enseñar la verdad, de enseñarla completa o no enseñarla”.[2]

 



[1] DEPETRIS, José Carlos y VIGNE, Pedro. “Los rostros de la tierra”, UNQUI–Ediciones Amerindia, 2000.

[2] Armando Romero Chaves, en Formosa, participó del movimiento que buscaba la provincialización de ese Territorio Nacional y en tal carácter participó en 1939, en Buenos Aires, del Congreso General de los Territorios Nacionales. También se dedicó a la literatura y ya en su provincia, en 1963, publicó el libro “Vida y Estrellas”.