De las historias del trabajo en La Pampa, no hay duda de que los hacheros se llevan el triste calificativo de los más explotados. Más aún, el hallazgo de nuevas fuentes permite conjeturar que podrían contar entre sus filas a los primeros desaparecidos en un paraje laboral —Anzoátegui— donde el anarquismo tuvo una presencia más significativa de la que se creía.

Doblemente explotados. Haciendo un breve raconto de escenarios conocidos, hay registros de años previos y posteriores a 1920 que muestran la dura vida de los hacheros en las explotaciones forestales de los inmensos montes pampeanos de caldén. Ejemplo de ello fueron los toldos/taperas como viviendas; básculas “preparadas” en el pesaje de la leña; y descuentos por uso de herramientas. Por toldos debe entenderse un enrejado construido con varillas de caldén, sobre el que se asentaba un compuesto de barro y pasto puna y sobre él más pasto puna seco, material que también era usado para las “camas”, todo ello sobre un pozo de 50 cm.

Como en los obrajes no circulaba dinero en efectivo, el emitido por las empresas podía ser canjeado por “plata de verdad” en el Banco Nación más cercano, pero los hacheros eran disuadidos con la  advertencia de que serían despedidos si así lo hacían. Entonces, la mayoría cambiaba esos vales en la proveeduría por mercadería y es de suponer los precios y equidad del canje. Esta situación provocó que los obreros de Gamay denunciaran que eran doblemente explotados, “como productores y como consumidores”.

Pablo Fernández, en “Cuando en Hucal talaban la Patria”, que escribió para un Boletín de la CPE en 1984, en referencia a casos ocurridos años después en esa zona, cita las mismas prácticas ya señaladas para otros obrajes y agrega la proliferación del trabajo infantil.

La venta del agua a los hacheros era una práctica rayana con el sadismo y se mantuvo durante largos años, tal es así que José Escol Prado, en una de las cinco notas que publicó en el diario Noticias Gráficas de Buenos Aires con el título “La fiebre del caldén” en mayo/junio de 1943, menciona la existencia de toldos míseros y la ausencia de médicos y escuelas. Localiza sus notas desde Ingeniero Foster y denuncia también el hallazgo de un cartel que rezaba así: “Necesito hacheros. Agua y herramientas gratis”, con lo cual se ratificaba que esa gratuidad quedaba sin efecto cuando la oferta de mano de obra equiparaba o superaba a la demanda.

La resistencia a esos manejos, sobre todo en años de ofensiva obrera y autonomía de clase, dio lugar a huelgas de hachadores en Conhelo y Guatraché durante la primavera de 1917 y en otros dos —Gamay a 20 km. de Gral. Acha y Anzoátegui en el sur del entonces Territorio Nacional— se produjeron movimientos de fuerza desde julio a setiembre de 1919.

En Anzoátegui, al menos en una oportunidad, los dirigentes de la huelga fueron convocados a “dialogar” y una vez en la oficina, la policía los condujo a uno de los vagones del tren propio que tenía el dueño de esa doble explotación forestal y salinera, para ser trasladados a Santa Rosa —distante 300 km.— para su juzgamiento directo, sin escalas ferroviarias ni jurídicas. Todo ello en medio de un Estado que transitaba de una represión directa —en ocasiones auxiliado por organizaciones como la Liga Patriótica Argentina—, a una mediación ambigua, selectiva, del gobierno de Yrigoyen, lo que no impidió masacres en perjuicio de aquellos que se desmadraban como en la Patagonia Trágica, la Semana Trágica, la Forestal, Jacinto Arauz en La Pampa, etc. La legislación estaba al servicio de este contexto con leyes como la 7029 de “Orden Social” y la Ley de Residencia.

 

Anarquismo y desapariciones

Nos detendremos en Anzoátegui porque el hallazgo de nuevos documentos nos permite aludir a denuncias de casos extremos de explotación, torturas y desaparición de personas, en un ambiente laboral donde no se encontraron registros de sindicatos, pero sí de una agrupación anarquista denominada “Hacia la emancipación”.

