La alborada del 14 de setiembre de1941 consagró una transición que, setenta y un años más tarde, seguiría dando que hablar. Moría Francisco Bravo, un ignoto chacarero de San Pedro del Atuel, y volvía a nacer a los cuarenta y siete años —como un milagro de la palingenesia—  Juan Bautista Bairoletto.

Hay otro inicio posible, el 11 de noviembre de 1894 en Colonia Los Algarrobos, pero eso es materia para los científicos.

La primavera en Carmensa marcó la frontera entre la realidad y el mito fundando una leyenda que en sus proyecciones habita tanto en las descripciones científicas de Eric J. Hobsbawn como en el imaginario social de un país que, día a día, va sumando elementos para sustentarla. “Bandolero social”, “El último gaucho alzado”, “Robin Hood de las Pampas”, “El último bandolero romántico”…

Era domingo. En el relato de Adolfo Ohaco, acaso el único sobreviviente de los dieciséis integrantes de la partida policial procedente de la provincia de La Pampa, la comitiva avanzaba con una mezcla donde el odio se concertaba con el miedo.

Había más, muchos más, componentes de la Policía Volante de reciente formación que reconocía refuerzos de San Rafael y General Alvear.

Por ahí andaba, preocupado y febril, el comisario Vallé dando las órdenes al subcomisario Máximo Lescano. Los agentes Roberto Carlos Bau, Juan B. Muñoz, Roberto Pueblas, Humberto Aguilar y Nicolás Mercado, acataban, resignados.

“Sáquese las ganas comisario” sostiene Ohaco que dijo un subordinado invitando a Paeta, tal vez Bustriazo o acaso Ferreira, a descerrajar un último disparo sobre el hombre que ya estaba vencido.

No hubo, naturalmente, prueba de parafina y esta especie nunca será ni confirmada ni desmentida. Salvo, tal vez, por las formulaciones de la compañera del muerto que en un relato estremecido quitó mérito a la comisión policial que se ufanó de haber dado muerte “al bandido más buscado del país”.

"…Juan se suicidó. No lo mataron, él se suicidó. Yo me levanté de la cama tras de él, protegiendo a las chicas. Veo que se pega el tiro y empieza a caer para atrás, se apoya en la pared y cae al piso. Luego, entró la policía y le tiraron ya muerto en el piso..."

 

Era un revólver Tanque, del 38, largo.

—¿O fue con el Smith & Wesson?

 

Esta reivindicación de Telma Ceballos al derecho de su esposo de disponer de la vida tal como lo indicare su destino, implica —impensadamente— una especie de absolución de Paeta,  Bustriazo o quizás Ferreira, pues transforma un asesinato a mansalva en un suicidio. Queda para la interpelación de la posteridad las implicaciones de un gesto de odio, impotencia y salvajismo banalizado o disipado en su importancia por la crónica de época, que insiste en legitimar “el tiro del final”.

Ohaco, casi en el siglo de su vida, se abstiene de consideraciones al respecto. Prefiere insistir con otras de sus obsesiones indicando que el algarrobo que da origen a la población de Algarrobo del Águila es en realidad, un caldén.

Quien acierte a pasar por la chacrita donde Juan Bautista consolidaba una existencia apacible con Telma y sus hijas Juanita y Elsa, podrá adentrarse en esa especie de santuario que vecinos y peregrinos han construido para confirmar un recordatorio y consolidar la leyenda.

Hugo Chumbita, el pampeano que acaso concibiera la más acabada biografía del bandido, anduvo por allí hace pocos meses participando de actividades promovidas por autoridades y vecinos.

Desliza, con esa precisión y rigor con que hiciera gala en su investigación sobre el origen mestizo de San Martín, un dato curioso: los concurrentes desgranan las andanzas de Bairoletto en presente, tal como debiera contarse la historia según las coordenadas de Agnes  Heller.

Crece la certeza en los fogones, de que Segundo David Peralta en cualquier momento se arrimará subrepticiamente al lugar para socorrer, de esta manera, su memoria.

—¿Qué Peralta?

—Mate Cosido, ché.

—¿Se llamaba Bairoletto o Vairoletto?

—Vaya uno a saber. El firmaba con la “V” corta.

 

Si hasta pareciera que Agustín P. Justo, asumiendo sus galones de Ministro de la Guerra, acabara de ordenar la caza de Bairoletto alentando a “ese mal nacido” del Vicente Gascón a hacer lo que hizo.

La traición no tiene redención en el juicio de quienes visitan el santuario. De tal manera que el asesinato del Ñato Gascón ocurrido años más tarde se ha transmutado en ajusticiamiento.

Lo demás es historia conocida e insistir en ella se torna un ejercicio ocioso y estéril.

Por ahí andan otras biografías y canciones. También poemarios y una iconografía en la que sobresale un retrato de otro pampeano, Ricardo Nervi, nativo de Eduardo Castex, Colonia Castex por aquel entonces, el pueblo de La Pampa donde un desliz y un amor malherido fueran el cultivo para una vida forajida.

También hubo películas que acaso convenga olvidar y documentales para coleccionar.

Hace poco el artista santarroseño Eduardo Pérez formuló, a través de la fotografía, el último aporte a una leyenda que, como la memoria, es imposible detener.