El empresario Fortunato Anzoátegui, contaba —sólo en La Pampa— 26.000 ha. en Naicó. Creó además “Los Surgentes” en Guatraché, donde se puso en marcha un obraje de 5.000 ha. y otro de 10.000, en tanto que más al sur y a escasos kilómetros de La Adela creó una explotación de 24.000 ha. que llevaba su nombre y otra de 20.000 en Estación Gaviotas.

Hasta Anzoátegui llegaron en 1923 dos anarquistas que hacían de las estaciones del ramal Bahía Blanca-Zapala del entonces Ferrocarril del Sud su hábitat de militancia. Esteban Hernando y Casiano Ruggerone —español uno, italiano el otro—  estuvieron hasta setiembre de ese año trabajando en ese obraje. Junto a otro trabajador residente allí, Cándido Piedra, Hernando y Ruggerone redactaron y difundieron un volante al que pusieron por título “Imbéciles por el mendrugo”, una de las fuentes que atesora el Archivo Histórico de Río Negro en Viedma.  El texto se encarga de explicar a quiénes designa de esa forma y es significativa la grave acusación que formula en ese “dominio feudal”: “Parece mentira los atropellos llevados a cabo en este dominio feudal, en la persona de honrados y nobles trabajadores; aquí donde se ha asesinado en la forma más inhumana entre los montes; aquí donde se ha atado a una soga a los caldenes, se les ha sacado la ropa y se los ha azotado hasta hacerles brotar la sangre; aquí donde se los ha tenido en la barra tres o cuatro días… y finalmente hecho desaparecer, sin haber sabido jamás sus paraderos…”

Es evidente que lo que inauguró la última dictadura militar fue la desaparición sistemática de personas a cargo de fuerzas organizadas del Estado, por caso lo ocurrido no lejos de allí, en cercanías de La Adela, donde tres hombres fueron acribillados y volados en 1976. Pero tal práctica existe desde hace mucho tiempo, funcional a un disciplinamiento que asegure una mayor explotación de la mano de obra.

 

¿Qué fue de los redactores? 

Buscados por la justicia neuquina, en el emporio del “Júpiter de los caldenes”, como calificaba La Nación a Fortunato Anzoátegui, “fueron despedidos por ser elementos subversivos, con ideas anárquicas”, informó el oficial de investigaciones  encargado de la pesquisa y la detención que se produjo finalmente en Chimpay, luego de buscarlos en Darwin.

Como puede observarse, la represión también cumplía su función sobre rieles, de estación en estación.

Una vez apresados y luego detenidos en las cárceles de Neuquén y Viedma, Esteban Hernando recaló en la Penitenciaría Nacional y en el penal de Ushuaia, donde se habría suicidado entre 1930 y 1932. Casiano Ruggerone enloqueció en la cárcel de Viedma y trasladado al Hospicio de las Mercedes (Borda), falleció allí en 1926 de “congestión cerebral”.

Pese a todas estas situaciones, en las fotos de los hacheros que se conservan, tomadas en Anzoátegui y otros obrajes, se puede advertir la ostentación de sus herramientas como escudo de identidad, de su orgullo de pertenecer a la clase productora. En la imagen del volante —tengamos en cuenta que es de 1923— hay sitio para una frase: “Trabajadores de Anzoátegui: tomemos como base los acontecimientos históricos hasta nuestros días…”. A esta apelación a la historia para desentrañar la realidad, sobre la que tanto se ha escrito desde entonces, podemos apuntalar con una muestra conmovedora: hacheros de Luan Toro formaron en 1943 un comité pro-presos sociales, aportando sus escasas monedas para no dejar solos a otros trabajadores detenidos por defender sus derechos en La Pampa, Argentina o en el mundo, a quienes seguramente nunca conocerían.

Podemos decir con certeza que hay tantos dolores como gestos solidarios en la historia pampeana del trabajo.